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Historias de verano (II): La postal de Jaime Gil de Biedma

Historias de verano (II): La postal de Jaime Gil de Biedma

In a Station of the Metro (1913), en el que a Ezra Pound le bastan dos versos para brindarnos una instantánea de los rostros de los viajeros en el suburbano parisino; Me moriré en París con aguacero (1939), el impresionante poema póstumo de César Vallejo, toda una premonición de su destino último. Y por supuesto, los Cuadros parisinos de Las flores del mal (1858) o los poemas en prosa que integran El Spleen de París (1869), todo en la vida y en la obra de Charles Baudelaire… Es muy probable que la capital francesa sea la ciudad que ha inspirado un mayor número de poemas. Y yo, que nací en un tiempo y un lugar donde las madres les decían a sus hijos que a los niños los traía la cigüeña de París, tengo en la más alta estima todos esos versos. Pero especialmente me quedo con dos de estos poemas parisinos. El primero es Le pont Mirabeau, incluido por Guillaume Apollinaire en Alcoholes (1913). En aquellas estrofas, la inspiración del abanderado de todas las vanguardias fue la pintora Marie Laurencin, con quien a menudo se cruzaba en el puente aludido después de haber tenido con ella algo que acabó mal.

En París, postal del cielo, el segundo de mis poemas parisinos favoritos —segundo que a menudo es el primero pues, tal y como yo la entiendo, la literatura no tiene podios que valgan—, también se habla de un puente del Sena, el de Saint-Michel. Incluido por Jaime Gil de Biedma en Moralidades (1966), en aquellos versos el gran poeta de la experiencia nos habla de la suya en un estío que podemos fechar en el año 53. El poema es sobradamente conocido por cualquier interesado en la lírica española de la segunda mitad del siglo XX. Empieza así:

Ahora, voy a contaros
como también yo estuve en París, y fui dichoso.
Era en los buenos años de mi juventud,
los años de abundancia
del corazón, cuando dejar atrás padres y patria
es sentirse más libre para siempre, y fue
en verano, aquel verano
de la huelga y las primeras canciones de Brassens.

La Mauvaise Reputation, Le Gorille, Hecatomb… Las primeras canciones de Brassens datan de 1952, año en que Polydor —subsidiaria de Phillips, la discográfica habitual de Brassens— lanzó su primer álbum de estudio. Se titulaba, precisamente, como la que habría de ser una de sus canciones más celebradas: La Mauvaise Reputation.

"Ese París de los veranos de los primeros años 50, ese París de la gran Luna de agosto es la postal del cielo de Jaime Gil de Biedma. Sin embargo, no hablamos ni del 51 ni del 52"

Desde algunos meses antes, desde 1951, Brassens causaba sensación en las noches de Chez Patachou. En aquel cabaré se hacía notar por la rebeldía de sus canciones. El poeta, que también llamaban al de Sète, era anarquista, lector de Bakunin, Kropotkin y Proudhon; más afecto a los militantes libertarios que a los existencialistas, que entonces asistían a su edad de oro en las caves del Barrio Latino y en clubes de jazz como Le Tabou. Ese también habría de ser el París de Jaime Gil de Biedma. La chanson le gustaba tanto que, andando en los versos de Moralidades, nos encontramos con otro poema de título inequívoco: Elegía y recuerdo de la canción francesa. Tan es así que se abre con una cita de Les feuilles mortes, la inmortal pieza de Joseph Kosma y Jacques Prévet:

C’est une chanson
qui nous resemble…

Y a los de entonces, más aún, a todos los nacidos en aquella España en que a los niños los traía la cigüeña de París, aún ha de parecerles escuchar Les feuilles mortes en la voz de Juliette Gréco. En efecto, ese París de los veranos de los primeros años 50, ese París de la gran Luna de agosto es la postal del cielo de Jaime Gil de Biedma. Sin embargo, no hablamos ni del 51 ni del 52.

En la espléndida cronología que la profesora estadounidense Shirley Mangini González incluye al final del trabajo que dedicó a Gil de Biedma en el numero 24 de la colección Los Poetas, de Ediciones Júcar, con un pie de imprenta fechado en el Madrid de 1979, se afirma que en 1952 el autor de París, postal del cielo visita a Vicente Aleixandre en su casa madrileña de la entonces calle Wellingtonia. Sí señor, el mismo hotelito que Ernest Urtasun desdeñó con esa animadversión que le inspira cuanto concierne a Madrid. Desde luego, no era ese el caso de Jaime Gil de Biedma. Aquí, por ejemplo, durante varios meses, también a comienzos de los 50, preparó el examen de ingreso a la carrera diplomática. Aunque lo suspendió, ello no fue óbice para que dedicase a mi amada ciudad —“la magnífica avenida, la famosa capital”— uno de sus poemas más hermosos, De aquí a la eternidad, en cuyos versos incluso habla de mi barrio:

Y la vida, que adquiere
carácter panorámico,
inmensidad de instante también casi angustioso
—como de amanecer en Campamento o Portal de Belén— (…)

Fue Aleixandre quien, en aquellas veladas en la residencia del futuro Nobel, le prestó la edición de 1936 de La realidad y el deseo, el título bajo el que Luis Cernuda —una de las influencias más importantes en Gil de Biedma—, fue reuniendo su poesía completa. El 52 también fue el año en el que el poeta barcelonés conoció a Carlos Bousoño y dictó cuatro conferencias sobre la edición definitiva de Cántico (1950), de Jorge Guillén. Eso fue en el Instituto de Cultura Hispánica de su ciudad natal. Pero París no aparece consignado en ningún sitio en la línea del tiempo de Jaime Gil de Biedma del año 52.

"El poeta y su acompañante debieron de besarse tras contemplar la gran Luna de Agosto reflejada en el Sena. Cruzaron el río por el puente de Saint-Michel"

El 53 ya es otra cosa. Entre enero y julio vive en Oxford. Lee en inglés, entre otros, a Stephen Spender y a T. S. Elliot. El poeta de la experiencia era un dandi que calzaba Sebago y cuando se quedó calvo se cubría con un gorro de astracán. Era un exquisito —en Madrid solía alojarse en el hotel Wellington— y un políglota —leía a Stendhal en francés—. Pero ahora estamos en el verano del 53. Y entonces sí, entre julio y septiembre el autor de París, postal del cielo reside en el domicilio de Manuel Jiménez Cossío. Más aún, esa huelga de la que también nos habla en sus versos fue la que vivió toda Francia en agosto de 1953. Cuatro millones de trabajadores pararon en contra de las políticas económicas del entonces presidente del Consejo de Ministros, Joseph Laniel.

Esa historia, de “casi amor”, que sugirió el poema, debió de surgir en una de esas caves de la Rive Gauche. El poeta y su acompañante debieron de besarse tras contemplar la gran Luna de Agosto reflejada en el Sena. Cruzaron el río por el puente de Saint-Michel. Ya en la orilla derecha, cogieron la línea 1 del metro, la que discurre entre Charles de Gaulle-Étoile y Nation en la estación de Chatelet. Y de allí a algún lugar del cielo, a consumar.

Ya en 1960, cuando según la profesora Mangini González el poeta escribe París, postal del cielo, recuerda:

Como sueño vivido hace ya mucho tiempo,
como aquella canción
de entonces, así vuelve al corazón,
en un instante, en una intensidad , la historia
de nuestro amor (…)
y aquel viaje —camino de la cama—
en un vagón del Metro Étoile-Nation,

Tres cosas: cuando se es joven, el verano es para el amor; el olvido de un amor siempre dura más que el amor en sí y todos los amores tienen una canción.

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