Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 12 de julio de 1936: Asesinato del teniente Castillo
Me voy, Consuelo. Hoy me reintegro al servicio a las diez.
—Espera, que bajo contigo.
El teniente Castillo era uno de los oficiales más destacados de la guardia de Asalto. Originario de Alcalá la Real, cerca de Jaén, estudió en la Academia Militar de Toledo y participó como alférez de infantería durante tres años en la guerra de Marruecos. Allí conoció a Fernando Condés, su gran amigo.
Terminada la guerra, y ya con el grado de teniente, se significó durante la revolución del 34. Al acudir a sofocar una manifestación de obreros en Cuatro Caminos a favor de los revolucionarios de Asturias, se negó a disparar contra los manifestantes. Un consejo de guerra lo condenó a ingresar en la prisión militar de Alcalá de Henares, donde permaneció hasta el triunfo del Frente Popular. Las elecciones supusieron, para él, como para muchos militares de izquierdas, la libertad, y no tardó en pedir el ingreso en Asalto. También se asoció a organizaciones militares antifascistas que se relacionaban con milicias socialistas.
Durante la primavera, había participado en la represión de numerosos altercados y manifestaciones derechistas. El incidente más notable fue su intervención en el entierro del alférez De los Reyes, que se saldó con la muerte de Andrés Saénz de Heredia, primo de José Antonio. Aquello le valió numerosas amenazas de muerte, para disgusto y preocupación de su mujer, que a los tres meses de casada andaba encinta de su primer hijo. De hecho, antes de la boda, en marzo, había recibido un anónimo: «¿Por qué casarte con alguien que dentro de un mes será cadáver?». Pero aquello no hizo sino agrandar el cariño y la admiración que sentía por su marido, a quien Consuelo apoyaba incondicionalmente. Alguien debía defender la República.
—Tú quédate, que si no, luego tienes que volver a casa sola y no me gusta que te piropeen por la calle.
Se dieron un beso.
El teniente solía llegar a Gran Vía por Fuencarral. Luego bajaba por Montera hasta Sol. El cuartel quedaba en Pontejos, detrás del edificio de Gobernación. La suya era la segunda compañía de Especialidades, donde él y algún otro oficial recibían milicianos a los que, entre otras cosas, entrenaban, con el beneplácito gubernamental.
Ya se ponía el sol y la calle quedaba en sombra cuando, por Augusto Figueroa, se cruzó con un hombre de su misma edad, con gafas parecidas. El tipo bajó del tranvía 18 en Fuencarral. Más tarde se supo que era un ferviente admirador de Calvo Sotelo desde los tiempos de la Dictadura. Se llamaba Juan de Dios Fernández Cruz, fue redactor de la revista Iberia, y era también oriundo de un pueblo de Jaén. Al parecer, se dirigía a ver a un amigo canónigo que vivía en Hortaleza. Pero nunca llegó, porque cuando pasó delante del oratorio de Santa María del Arco, donde un anciano se santiguaba arrodillado ante la verja, justo cuando Castillo estaba a punto de cruzar la calle, aparecieron a la carrera y a las espaldas del teniente republicano cuatro individuos.
—¡Ese es, tírale!
Las balas impactaron contra el muro del oratorio. La víctima desenfundó su nueve largo reglamentario. Pero los disparos lo alcanzaron. Cayó literalmente en brazos de Fernández Cruz. Ni siquiera pudo sacar la pistola. Con el pecho ensangrentado y tras perder sus gafas, murmuró:
—Lléveme con mi mujer, que hace poco… se ha separado de mí…
—¡Ayuda! ¡Que alguien pare un coche, por Dios! ¡Este hombre se muere!
Cuando el herido llegó al Equipo Quirúrgico, calle de la Ternera, era demasiado tarde. Según consta en los archivos, José del Castillo ingresó siendo cadáver.


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