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13 de julio de 1936: Detención y muerte de Calvo Sotelo

13 de julio de 1936: Detención y muerte de Calvo Sotelo

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 13 de julio de 1936: Detención y muerte de Calvo Sotelo

¿Quiénes son ustedes?

—El capitán Condés. De la Guardia Civil. Venimos por orden del Ministerio de Gobernación.

A las tres de la madrugada, todo estaba tranquilo en Velázquez. La calle era un amplio bulevar con un paseo central entre dos hileras de árboles. La camioneta de Asalto aparcó delante del número 89. En ella esperaba un grupo de hombres, unos con uniforme de la Guardia de Asalto, otros de paisano. Más tarde confesaron que primero se habían acercado al domicilio de Goicoechea, líder de Renovación Española, y al de Gil-Robles, de la CEDA, más abajo en la misma calle. Ambos estuvieron ausentes.
Eran compañeros o amigos del asesinado teniente Castillo.

"Treinta guardias de Toledo reforzaron la unidad de Castillo. Muchos estuvieron en el Equipo Quirúrgico de la calle de la Ternera, donde, ante el cadáver del compañero, se dieron voces de venganza"

Los de Seguridad, al confirmar que la documentación era correcta, se la devolvieron. Los dejaron pasar. A Condés le acompañaba Luis Cuenca, temible miembro de la Motorizada; otro miliciano socialista, y un guardia uniformado.

Ese lunes, anticipando problemas por la huelga, la Guardia de Asalto trajo efectivos de otras ciudades. Treinta guardias de Toledo reforzaron la unidad de Castillo. Muchos estuvieron en el Equipo Quirúrgico de la calle de la Ternera, donde, ante el cadáver del compañero, se dieron voces de venganza. Los gritos se repitieron cuando el cuerpo fue trasladado en ambulancia hasta la Dirección General de Seguridad. Allí quedó instalada, al poco, en el Salón Rojo, la capilla ardiente con el cuerpo del teniente Castillo, vestido con uniforme, en su ataúd de caoba.

En Pontejos, los hombres recibieron la noticia de su muerte con indignación. Los oficiales les prometieron que se haría justicia. Visitaron al ministro para exigir la detención de falangistas sospechosos, y este accedió, tras obtener su palabra de honor de que se limitarían a registros y detenciones. Al cabo de dos o tres horas, llegó un motorista con un sobre con listas de sospechosos. Se despacharon guardias para las detenciones. Condés, gran amigo de Castillo, muy abatido, pidió un listado y se llevó a un grupo de dieciséis guardias y milicianos que montaron con él en la camioneta.

Ahora, Condés llamaba insistentemente al timbre de la puerta. Este sonó en el cuarto de las criadas, junto a la cocina. Al rato contestó la voz de una mujer, con acento francés, a través de una puerta sin mirilla.

—Somos guardias de Asalto. ¡Venimos a practicar un registro! ¡Abran enseguida.

Nadie lo hizo, y pronto se oyó la voz reconocible de Calvo Sotelo. El político, con batín de seda negro sobre el pijama, se asomó al balcón de su piso. Preguntó a sus escoltas, que seguían abajo a la entrada del edificio, si habían comprobado la identidad de quienes estaban en su casa.

—¡Sí, señor! Son guardias de Asalto. Hemos comprobado su documentación.

Tranquilizado, Calvo Sotelo abrió y puso a disposición de Condés las llaves del piso. Su mujer, también en bata, andaba preocupada.

Durante unos minutos, Condés y sus acompañantes registraron el piso. Lo hicieron rápida y superficialmente, como si solo quisieran comprobar quiénes estaban: mujer e hijos, la criada, la institutriz de los niños. Cuando oyó que tenían orden de que los acompañara a la Dirección General de Seguridad, Calvo Sotelo reaccionó vivamente. Exclamó que ningún ciudadano podía ser detenido sin orden de la autoridad competente. Además, él era diputado, gozaba de inmunidad parlamentaria.

—Para detenerme es necesario que un juez pida un suplicatorio a las Cortes, y lo saben perfectamente.

Ante tanta reticencia, Condés se identificó como oficial de la Guardia Civil.

—En ese caso, a un capitán de la Guardia Civil sí me entrego —dijo Calvo Sotelo—. Posiblemente no se dio cuenta de que la bandera monárquica en su despacho había sido rasgada durante el registro—. Iré con ustedes, pero por ahorrarle esto a mi familia. Esperen a que me vista.

Enriqueta, su mujer, insistió en prepararle un maletín con sus cosas de aseo, cuartillas, pluma. Antes de abandonar su domicilio, Calvo Sotelo se despidió con un beso de sus hijos, que seguían en su cuarto. Bajando a la calle, rodeado de hombres armados y maletín en mano, se cruzó con el portero, un guardia de seguridad retirado.

—Me llevan detenido, Agustín. No he podido hablar con nadie.

"La camioneta apenas hubo avanzado unos trescientos metros, cuando, hacia el cruce con la calle Ayala, se oyó una detonación en la parte trasera. Condés ni volvió la cabeza"

La camioneta era un vehículo descubierto, largo, potente. Un Hispano-Suiza con varios bancos enfrentados. Calvo Sotelo, en el tercero, miró en el sentido de la marcha, entre dos guardias de Asalto. En el asiento de delante no había nadie. Detrás del político quedó Cuenca, muy ceñudo, con los demás hombres. Era una noche de verano madrileña, agobiante en su calma.

—¿Y el capitán?

—Aquí estoy, no se preocupe —Condés se sentó con uno de los milicianos junto al conductor—. A la Dirección General de Seguridad.

La camioneta apenas hubo avanzado unos trescientos metros, cuando, hacia el cruce con la calle Ayala, se oyó una detonación en la parte trasera. Condés ni volvió la cabeza.

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