Ni la trabajadora de la compañía que lo atendió ni los pasajeros que se cruzaron con él recordarían al día siguiente, cuando su nombre ocupó páginas enteras en los periódicos, a aquel tipo que debía de medir cerca de 1,80, arrastraba un elegante maletín de piel y vestía un traje impecable bajo su abrigo negro. Nadie vio en él nada especial. Cuando se acomodó en la última fila del avión, pidió un bourbon con soda a Florence Schaffner, una azafata de 23 años que estaba acostumbrada a recibir proposiciones lascivas de los viajeros y que, por eso mismo, no se sorprendió cuando, tras servirle su bebida, él le hizo entrega de un papel doblado. Lo guardó distraída y no le dedicó más atención hasta que el hombre —ya había alcanzado el avión su velocidad y su altura de crucero, ya surcaba los cielos en dirección a su destino— se desabrochó el cinturón de seguridad, se levantó de su asiento, se acercó a ella y abrió la boca por primera y casi última vez en esta historia: «Señorita, mire la nota. Tengo una bomba». Schaffner declararía después que al oír esas palabras se quedó paralizada, como si necesitara tiempo para descifrar el significado de aquellas palabras, y que sólo cuando el pasajero mordió su labio inferior en una mueca casi imperceptible sacó de uno de los bolsillos de su uniforme aquella hoja a la que no había hecho el menor caso: «Llevo una bomba en el maletín. Siéntese a mi lado y le daré las instrucciones pertinentes. No haga ninguna tontería». Schaffner sintió un escalofrío al reparar en el equipaje de mano que reposaba a los pies del viajero e hizo lo que le pedía. «Quiero que, cuando aterricemos en Seattle, me entreguen 200.000 dólares», le dijo en un susurro mientras daba pequeños tragos al vaso de bourbon; «también quiero cuatro paracaídas. Recarguen combustible en cuanto aterricemos y no cometan ninguna tontería o hago explotar esto». La azafata se dirigió a la cabina del piloto y a los pocos minutos éste anunciaba por megafonía que el aterrizaje iba a retrasarse un poco por problemas mecánicos. El pasajero inquietante ocultó sus ojos tras unas gafas de sol que ya no se quitaría. Fuera, una lluvia pertinaz enrojecía los ojos del invierno.
Cuando el vuelo 305 de la Northwest Orient Airlines aterrizó en Seattle, desembarcaron todos los pasajeros menos uno, aquél que se había subido al avión bajo la identidad de Dan Cooper. Él se quedó en su asiento y esperó a que le entregaran los 200.000 dólares y los paracaídas que había exigido. Luego dejó salir a dos de las tres azafatas que conformaban la tripulación, pero quiso que la otra, una mujer llamada Tina Mucklow que con el tiempo acabaría perdiéndose en los pliegues de la historia, permaneciera a su lado. Fue ella la que llamó al piloto para decirle que el extraño pasajero de la última fila pretendía hablar con él. Cuando se sentó a su lado, Cooper le ordenó que hiciera despegar de nuevo el avión, esta vez con rumbo a Reno, en el estado de Nevada, y le dio instrucciones precisas respecto a la altura que debía volar, la velocidad a la que tenían que mantenerse y hasta el ángulo en el que resultaba más conveniente colocar las alas del avión. También ordenó que dejara la puerta trasera sin sellar. El piloto asintió, se dirigió a la cabina y se dispuso a cumplir punto por punto sus exigencias. Cooper repartió los billetes del botín por todo su cuerpo y ordenó después a Mucklow que se encerrara con el piloto en la cabina de mando. Las fuerzas de seguridad ya estaban sobre aviso y habían desplegado el operativo que juzgaron preciso para dar caza al secuestrador en cuanto se les presentara la oportunidad. Cuando unas horas más tarde el avión tomó tierra al fin en Reno y el piloto y la azafata salieron de su habitáculo, se encontraron el avión completamente vacío. La puerta trasera estaba abierta. Como más tarde explicaría el comandante a los periodistas que se hacinaban en la pista de aterrizaje del aeropuerto para recoger las declaraciones que pudieran hacer los protagonistas de aquel acontecimiento tan pintoresco como prometedor, el Boeing 727 era el único aparato empleado para vuelos comerciales que incorporaba unas escalerillas que facilitaban la salida desde su cola. Evidentemente, el tal Cooper había sido conocedor de ese detalle desde el primer momento. Los investigadores dedujeron que se había lanzado al vacío desde una altura de aproximadamente tres mil metros, a buen seguro mientras el aparato sobrevolaba el estado de Washington, poblado de montañas escarpadas, glaciares indómitos y bosques llenos de osos. Nadie atinó a aventurar sus pensamientos en el segundo anterior al gran salto, cuando habría soplado contra su cara el viento gélido de noviembre, en ese instante en que sus pies se disponían a dar el paso del que ya no iba a tener ocasión de arrepentirse. Durante las semanas siguientes se hicieron varias batidas por la zona en busca de su rastro o de su cadáver. Jamás encontraron ni lo uno ni lo otro.


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