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Concha Ruth Morell: la mujer que Bonafoux arrojó contra Galdós

Concha Ruth Morell: la mujer que Bonafoux arrojó contra Galdós

Actriz, escritora, convertida al judaísmo y amante incómoda de Benito Pérez Galdós, Concha Ruth Morell fue mucho más que una nota sentimental en la vida del novelista. En 1902, Luis Bonafoux la convirtió en munición contra él.

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Hay mujeres a las que la historia literaria no borra del todo: las deja en los márgenes, que a veces es una forma más cruel de supervivencia. No desaparecen, pero tampoco viven plenamente. Quedan reducidas a nota al pie, a amante, a musa, a escándalo privado, a personaje inspirador de otro personaje más ilustre. Concha Ruth Morell pertenece a esa estirpe incómoda. Fue actriz, escritora, mujer de ambición artística, convertida al judaísmo y amante difícil de Benito Pérez Galdós. Pero durante mucho tiempo su nombre ha llegado hasta nosotros envuelto en el ruido de otros hombres: el de Galdós, que la amó, la protegió, tal vez la temió y finalmente se apartó de ella; y el de Luis Bonafoux, que la convirtió en munición contra el novelista.

Para la fecha del estreno teatral de Realidad, el 15 de marzo de 1892, en el Teatro de la Comedia de Madrid, Galdós mantenía ya una relación sentimental con Concepción Morell. La joven aspirante a actriz logró incorporarse al reparto de la obra, en buena medida, gracias a la protección del escritor. El reparto impreso consigna a la señorita Morell en el papel de Clotilde, mientras que Augusta fue interpretada por María Guerrero. La distinción no es menor. Augusta pertenece al núcleo dramático y moral de la obra; Clotilde, en cambio, ocupa un lugar secundario, aunque significativo por lo que revela del entorno sentimental, teatral y biográfico de Galdós en aquel momento.

"Concha fue mucho más que una Tristana real. Fue una mujer concreta, con voz, cartas, ambiciones, enfermedades, contradicciones y una obstinada necesidad de existir fuera del molde que su época reservaba a las mujeres sin fortuna"

Emilia Pardo Bazán tampoco fue ajena a aquel proceso. Su presencia en los ensayos de Realidad y su cercanía al momento teatral galdosiano forman parte de una escena particularmente densa: Galdós entraba con fuerza en el teatro, Pardo Bazán asistía a la transformación de una materia novelística en drama escénico y Concha Morell aparecía en el reparto como una actriz joven, protegida por el autor. Todo ello sucedía en un punto de inflexión sentimental. La relación entre Galdós y Pardo Bazán había conocido ya su esplendor y su desgaste; la de Galdós y Morell abría otra zona de experiencia, más inestable, más desigual y acaso más peligrosa.

Conviene, sin embargo, separar con cuidado el dato biográfico de la interpretación crítica. Augusta se vincula con fuerza a Pardo Bazán: por su independencia, por su energía moral, por su inteligencia dominante y por la identificación que la propia escritora gallega pudo reconocer en el personaje. Concha Morell opera de otro modo. Su presencia se percibe con mayor claridad en la circunstancia material del estreno, en el papel de Clotilde y, sobre todo, en la gestación de Tristana. No es descabellado ver su sombra en aquella joven que desea arte, autonomía y una vida no reducida a dependencia masculina. Pero Concha fue mucho más que una “Tristana real”. Fue una mujer concreta, con voz, cartas, ambiciones, enfermedades, contradicciones y una obstinada necesidad de existir fuera del molde que su época reservaba a las mujeres sin fortuna.

La escena posterior tiene todos los ingredientes de un folletín venenoso: París, abril de 1902; un escritor famoso, ya vulnerable y políticamente expuesto; una antigua amante enferma y en situación precaria; una conversión religiosa que excitaba la curiosidad y el prejuicio; el eco todavía reciente de Electra, con la que Galdós se había convertido para media España en símbolo del anticlericalismo; y un periodista feroz, Luis Bonafoux, que sabía como pocos que la vida privada, convenientemente afilada, podía servir para herir una reputación pública.

"La acusación se volvía todavía más hiriente al sugerir que aquella mujer, tras la ruptura, habría acabado dependiendo de la caridad religiosa, precisamente de ese mundo clerical contra el que Galdós parecía combatir en sus novelas y dramas"

Bonafoux no era una pluma cualquiera. Fue uno de los polemistas más temidos de su tiempo, un periodista brillante, agresivo y demoledor, conocido como la ‘Víbora de Asnières’. Tenía talento, ferocidad y puntería. Donde otros escribían artículos, él disparaba. Había polemizado con media república de las letras y sabía que el insulto, cuando tiene música, puede durar más que una reseña honrada. Contra Galdós utilizó una fórmula antigua y eficaz: no atacó solo la obra, atacó al hombre. Y para atacar al hombre escogió a una mujer.

El 5 de abril de 1902 publicó en El Heraldo de París un artículo titulado “El anticlericalismo de Galdós o la Concha Ruth Morell”. El título ya contenía la operación entera. No decía simplemente “Concha Morell”, sino “la Concha Ruth Morell”, como si aquella mujer no fuera una persona, sino un expediente, una prueba, una cosa presentada ante el tribunal de la opinión. Bonafoux venía a sostener que el Galdós anticlerical, el fustigador de beatas, curas y fanatismos, habría abandonado a Concepción Ruth Morell después de haberla mantenido durante años como amante. La acusación se volvía todavía más hiriente al sugerir que aquella mujer, tras la ruptura, habría acabado dependiendo de la caridad religiosa, precisamente de ese mundo clerical contra el que Galdós parecía combatir en sus novelas y dramas.

El golpe era sucio porque no necesitaba ser del todo verdadero para resultar eficaz. A Bonafoux le bastaba con mezclar hechos, rumores, rencores, medias verdades y una dosis calculada de teatralidad moral. Concha había existido, desde luego. La relación con Galdós también. La ruptura tampoco fue una invención. Pero entre una historia sentimental difícil y el retrato de un seductor hipócrita que abandona a su víctima hay un trecho que solo puede recorrer la prensa cuando decide que la verdad es menos rentable que el veneno.

"La literatura suele hacer una operación elegante y despiadada con las mujeres que rodean a los grandes autores: las convierte en inspiración"

Concha Morell no era la criatura pasiva que convenía al escándalo. Había nacido en Córdoba en 1864 y pertenecía a ese tipo de mujeres decimonónicas que resultaban demasiado inteligentes para resignarse y demasiado pobres para emanciparse sin pagar un precio. Quiso ser actriz, quiso vivir de su talento, quiso tener una voz propia. Galdós la ayudó a entrar en el teatro y ella, a su vez, le dio materia humana, sentimental y literaria. La relación entre ambos fue larga, intermitente, tormentosa y fecunda para la imaginación galdosiana. Pero reducirla a fuente de inspiración sería volver a confiscarla.

Ese es el punto que no conviene perder. La literatura suele hacer una operación elegante y despiadada con las mujeres que rodean a los grandes autores: las convierte en inspiración. Parece un homenaje, pero muchas veces es una forma de desposesión. Ellas viven, sufren, se contradicen, desean, reclaman; ellos escriben. Ellas terminan siendo “la musa de”, “la amante de”, “la Tristana real”, “la Electra posible”. La obra se queda con la eternidad; la mujer, con el rumor.

En el caso de Concha Ruth Morell, el rumor fue especialmente espeso porque su conversión al judaísmo añadía extrañeza y conflicto a una biografía ya incómoda. En la España de fin de siglo, declararse Ruth no era un gesto inocente. Era salirse del marco. Era tocar una fibra religiosa, cultural y política. Para algunos podía ser una rareza espiritual; para otros, una provocación; para no pocos, una herramienta perfecta con la que pintar a la mujer como extravagante, desequilibrada o peligrosa. Y, sin embargo, en esa elección puede leerse también una afirmación de identidad: Concha no quería ser solo el personaje que otros escribían para ella. Quería nombrarse.

"Hay un detalle revelador: según testimonios y estudios posteriores, Concha no habría celebrado el ataque de Bonafoux. Al contrario, se habría disgustado con aquel artículo y habría defendido a Galdós"

La pregunta más interesante no es si Galdós se portó bien o mal con Concha. Esa es la pregunta del cotilleo, y quizá no admite una respuesta limpia. Galdós fue un hombre de su tiempo, pero también un escritor extraordinariamente sensible a las vidas rotas de las mujeres. Esa contradicción no lo absuelve ni lo condena por completo: lo vuelve más humano y, por tanto, más incómodo. Pudo comprender literariamente aquello que no supo resolver moralmente. Pudo conceder a sus personajes femeninos una profundidad que quizá no siempre concedió a las mujeres concretas que tuvo delante. La grandeza de un escritor no garantiza la grandeza de su conducta.

Pero tampoco conviene regalarle a Bonafoux el papel de justiciero. En su artículo no hay una defensa generosa de Concha Morell, sino una utilización. No parece interesado en rescatar a la mujer, sino en hundir al hombre. Concha no ocupa el centro de la escena por sí misma, sino como arma arrojadiza. Bonafoux no la libera del margen: la empuja a otro margen, el del escándalo. La convierte en prueba de cargo, en cuerpo del delito, en “caso”. Y en esa operación se advierte algo que sigue siendo familiar: la facilidad con la que una mujer herida puede ser usada por discursos que no buscan reparar la herida, sino aprovechar su sangre.

Hay un detalle revelador: según testimonios y estudios posteriores, Concha no habría celebrado el ataque de Bonafoux. Al contrario, se habría disgustado con aquel artículo y habría defendido a Galdós. La escena es magnífica por lo que tiene de desobediencia narrativa. La supuesta víctima no acepta del todo el papel que el periodista le asigna. La mujer que debía servir para destruir al novelista complica el relato, se sale del guion, desautoriza la comodidad de los bandos. No permite que la reduzcan a santa abandonada ni a amante despechada. Como tantas veces, la verdad estaba menos ordenada que el libelo.

"Actriz sin triunfo, escritora casi borrada, amante difícil, conversa, mujer necesitada de independencia en un país que castigaba esa necesidad cuando nacía en cuerpo femenino"

La biografía posterior de Concha Morell fue triste. Los estudios hablan de una vida progresivamente precaria, marcada por padecimientos físicos y psíquicos. Murió de tuberculosis en Monte, Santander, el 22 de abril de 1906. Conviene decirlo con claridad, porque a veces la memoria sentimental de Galdós mezcla nombres y finales: Concha Morell no se suicidó. El suicidio de 1906 vinculado al entorno íntimo del escritor fue el de Lorenza Cobián. Concha murió enferma, empobrecida y casi borrada; bastante tragedia hay en ello sin necesidad de añadirle otra muerte. Y quizá por eso merece volver. No como anécdota sentimental de Galdós ni como munición tardía contra su estatua, sino como figura de una modernidad quebrada. Actriz sin triunfo, escritora casi borrada, amante difícil, conversa, mujer necesitada de independencia en un país que castigaba esa necesidad cuando nacía en cuerpo femenino. Su vida parece escrita contra todos los moldes disponibles. No fue esposa, no fue santa, no fue musa dócil, no fue personaje secundario aunque así la hayan tratado. Fue una de esas criaturas que el siglo XIX produjo con miedo y fascinación: mujeres que querían vivir antes de que existiera un lugar claro donde vivir de otro modo.

Bonafoux creyó haber encontrado en ella la grieta por la que atacar a Galdós. Tal vez la encontró. Pero más de un siglo después, lo que interesa no es solo el golpe, sino la figura que quedó atrapada entre el golpe y la defensa. Concha Ruth Morell aparece ahí, entre dos hombres célebres, como una presencia intermitente: demasiado libre para ser protegida sin condiciones, demasiado vulnerable para salvarse sola, demasiado singular para que la posteridad pudiera clasificarla sin incomodarse.

La prensa hizo de ella un escándalo. La literatura, una sombra. Tal vez ya vaya siendo hora de devolverle algo más difícil y más justo: una biografía.

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Bibliografía mínima

Lambert, A. F., “Galdós and Concha-Ruth Morell”, Anales Galdosianos, año VIII, 1973, pp. 33-46. Edición digital en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es la fuente clave para el episodio Bonafoux-Morell-Galdós y para el matiz de que Concha no habría aceptado dócilmente el uso que Bonafoux hizo de ella.

Smith, Gilbert, “Galdós, Tristana, and letters from Concha-Ruth Morell”, Anales Galdosianos, año X, 1975, pp. 91-117. Edición digital en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Fundamental para la relación entre las cartas de Concha Morell, Tristana y el proceso creativo galdosiano.

Rodríguez Sánchez, M.ª de los Ángeles, “Aproximación a Concepción Morell: documentos y referencias inéditas”, en Actas del IV Congreso Internacional de Estudios Galdosianos, vol. II, Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, 1993, pp. 509-526. Referencia biográfica básica sobre Morell.

Rodríguez Sánchez, M.ª de los Ángeles, “Un cuento desconocido de C. Ruth Morell: ¡Plafz! Cuento azul”, en Actas del V Congreso Internacional de Estudios Galdosianos, vol. I, Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, 1995, pp. 455-470. Útil para recuperar a Concha como escritora, no solo como figura sentimental del galdosismo.

Rodríguez Sánchez, M.ª de los Ángeles, “Un cuento desconocido de C. Ruth Morell: ¡Plafz! Cuento azul”. Ficha del Congreso Internacional de Estudios Galdosianos.

Ortiz-Armengol, Pedro, Vida de Galdós. Barcelona, Crítica, 1996; edición de bolsillo, Crítica, 2000. Biografía galdosiana de referencia para situar el entorno íntimo y sentimental del escritor.

Herrera Hernández, Manuel, “Amores, amoríos y rumores en la vida de Galdós”, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Útil para la cronología sentimental de Galdós y para la noticia de la muerte de Concha Morell en Monte, Santander, el 22 de abril de 1906, a causa de tuberculosis.

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