Gustavo Valle, el narrador venezolano radicado en Buenos Aires, publica su segunda novela con la editorial Pre-Textos. Si en Amar a Olga (2021) nos induce a pensar en la idea de que la persona con la que uno comparte una vida puede llegar a ser un extraño, este autor —acreedor del XIII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2013) y de la III Bienal de Novela Adriano González León (2008) con sus obras Happening y Bajo tierra, respectivamente— nos sorprende ahora con El brillo de los niños (2025).
La obra nos recuerda la extraordinaria Vidas secas, de Graciliano Ramos, en la que una familia de mestizos se ve obligada a dejar su hogar ante una mortal sequía. Una saga nómada de padre, madre, dos hijos menores, un perro y un loro en la que caminan con el fin de encontrar un próximo destino. La narrativa se centra en los pasos de Gusmarling, un joven aguerrido de quince años que carga una guitarra a la espalda, y Yosiberth (Yosi), una niña violinista de apenas un metro treinta, cabello liso y poseedora de una psique trastornada, que avizora hechos a través de los sueños y cree en el budismo. Valle rescata la costumbre local de los nombres compuestos: Gusmarling une el homenaje a su abuelo Gustavo con la audacia de los peces espada (marlines); Yosiberth, por su parte, combina lo afirmativo (Yo-sí) con la terminación alemana berth, que connota brillo y esplendor. El brillo de los niños es también una meditación descarnada sobre la orfandad. La abuela Adela, para proteger a sus nietos, decide ocultarles la temprana muerte de sus padres ocurrida en un accidente. Y por ello, Yosi y Gusmarling crecen alimentando mitos y especulando hipótesis descabelladas: a la madre se la llevó el huracán; el padre vive cuadripléjico en la frontera.
La misión que los empuja al camino tiene un simbolismo melancólico: trasladar las cenizas de Adela hacia la frontera para entregárselas a un enigmático tío Amílcar. En el trayecto los acompaña Susto, un perro accidentado de seis años que se convierte en el ancla afectiva del grupo y en el confidente de los delirios de Yosi (que humaniza la voz animal). Desde el principio el peligro acecha cuando los hermanitos son asaltados por una banda de cuatro niños, marcando el entorno hostil en el que el tejido social parece haberse disuelto tras desastres, entre supuestos huracanes o terremotos (¿metáforas de las devastaciones políticas?), muchedumbres en los aeropuertos y terminales colapsadas como símil de la migración forzada. Cabe destacar que el libro cobra mayor relevancia tras la devastación causada por los dos terremotos ocurridos en Venezuela el 24 de junio de 2026.
El paisaje que atraviesan exuda un aire desolador: autobuses ruinosos, noticias televisivas apocalípticas, racionamientos severos donde la comida se reduce a un solo huevo por familia, pueblos devorados por el abandono. La novela abarca territorios de lo fantástico y del realismo mágico: las heridas físicas de Gusmarling sanan y cicatrizan en cuestión de quince minutos; los personajes estrafalarios abundan, como Diodoro, un sabio veterinario rural que asegura haber sido salvado de la muerte por una tortuga que lo cobijó en su caparazón; o cuando el padre de Gusmarling le enseña a oír voces que provienen de debajo de la tierra, como un estado de psicosis pero que puede ser, al transpolar significados, lo que hacen los rescatistas para escuchar las voces de los vivos debajo de los escombros de lo edificios colapsados por los terremotos recientes.
La novela, ambiciosa y bien lograda, es un artefacto posmoderno. Un capítulo entero se dedica a citar poemas de Rimbaud y en la última página del libro el autor admite el influjo de diecisiete obras literarias que enumera. En el capítulo tres la narrativa convencional da paso a un guion cinematográfico en tipografía Courier Scriptwriting Format. Los encabezados técnicos, los movimientos de cámara y los fundidos a negro irrumpen en el texto. Al transitar desde la narrativa hacia un formato audiovisual, Valle parece sugerir que la travesía de estos niños tiene una cualidad inherentemente cinematográfica.
El árbol genealógico de los protagonistas está ligado a la música. La abuela Adela fue profesora de piano; los padres de los niños, Kika y José, se ganaban la vida bailando e interpretando poesía musicalizada en los vagones del metro (José, que también trabajaba en un hospital, musicalizaba “Trópico absoluto”, un poema de Eugenio Montejo). Cuando Yosi saca su violín para interpretar una compleja sonata de Paganini se rinde tributo al Sistema de Orquestas de Venezuela; ese milagro social que ha arrebatado a miles de niños de la violencia urbana y que ha sido replicado en el mundo.
La literatura es el otro gran escudo. Yosi devora las páginas de Arthur Rimbaud, heredadas de su abuela, lo que justifica sus respuestas filosóficas precoces. La escritura, lo metaliterario, aparece a través de los diarios de Gusmarling: mientras la abuela Adela escribía sus notas “para que las cosas no desaparezcan”, Gusmarling confiesa que anota en sus diarios para “alborotar la incertidumbre”. Escribir es la “prótesis del pensamiento”.
Los niños, aunque separados por un encuentro violento con dos personajes bufones (Gutiérrez y el Sargento Sousa) que secuestran temporalmente a Yosi y tras un aparatoso accidente, se reencuentran de nuevo cerca de la frontera. Luego los hermanitos logran burlar los retenes de la Guardia Nacional, el tráfico fronterizo, los senderos selváticos, cruzar el río y finalmente pisar el ansiado “país del tío Amílcar”. El destino final de la travesía, sin embargo, no es un hogar sino el recinto de un hospital psiquiátrico donde el tío sobrevive sumido en delirios paranoides y teorías conspirativas, según explicó el director del centro, el doctor Sarmiento. La voz del tío Amílcar, sin puntuación, reproduce la locura fidedignamente. Este último capítulo, el número doce, constituye el conmovedor pináculo del libro. En una escena de tintes macabros y poéticos, el tío toca el piano y canta un poema poético en francés que superpone a la música instrumental de la Danza Macabra de Saint-Saëns. Los pacientes lo siguen en coro mientras los niños intentan acompañarlos con sus inseparables violín y guitarra. Esta pieza de música clásica, que se puede ver en YouTube ejecutada por la Sinfónica Juvenil Teresa Carreno de Venezuela y dirigida por Gustavo Dudamel, bien podría compaginar con las imágenes aéreas apocalípticas del estado costero de La Guaira tras los terremotos del 24 de junio.
Dada la locura del tío Amílcar los niños deciden esparcir las cenizas de la abuela al caudal de un río junto al inseparable libro de Rimbaud y el diario de Gusmarling. Al deshacerse de sus textos sagrados, este sacrificio marca el verdadero y doloroso pero inevitable abandono de la niñez y la posibilidad de hacer una nueva vida, por lo que emprenden camino hacia el este (¿de regreso a Venezuela?). El narrador afirma que la bondad los contenía y eran los vehículos de su propia expiación, y como reza el epígrafe: “Más vale ser niño que comprender el mundo”.
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Autor: Gustavo Valle. Título: El brillo de los niños. Editorial: Pre-Textos. Venta: Todos tus libros.


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