Descalabro

—Me ha copiado. No lo he pillado. No puedo demostrarlo, pero lo sé. Tengo que aprobarlo. No me queda otra.

Conversaciones semejantes se han sucedido a lo largo de nuestra geografía en las aulas de secundaria. Se han multiplicado tanto los dispositivos electrónicos (auriculares del tamaño de lentejas, indetectables, gafas, relojes o pulseras digitales…) que los profesores son incapaces de vigilar en condiciones exámenes de más de 30 alumnos. Se ha extendido cual zurrapa la maldición del lazarillo: muchos pretenden obtener todo con trampas y pillerías. Copiar en exámenes o usar Chat GPT o similar a fin de que te haga los trabajos de, presunta, investigación está a la orden del día. ¿Para qué vas a esforzarte, si puedes aprobar haciendo marrullerías? Además, si te pillan, los tontolpijos de los profesores están obligados a repetirte el examen. Y, si se ponen farrucos, les azuzo a mis papás para que me aprueben por la jeta.

Situaciones tales son el pan cotidiano en los finales de curso de las instituciones de enseñanza secundaria: padres chantajistas, quienes pretenden obtener con presiones sobre el docente lo que sus hijos han sido incapaces de conseguir con su estudio, alumnos a los que te obligan a pasar de curso aunque le queden 7 materias, estudiantes tramposos que van promocionando a fuerza de trapacerías.

"Los titulares se centraron en los titánicos esfuerzos de los profesionales sanitarios, de fuerzas de seguridad, agrícolas o transportistas, mas olvidaron, entre otros, a los docentes"

En las evaluaciones finales, sobre todo en las de término de etapa (4º de E.S.O. y 2º de Bachillerato) se les ha regalado el título a zagales que no se lo merecían. Los docentes están tan a la intemperie por culpa de las infames leyes educativas, que una sociedad infame ha consentido, que no se ven con fuerzas para encarar carretadas de problemas que traen consigo reclamaciones y demás. Están totalmente desvalidos: equipos directivos, compañeros e inspección educativa, por lo general, te dejan solo, cuando no te buscan las cosquillas y les dan la razón a los padres piojo. ¿Quién se encuentra con fuerzas al término de un curso extenuante para recibir presiones, reprimendas o incluso amenazas? Lo más fácil es aprobarlos. No nos damos cuenta de que estamos siendo cómplices del gran timo en el que hemos consentido que se convierta la educación: se regalan títulos a personas, muchas de las cuales, no están preparadas ni se han esforzado lo suficiente.

Luego vienen las madresmías, los ayes y las llanteras. La mayoría de criaturas de 2º de bachillerato a las que las juntas de evaluación se vieron forzados a aprobar, cuando algunos de ellos pasaron su última etapa molestando a profesores y compañeros, han suspendido la EBAU, otrora Selectividad. En esas pruebas la Universidad dispone de inhibidores de frecuencia (móviles y otros dispositivos son, por tanto, inútiles) y varios enseñantes (no uno solo como en los institutos) vigilan los exámenes: copiar o es muy difícil o casi imposible. Con lo que sacan la nota que, en realidad, merecían: un suspenso catedralicio.

Ignoro si la situación es semejante en los centros de enseñanza primaria y universitaria, pero, teniendo en cuenta el percal del que está hecha la actual sociedad, me barrunto que sí.

"Los dos primeros meses, al tener una tarifa que me incluía tan pocos gigas, hube de apoquinar 500 euros de más cada período"

La tesitura generada por la COVID, con el confinamiento consecuente, causó pesadillas. Como era lógico, los titulares se centraron en los titánicos esfuerzos de los profesionales sanitarios, de fuerzas de seguridad, agrícolas o transportistas, mas olvidaron, entre otros, a los docentes. De la noche a la mañana se les manda a casa con la encomienda de atender a sus alumnos de manera telemática, cuando muchos no tenían ni medios ni conexiones adecuadas. En mi caso, la mayor parte del tiempo que estaba conectado era en el trabajo, pues allí buscaba todo lo preciso para mis lecciones. En el hogar no necesitaba muchos datos a la hora de mirar 4 cosas en redes sociales. Por lo tanto, mi tarifa contratada incluía muy pocos gigas. Con el confinamiento la cosa cambió radicalmente: sin ninguna instrucción previa ni dotación material o económica, se nos obligó a atender por la red uno a uno a los más de 100 alumnos a los que dábamos clases. Muchos de los cuales no disponían de ordenador en sus hogares. Fueron jornadas de angustia, con horarios que pasaban de las 10 horas al día, consultas y exámenes por videollamada (no había hecho uso de eso jamás),…

Los dos primeros meses, al tener una tarifa que me incluía tan pocos gigas, hube de apoquinar 500 euros de más cada período. Sin que en ningún caso se dijera por la Consejería que se iba a compensar a los que habían tenido que afrontar gastos extra por hacer su trabajo.

Después de tantos tormentos el Gobierno toma la populista decisión de aprobar por el morro a todo el mundo, no fuera a ser que alguno se frustrara y se traumatizara. Estudiantes que no habían pegado ni golpe (no porque no tuvieran medios informáticos: a ellos sí se les entregaron) pasaron de curso por imperativo legal. Las pruebas EBAU fueron también adaptadas y los aprobados casi regalados. Se produjo un fraude de dimensiones colosales: se hizo creer a promociones enteras que podían conseguir las cosas que quisieran sin esforzarse, sin aplicarse el axioma de que la única manera decente de progresar en la sociedad es a base de tesón, constancia y disciplina.

"He dedicado 36 años a ejercer la docencia en secundaria. Aparte de alumnos marrulleros y de padres chantajistas, la peor experiencia que he vivido es ser miembro de un tribunal de oposiciones"

La situación en las aulas es vergonzante, si a esto se añade que en determinadas instituciones universitarias, sobre todo las relacionadas con la educación, impera la tiranía de ciertos pseudopedagogos para los que la educación ha de ser, ante todo, lúdica. La enseñanza como tal es de carcas, de profesaurios. Un verdadero profesor debe ser más un animador de eventos que un maestro. De esta manera la ciudadanía reniega de las aulas como espacios de enseñanza y las convierte en centros de ocio y relaciones sociales.

En varias comunidades autónomas se están celebrando las oposiciones al cuerpo de profesores de enseñanza primaria, otrora maestros. La prensa habla de descalabro porque en regiones como Castilla y León el número de suspensos llega al 83%, al 59% en Castilla-La Mancha o al 63% en Murcia. Enseguida un coro de opositores cateados y sindicatos han puesto el grito en el cielo chillando como monjas en una bacanal. Necesitan una cabeza de turco, un chivo expiatorio al que culpar de tal escabechina. Tienen muy fácil hallarlo, fuera del Ministerio y las Consejerías de Educación: los tribunales correctores, trasunto de la temible gestapo nazi. Ríos de bilis se han derramado sobre los pobres pringados a los que les ha tocado el marrón de constituir un tribunal.

He dedicado 36 años a ejercer la docencia en secundaria. Aparte de alumnos marrulleros y de padres chantajistas, la peor experiencia que he vivido es ser miembro de un tribunal de oposiciones.

Llegas a finales de junio exhausto, después de lidiar durante nueve meses con tus estudiantes. Mientras que alguno de tus compañeros disfruta de sus vacaciones, a ti te toca echar más horas que un tonto corrigiendo exámenes de personas que se juegan años de estudio y sufrimiento por querer ser titulares.

"Trabajamos a destajo, con jornadas maratonianas, con la inmensa responsabilidad de juzgar la labor de un compañero y abrirle la posibilidad de acceder a un puesto como funcionario"

Hubo días en los que estábamos en el centro para recibir al primer opositor a las 7 de la mañana y eran las 22 horas y aún no habíamos terminado. La Administración, rácana con todo lo público, te pagaba sólo una veintena de jornadas de trabajo. Si necesitabas más, los tendrías que echar gratis et amore. Dado lo cual y teniendo en cuenta el número de opositores a los que podías evaluar por día en la segunda y tercera fases, se tomaba la decisión de aprobar a x número de aspirantes. No se trataba de un examen ordinario, sino de un concurso oposición, en el que habías de seleccionar a las 25 mejores candidatos: las plazas que podíamos otorgar eran 5. Eso podía generar que, tal vez, el aspirante que ocupaba el puesto 25 entre los mejores tuviera en el primer ejercicio un 9,2. Los demás, por mucha nota que hubieran sacado, debían quedar fuera.

Trabajamos a destajo, con jornadas maratonianas, con la inmensa responsabilidad de juzgar la labor de un compañero y abrirle la posibilidad de acceder a un puesto como funcionario. Nos obligaron a documentar hasta el último folio que gastábamos, decenas de informes y formularios. Los 5 miembros del tribunal debíamos calificar por separado el ejercicio y, luego, calcular la media. Si había dos puntos de diferencia entre la mínima y la máxima nota, se anulaban éstas y se sacaba la media entre las otras tres. Me fui con la sensación de que habíamos sido justos: calificamos de forma honesta a quienes nos asignaron. Luego sería la Administración la que, a esta primera tanda de exámenes, tendría que sumar los méritos de cada quien según sus años trabajados y otras cuestiones. Así, sumando la nota de la oposición más la del concurso de méritos, se sabría si tenían plaza o no.

"Esas entre 8 y 10 horas que echan los otros estudiando, los interinos han de dedicarlas a realizar sus labores en los centros de enseñanza, con el desgaste que eso conlleva"

Preparar una oposición puede ser una de las experiencias más exigentes y traumatizantes a las que se deba enfrentar una persona a lo largo de su vida. 36 años después de haberla ganado en Lugo aún sufro pesadillas en las que he de volverme a presentar. Para llegar a ellas antes tienes que superar a base de esfuerzo y tenacidad todas las etapas educativas precisas: en mi caso, E.G.B., B.U.P., C.O.U., Selectividad y Licenciatura, más Máster del Profesorado o similar. Es decir, que uno puede presentarse por primera vez a una oposición educativa cuando acaricia los 24 años, arriba o abajo, y ha aprobado todas las fases previas. Cosa que, si se ha hecho con integridad y no con trapacerías, ha exigido innúmeros sacrificios. Sacrificios que se van a quedar cortísimos en el período de preparar las pruebas. En el caso de que no trabajes (lo que te obliga a seguir dependiendo de padres, parejas o benefactores) echarás entre 8 y 12 horas día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Quizás podrás parar algún domingo a fin de airear la mente. Aun así, vivirás obsesionado. Si vas al cine, te vendrán pensamientos recurrentes de que podías haber aprovechado ese par de horas para repasar el tema que se te ha atragantado. Te agobiarás al comprender que eres incapaz de llevar a punto las más de 70 unidades que incluye el temario. Te decantarás por preparar unas y dejar otras, si no eres uno de esos héroes que cargan con todas. Siempre tendrás peso de conciencia sobre si tu selección ha sido la correcta y rogarás a quien sea para que en el sorteo de las bolas te toque una de las que llevas más estudiada. A fin de ir mejor preparado para la fase de exposición didáctica, tal vez tendrás que matricularte en una academia específica, lo cual aumentará tu dependencia económica.

Si ya es difícil encarar una oposición así, hacerlo siendo interino (trabajan en centros de enseñanza sin ser titulares) es mucho más complicado. Esas entre 8 y 10 horas que echan los otros estudiando, los interinos han de dedicarlas a realizar sus labores en los centros de enseñanza, con el desgaste que eso conlleva. Algunos harán el titánico esfuerzo de arañar un par de períodos al estudio, sacrificando vida familiar y social. Es verdad que, a diferencia de los primeros, los interinos sí cobran, pero trabajar en la enseñanza te deja exhausto.

"Que te cateen escuece en llaga viva. Todo un año, como poco, de sacrificios, renuncias, quebrantos y duelos anulado con una calificación negativa excoria el alma"

Luego unos y otros habrán de encarar la fase de pruebas en la que se van a jugar el trabajo de tantos meses de renuncias y sacrificios. Sólo quienes hayan afrontado una oposición saben la sensación de angustia, la opresión que amenaza con bloquearte y hacerte perder los nervios, el reto que supone convencer a un tribunal diverso e imparcial de que mereces ser funcionario, compitiendo con centenares de pretendientes que buscan lo mismo que tú.

Sí: suspender una oposición es muy jodido. Que te cateen escuece en llaga viva. Todo un año, como poco, de sacrificios, renuncias, quebrantos y duelos anulado con una calificación negativa excoria el alma. Pero de ahí a querer buscar culpables fuera de ti mismo, a ponerle el sambenito de tu fracaso a tribunales desalmados y corrompidos media un abismo.

Leo en prensa que muchos de los miembros de estos malvistos tribunales han decidido reprobar a bastantes candidatos por su intolerable acumulación de faltas de ortografía, por su incapacidad de expresarse con coherencia redactando párrafos bien trazados y comprensibles. Que me perdonen los que airean su indignación por el alto número de suspensos, mas no se puede confiar la educación de los futuros españoles a los que no saben enhebrar dos párrafos con coherencia, contenido y una argumentación bien hilada. No podemos dejar nuestros niños en manos de los que en un examen oficial escriben “xq, vallena, optener, tb, abances, llendo,…” y otras lindezas que ha recogido la prensa. No es posible encomendar la enseñanza a quienes escriben párrafos en los que los miembros del tribunal, profesionales bragados, apenas son capaces de entender dos palabras, escandalizados, además, por no encontrar en ellos ni comas ni puntos.

He seguido en redes los hilos donde estos cateados sacaban toda su atrabilis contra tribunales y consejerías. Casi nadie sabía que existen signos ortográficos como ¿ o  ¡. Todos ignoraban que hay una cosa que se llama la coma del vocativo, mediante la cual se separa con una coma el nombre de quien invocas del resto de la oración.

"En caso de precisar de alguna cabeza de turco, empieza por mentarles los muertos a todos los pedagogos que han asesorado a los que han redactado las leyes educativas de los últimos 30 año"

Sí, amigo cateado, que te den calabazas es despiadado. Gente muy allegada a mí ha suspendido 2 y hasta 5 veces antes de ganar la plaza. Reinventarse después de tan duro golpe es semejante a la condena de Sísifo, que debía acarrear por toda la eternidad una roca cuesta arriba. Volver a sentarte ante tus apuntes e intentar mejorar tus compresión lectora, tu capacidad de síntesis y tu expresión escrita es tedioso, fatigoso, agotador y cualquier otro epíteto que se te ocurra.

Antes de culpar a los tribunales, habría que empezar a hacer autocrítica, examinar tu trayectoria académica. Si a lo largo de la misma has hecho uso de medios fraudulentos (copiar en exámenes, acudir al rincón del vago o semejantes con la finalidad de que te hicieran los trabajos o enviar a tus papás para que te consigan el aprobado con chantajes emocionales a los profesores) quizás recoges lo que has sembrado.

En caso de precisar de alguna cabeza de turco, algún chivo expiatorio a quien cargar tu cate, empieza por mentarles los muertos a todos los pedagogos que han asesorado a los que han redactado las leyes educativas de los últimos 30 años: infames, vergonzantes, un tocomocho, te lo digo yo. Cántales las cuarenta a los politicastros de chichinabo, a diestra, siniestra y cabestra, que han votado esas leyes y a los ciudadanos que los han elegido y no los han corrido a patadas en el culo de sus despachos y escaños al ver el descalabro educativo y moral que estaban causando en la nación.

Escupe a esos superprofes que te han engañado haciéndote creer que la educación tradicional es un peñazo y que hay que hacer cosas superfragiescalitosas para que los críos se lo pasen bien en clase, aunque no sepan hacer la o con un canuto. Como, tal vez, tú. Patea las posaderas de esos orientadores y docentes de secundaria que te engañaron con que las Humanidades no valían para nada: quizás con una buena base en latín y en griego no habrías cometido esa gran cantidad de faltas indecorosa y habrías visto multiplicada tu comprensión lectora y tus facultades escritoras. Leer a los clásicos protege de la burricie.

"¿Qué van a hacer estos mindundis si alguna vez se ven delante de 20 bestezuelas? ¿Van a llamar llorando a sus papis para que les ayuden a hacerse respetar?"

Císcate en esos iluminados que te enseñaron sólo a examinarte con formularios tipo test: son superfáciles de corregir: los metes en una máquina y lo hace sola. Cuantos más ejercicios de esos te pongan, más gandules son los que los idean. De esta manera han conseguido que descuides tu expresión escrita y no te han obligado a mirar por la ortografía. Abomina de esos impresentables que te aprobaron porque le caías simpático sin haberte exigido nada. Manda a trabajar en el duro fango de las aulas a esos desertores de la tiza que huyen de la docencia directa en sindicatos, canonjías y asesorías varias y postulan que las próximas pruebas de oposición sean a base de tests, unir puntos y hacer dibujitos, degradando lo que ha de saber un Maestro. Tienes a muchos a los que culpar.

Para más inri leo que algunos de estos suspendidos han ido a protestarles a los tribunales ¡con sus papás! Hasta aquí hemos llegado, bacalado. Que tiarrones y tiarronas veinteañeros vayan a llorarles con sus progenitores a miembros de un tribunal da muestras más que visibles del estado de infantilización e idiotización al que hemos dejado llegar a parte de las nuevas generaciones. ¿Qué van a hacer estos mindundis si alguna vez se ven delante de 20 bestezuelas? ¿Van a llamar llorando a sus papis para que les ayuden a hacerse respetar? Tal niñería debería incapacitar a uno para acceder a la enseñanza hasta que no la subsanara.

Casi el 25% de mi nómina de funcionario es retenido para pagar los servicios públicos y contribuir a la riqueza de mi país. Por eso exijo que sean los mejores quienes accedan a puestos de servidores públicos en fuerzas de seguridad, sanidad, judicatura, hacienda, auxiliares y, también, en educación. Éstos son el verdadero baluarte de la democracia, los que no les deben nada a ningún partido ni caciquillo, los garantes del estado de derecho.

Así que, para esas funciones, exijo a los más dotados, que sean capaces de expresarse con soltura y coherencia, peritos en entender un texto complejo y extraer de él los argumentos esenciales y expertos en escribirlos sin cometer faltas de ortografía infamantes. Si eso es mucho pedir, apaga y vámonos.

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