Mis primeros recuerdos del profesor Amancio Labandeira están ligados a mis comienzos en la Universidad, al inicio de mi carrera, Filología Hispánica. Yo venía de un colegio privado y aunque había elegido feliz esta carrera, vocacionalmente, me costó un poco acostumbrarme a la universidad pública, en este caso a la Complutense de Madrid. Pero ahora que echo la vista atrás, como lo he hecho otras veces, compruebo lo feliz que fui, todo lo que aprendí y los magníficos profesores que en general tuve.
Me gusta recordar sus clases, cómo se cambiaba las gafas, las de lejos y las de cerca, y las iba guardando en sus respectivas fundas. Era de movimientos lentos y armoniosos. Era alto, seguramente muy alto para su generación (nació en 1939). A mí me recordaba, su rostro, a Miguel Delibes. Lo asociaba a él, no sé muy bien por qué.
Daba muy bien las clases. Yo tenía la sensación, al terminarlas, de que ya no tenía que estudiar, porque todo lo había aprendido en ellas. Era muy didáctico, muy claro. A medida que explicaba los contenidos iba escribiendo en la pizarra las fechas y los nombres, de autores, de títulos, de batallas, etc., hasta cubrir la pizarra con todos estos datos.
Recuerdo que empezaba cada clase resumiendo la clase anterior, con lo cual ayudaba mucho al estudiante.
Por otra parte, y aunque parezca anecdótico decirlo, vestía muy bien, muy elegante. De traje, corbata y gemelos. Me parece que es el profesor más elegante, o mejor vestido, que he tenido nunca. Una amiga mía, compañera de aquellos años, decía que era “un caballero”. Y lo era. Lo es. En la forma y en el fondo.
Intuyo que era amigo de sus alumnos, o por lo menos lo fue mío, dándome muy buenos consejos. Uno de ellos fue que cuidara mucho la presentación de mis artículos a las revistas académicas, “por tu prestigio”, me decía.
Se notaba que era un profesor que se preocupaba por sus alumnos, y que si podía ayudarte te ayudaba. De hecho lo hacía.
Al principio del curso, y en primero de carrera, ya nos hablaba de cuando termináramos, de cuando tuviésemos que buscar becas. Por eso nos recomendaba asistir a cursos y conferencias, para que nos dieran certificados que pudiéramos adjuntar en nuestras solicitudes de becas.
Ahora que lo pienso, era mucho más que un profesor. Quiero decir que no se limitaba, de ninguna manera, a dar unos contenidos, aunque lo hiciera muy bien. Él hablaba pensando en el marco de la Universidad y de toda la sociedad.
A mí me gustaba ir a su despacho a hablar con él. Y me acuerdo que pronto empezó a hablarme del Cid: “Tú tienes que hacer una novela sobre el Cid”, me decía. Y es que no le gustaban las novelas que ya había sobre el personaje.
La verdad es que me lo tomé en serio, porque con los años escribí y publiqué una novela sobre el Cid, Cid Campeador, en la editorial Imágica, después de mucho esfuerzo y de un largo periplo vital.
Labandeira me recomendó que me centrara, para la documentación, en La España del Cid, de Ramón Menéndez Pidal: “Yo de Menéndez Pidal me fío”, me decía.
Leí muchos más libros para hacer mi novela, pero puedo decir que La España del Cid es uno de los libros más bonitos y más apasionantes que he leído nunca, y efectivamente fue clave para escribir el libro.
Con los años he pensado que era él quien quería hacer esa novela, porque tenía bastantes ideas sobre ella y le fascinaba el tema. De hecho, ha publicado un buen número de novelas históricas sobre la presencia de los españoles en Norteamérica, publicadas por la Fundación Universitaria Española, entre ellas Al servicio de Su Majestad Católica en el Mississippi o Un gobernador español en Florida y el fuerte de los soldados negros.
Amancio Labandeira es un vocacional total, me atrevería a decir, entregado a la literatura de muchas maneras, quizá de todas las maneras. Ha sido profesor durante cuarenta años en la Complutense, ha trabajado en Bibliografía, ha sido crítico literario, historiador y ha realizado multitud de actividades y recibido muchos reconocimientos relacionados con la Filología y las Humanidades.
Está muy vinculado a la Fundación Universitaria Española, donde dirige el Seminario de Literatura Ramón Menéndez Pelayo junto con el catedrático Javier Huerta Calvo, que también fue profesor mío y al que tengo mucho afecto y agradecimiento.
Gracias a Amancio Labandeira yo me metí en el terreno de la novelística histórica. Gracias a él escribí otras dos novelas de este estilo, pues a hacer la primera me animó él. Además, si Dios quiere, vienen otras en camino.
Fue un profesor que me impresionó desde el principio, por esa mezcla que tenía, no tan frecuente, de sapiencia y elegancia, si se me permite la expresión, y yo añadiría también bonhomía, muy importante.
Los profesores no sólo son importantes por sus cualidades académicas, por lo que saben, por lo que enseñan en las aulas, sino por una dimensión que va mucho más allá de todo esto.
Yo iba a ver a Labandeira a su despacho y de ahí salió uno de mis libros más queridos. También iba a visitarlo a la Fundación Universitaria Española, en la calle Alcalá. De vez en cuando todavía le dejo un libro mío allí, y de vez en cuando me dan allí una de sus novelas históricas.
Me apetecía escribir un artículo sobre mi querido profesor. Hace tiempo que no lo veo, pero lo tengo muy presente. Sé que él está muy ocupado y conoce mucha gente, pero es posible que este texto le sirva para rememorar nuestros años en la Facultad y sus buenos consejos e ideas, que nacían del que sabía mucho más que yo y había vivido mucho más. Por otra parte, tenía muy buena intención, muy buena voluntad, la de las grandes personas.
A veces me preguntan si fue Cid Campeador la novela con la que más me divertí escribiéndola, y siempre digo que trabajé demasiado para que eso fuera así. Y es cierto, trabajé mucho, pero también disfruté mucho. Creo que se acerca a lo que pude soñar sobre ella, al proyecto que Amancio Labandeira puso en mí.
Ahora cuando me pongo a trabajar en otro libro de estas características siempre recuerdo aquella primera novela histórica, fundacional en mi vida y en mi carrera, un trabajo muy ambicioso, muy largo, muy laborioso. Casi acaba conmigo, pero no lo hizo, todo lo contrario. Como diría Nietzsche, me hizo más fuerte.
Muchas gracias, don Amancio, por lo enseñado y por lo vivido, por todo.


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