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Oscura lanza que atraviesas la roca del tiempo

Oscura lanza que atraviesas la roca del tiempo

En el prefacio de la historia, surgiendo del negro y regresando a él, está Altamira. La cueva de Altamira. O, para ser precisos, las cuevas. Bajo tierra, a dos kilómetros de Santillana del Mar, en Cantabria, en las verdes colinas del norte de España, serpentean tres galerías subterráneas entrelazadas entre sí, más un cuarto y angosto corredor final.

«¡Mira, papá, bueyes!». María, la hija de ocho años de Marcelino Sanz de Sautuola, un hidalgo local aficionado a la prehistoria y la paleontología, escudriña el techo de una gruta, exclama su asombro tras contemplar algo extraño y, acto seguido, corre a avisar a su padre.

Estamos a finales del siglo XIX, en el año 1879. Es la segunda ocasión en la que don Marcelino visita la cueva. Antes, en 1876, la recorre por primera vez tras recibir el aviso de Modesto Cobielles, el aparcero de uno de sus prados. Durante una jornada de caza, el perro de Modesto queda atrapado entre las grietas de una roca. Mientras libera la pata del animal, el labrador encuentra, oculta tras unos matorrales, la entrada a una gruta natural. Aparta la maleza, entra y recorre sus galerías.

"No es hasta 1876 cuando Marcelino se decide a explorar las galerías subterráneas de las que tanto le ha estado hablando su aparcero"

El campesino notifica el casual hallazgo al propietario del terreno, conocido en el pueblo por su interés hacia las curiosidades de la naturaleza. Cuevas y túneles, sin embargo, son accidentes geológicos típicos en la zona. «Será una gruta como tantas otras», piensan los vecinos de Vispieres, la pequeña aldea donde se encuentra el prado en cuesta que lleva por nombre Altamira. El descubrimiento, realizado por Modesto en 1866 en aquella cacería, pasa desapercibido y a punto está de caer en el olvido.

No es hasta 1876 cuando Marcelino se decide a explorar las galerías subterráneas de las que tanto le ha estado hablando su aparcero. Finalmente, el hidalgo, en compañía del labrador, se adentra en las cuevas. Recorren juntos sus 290 metros de longitud y nada llama su atención. Marcelino ve sobre las paredes, aquí y allá, una especie de rayas negras que —cavila— bien podrían ser de origen natural. Con todo, aquella primera exploración no resulta estéril. Lleva a cabo una pequeña excavación y encuentra varios huesos de animales prehistóricos, además de algunas piezas talladas en sílex.

El viaje que Marcelino Sanz realiza a Francia dos años más tarde, en 1878, para conocer de primera mano la Exposición Universal de París, le hace replantearse sus primeras impresiones. Allí, en la Ciudad de la Luz, contempla las mejores colecciones de objetos y arte prehistórico del momento. Muchos han sido descubiertos en el Mediodía francés, no lejos de la frontera con el norte de España. ¿Y si en aquella cueva de La Montaña, que ha visitado dos años atrás, existiese algo parecido? Concede a Altamira una nueva oportunidad.

La mirada de una niña

La segunda exploración, que dura todo el mes de noviembre de 1879, es mucho más concienzuda. Mientras el hidalgo, armado de espátula y cedazo, busca restos fósiles cribando con paciencia el suelo de la cueva, su hija, María, que lo acompaña, se aburre soberanamente. La niña toma uno de los candiles que iluminan la gruta. A modo de juego, comienza a corretear. Durante un momento de su recreo infantil hace lo que nadie ha hecho antes: utiliza la lámpara, pero no para iluminar el suelo y las paredes de la cueva, sino para ver el techo.

Alza la vista y queda boquiabierta. Sobre su cabeza aparecen ciervos, vacas, jabalíes, cabras, manadas de caballos y extraños símbolos geométricos. También toros gigantescos. Y bisontes —solos o en manada— en todas las posiciones posibles: acostados, quietos, corriendo. Son dibujos de sobrio realismo, intenso colorido y enorme fuerza expresiva, hasta el punto de que siguen impresionando hoy a cualquier espectador contemporáneo, sin importar edad o bagaje cultural.

Entrada a la cueva de Altamira, en Santillana del Mar.

El asombro de la niña es absoluto. Tras su grito —«¡mira, papá, bueyes!»—, corre junto a su padre. Confunde los dibujos de bisontes con esos bueyes que tantas veces ha visto pacer sobre los campos cercanos. María ignora la trascendencia de su descubrimiento. Don Marcelino, en cambio, tiene la edad y el conocimiento suficientes para intuir desde el primer vistazo que las pinturas de Altamira significan una revolución en la conciencia histórica de la humanidad.

La que de manera unánime está considerada como la Capilla Sixtina del Arte Paleolítico constituye en esencia un misterio. Sobre el arcano que ya de por sí parece contener toda cueva, los marcos temporales manejados por las dataciones arqueológicas añaden una dimensión enigmática aún mayor.

Altamira atesora 22.000 años ininterrumpidos de creación humana. Las pinturas más antiguas de la gruta fueron realizadas hacia el año 36.500 a. C., mientras que las más recientes datan de hace unos 13.000 años, cuando un derrumbe de piedras sella la entrada de la cueva. Para ubicar la antigüedad de estos sucesos en el cómputo de la historia, basta saber que el hundimiento de pedruscos que lacra el acceso a Altamira sucede 9.000 años antes de la construcción de la pirámide de Zoser, la más antigua del Imperio Egipcio.

Leer el silencio

Pero el silencio y la oscuridad, correctamente interpretados, albergan elocuentes mensajes. La presencia de símbolos geométricos en las paredes y techos de la gruta denota plena capacidad abstractiva por parte de sus autores. Las huellas de manos estampadas con pintura sobre los muros manifiestan sentido de identidad, conciencia de autoría y voluntad de permanencia. La racionalidad y el trabajo en equipo necesarios para realizar estos diseños convierten a Altamira en un canto a la laboriosidad humana y el orden social.

"Entre los muros y techos de Altamira late una pulsión. Las cuevas, convertidas en un templo subterráneo, parecen rendir una genuflexión al inframundo"

Conocimiento, lenguaje, técnica, vida social y aspiración a la perpetuidad… Aquellos habitantes de Altamira atraviesan sin saberlo el corazón del tiempo para remitirnos sus extraños dibujos, grabados y símbolos. No es posible descifrar su significado concreto, pero el mensaje principal resulta inequívoco: en lo esencial, los moradores de aquellas cuevas son personas iguales a nosotros.

Aún pueden escucharse más mensajes dentro de Altamira. Salvo en la entrada —la conocida como Sala de Polícromos, que hace las veces de vestíbulo y donde en ocasiones penetran ligeros rayos de luz—, la mayor parte de las pinturas se encuentran en lo más profundo de oscuras galerías subterráneas; son lugares de nula iluminación natural y escarpado acceso. Los dibujos no están ubicados para facilitar su goce estético. Se impone una segunda evidencia: la atmósfera religiosa es palpable, evidente, incluso espesa.

Entre los muros y techos de Altamira late una pulsión. Las cuevas, convertidas en un templo subterráneo, parecen rendir una genuflexión al inframundo; a esa oscuridad ambigua e insondable que tanto puede ser la fuente desde la que brota la vida como el abismo que arrastra hacia la muerte.

Lo celeste y el inframundo, aún sin deslindar

En Altamira conviven, aún sin deslindar, la inmanencia con la trascendencia; los poderes telúricos —la naturaleza, la fertilidad, la vida y la muerte— con principios donde aletea lo celeste, tales como la razón abstracta o la evocación poética y artística de normas y leyes cósmicas. También habita aquí una intuición primordial: ambos mundos, el de arriba y el de abajo, de algún modo están interconectados.

Altamira, sí, es un lugar extraño. Es el primer espacio propiamente humano de la historia y, en su interior recapitula in nuce al ser humano con todas sus posibilidades y deseos. El hombre entra en escena en Altamira de forma súbita y decidida; aparece de una pieza: entero, rotundo, completo. La cueva semeja una densa sinopsis que luego, capítulo a capítulo, irá desenrollándose en el transcurrir del tiempo.

"Al igual que en la antigua civilización cretense, sus galerías son los laberintos de un Hades poblado de bestias cornudas y, al mismo tiempo, espacios para la sabiduría y la técnica"

Las pinturas están saturadas de un estilo abrupto y primitivo, pero sería un error confundir su hosquedad con la anarquía y sus declives. En las paredes —dato significativo— no aparecen seres mitológicos. No hay lugar para fantasías ni quimeras. Los rudos dibujos están al servicio exclusivo de dos intenciones: primero, representar con esquemático realismo a animales y figuras humanas; segundo, crear símbolos abstractos. Conceder crédito a los desórdenes de la imaginación pertenece a una fase histórica muy posterior. Altamira es primitiva, no idolátrica ni decadente. Altamira, repetimos, es ciertamente un lugar extraño.

Los trazos de Altamira no rechazan el adjetivo de minoico, aunque lo correcto sería indicar que Minos supone un eco posterior, ya amansado, de ese grito originario que aúlla por primera vez dentro de la cueva. Pero sí, al igual que en la antigua civilización cretense, sus galerías son los laberintos de un Hades poblado de bestias cornudas y, al mismo tiempo, espacios para la sabiduría y la técnica.

Reducida toda su complejidad a la significación más pura, las paredes de la cueva escenifican la batalla de los siglos que libran dos figuras. Por un lado, la bestia: el bisonte, el toro; animales totémicos que desbordan vida, fuerza y terror. La encarnación de un cosmos que el ser humano teme tanto como admira y desea. Por otro, en frente, el hombre, que encuentra refugio en la oscuridad.

¿Qué hace el hombre allí? Expresa temores y anhelos, esboza esquemas, dicta instrucciones arcanas. ¿Con qué propósito? Comprender y comunicar el orden que intuye, paso previo para salir al exterior, lidiar con el mundo, vencerlo y domesticarlo.

Fuego en la oscuridad. Vida y violencia. Realidad y geometría. Dolor y belleza limpia, sin ápice de fantasía.

¿Será Altamira un proto inicio de España?

Fundido a negro.

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