Escribir una crónica supone, en primer lugar, participar de un descubrimiento. El periodista se entera de todo lo que no sabía, o procura enterarse de todo. Tal vez todo sea demasiado ambicioso, por lo que el propio periodista debería tener muy en cuenta sus limitaciones: todo lo que está a mi alcance, todo lo que puedo percibir, todo lo que puedo leer, todo lo que puedo deducir de las entrevistas. Vamos a ser honestos, eso sí, porque el trabajo consiste, al fin y al cabo, en conseguir que los demás sean los que descubren y yo no soy otra cosa que un instrumento, un medio, un camino. Se trata, en definitiva, de ampliar el mundo para aquellos que no tienen la oportunidad de llegar hasta donde él ha llegado. Y es fácil deducir, a través de los periodistas, que la ampliación supone incrementar dudas. Ser honesto implica alejarse de los tópicos y las ideas demasiado fáciles, demasiado rígidas, mientras se indaga en la luz y en la sombra.
La honestidad, como saben los lectores de Guillermoprieto, comienza por la elección del destino. Hay que acercarse a lo difícil, y cuando no es posible físicamente, se hará a través de lecturas. El efecto que consigue la autora es el de recrear la realidad: todo lo que nos cuenta es creíble, pero seguro que cabe más todo en lo que sucede. Si ella ha sido capaz de ampliar así el mundo, eso quiere decir que el mundo no tiene bordes. De hecho, mientras leemos las crónicas, nos damos cuenta de lo bien documentada que está la autora, de la serenidad con que afronta incluso los casos de desapariciones y tortura, y por un momento sentimos la tentación de concluir que sus ideas son incuestionables. ¿Pero de qué conclusiones hablamos? No existen conclusiones. Puede que exista objetividad, tanta como es posible en un observador, pero las conclusiones serán obra del lector, y para que sean determinantes, lo mejor es seguir ampliando el territorio. Esa es la única conclusión, la invitación al conocimiento del mundo en que vivimos, una invitación que toca al periodismo, a la política, a la antropología y a casi todas las formas de humanismos que se nos pueden ocurrir. En la literatura de Guillermoprieto está prohibido mitificar, porque el sentido de la justicia con que afronta su labor está en construcción permanente, está siendo afectado por cada idea que recibe, por cada dato que recopila, por cada descubrimiento que se le facilita. Cuando hablamos de voces necesarias, de voces insustituibles, nos estamos refiriendo a gente tan sensible como Alma Guillermoprieto.
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Autora: Alma Guillermoprieto. Título: Esta improbable tierra prometida. Traducción: Laura Emilia Pacheco. Editorial: Debate.


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