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Chantajistas

—Señora, como ya le he explicado enseñándole su historial, su hija no hizo lo suficiente como para aprobar en las pruebas ordinarias. Decidió jugárselo todo a la extraordinaria, un examen global de lo visto a lo largo del curso. De 10 preguntas se dejó 4 en blanco (demasiado riesgo, ¿no?), contestó a voleo 2 más y en las otras 4 no dio muestras de haber adquirido las competencias y conocimientos reque…

—Hace 8 meses se le murió el abuelo.

—… Lo, lo siento, le acompaño en el sentimiento, pe…, pero…

—Y hace dos, su perro, al que había criado desde cachorro.

La niña, que se había mostrado impertérrita ante el recordatorio de la pérdida del abuelo, con el del can dejó asomar dos lagrimillas.

—Lo… lo lamento. Vuelvo a darle mi pésame, pero, volviendo a la nota, no llega al 3. Así no pue…

—Eso ya lo sé. No me caliente más la cabeza.

La madre comenzó a usar una voz insoportablemente aguda, a la vez que me iba acorralando.

—Sé de sobra que el latín no es lo suyo. Tampoco es que valga para algo, ¿no? El latín, digo; no mi cría.

—Ustedes decidieron matricularla a principio de curso. Tuvieron tiempo para cambiarla a otra materia si pensaban eso.

—Lo hecho, hecho está. Digo yo que ahora se podrá hacer algo, ¿no?

—No la entiendo

—Pues que podría aprobarla.

—Señora, le repito que durante el curso…

—¡Joer! No me dé más la tabarra.

—En el examen final se dejó en blanco…

—¡Se le había muerto el perro! ¿Cómo iba a estudiar la probeticha?

—Eso fue hace dos meses. De todas formas, señora, he tenido zagales que han atravesado una situación mucho más complicada (desahucios, muertes de progenitores o intentos de suicidios, información que no podía aportar a la reclamante, por supuesto), pero han dado todo de sí y han superado la asignatura.

—A mí los otros me dan igual.

—Tiene razón, volviendo a su hij…

—Algo tendremos que hacer.

—No la entiendo.

—Pues que la apruebe, ¡pijo!

—Me está pidiendo que cometa un delito, precisamente el de prevaricación (“Delito consistente en que una autoridad, un juez o un funcionario dicte a sabiendas una resolución injusta”). Mire, me quedan pocos años para jubilarme y no pienso poner en riesgo…

—¡La hostia! ¡Qué pejiguero el jodío!

—¡Oiga, no le consiento!… —intenté tomar aire para no liarla.— Mire, si no está de acuerdo con mi nota, tiene derecho a presentar una reclamación oficial. La acompaño a Jefatura de Estudios y allí mis superiores la ayudarán a…

—¡Que no hace falta ir a ningún sitio! —bramó levantándose y cerrándome la vía de salida.

Ante el acoso perdí los estribos. Llevaba el abultado manojo de llaves en las manos y con él dí una palmada en la mesa al mismo tiempo que la empujaba (sin que rozara a madre o hija) para huir. Salí al pasillo gritando, perseguido por ambas furias.

—¡He dicho que vamos a Jefatura!

—¡Que no hace falta ir a ningún sitio! Que eso lo tenemos que solucionar aquí, ¡pijo en diole!

"Tras entrevistarse conmigo y haber presentado una reclamación en Jefatura, madre e hija se dirigieron a ver al otro profesor de Humanidades. La jornada acabó sin más sobresaltos"

En el despacho ambos nos serenamos y nos pedimos mutuamente disculpas. La dejé rellenado el pertinente formulario de revisión de reclamaciones. Nos despedimos en paz. Salí al patio. Necesitaba aire. Me asfixiaba. Me dirigí al huerto que habíamos montado con los críos más disruptivos del centro, para que dejaran en paz a sus profesores y, sobre todo, compañeros, mientras plantaban, abonaban y regaban tomateras y demás.

Estaba más que alterado. No daba crédito: jamás en mis más de 30 años en el lodo de las aulas me había encontrado con algo así. Y había vivido demasiadas situaciones embarazosas.

A la chiquilla le quedaban 4 asignaturas. Estaba claro que no podía titular. Lo que me enervaba es que de las 4 suspensas, a los únicos profesores a los que había pedido cita para reclamarles y montarles el cirio éramos los del área de Humanidades. Los suspensos de Ciencias los daba por merecidos.

Tras entrevistarse conmigo y haber presentado una reclamación en Jefatura, madre e hija se dirigieron a ver al otro profesor de Humanidades. La jornada acabó sin más sobresaltos.

"Rumiando este acíbar concluí mi jornada y volví a mi hogar. Una llamada del Jefe de Estudios me obligó a volver al instituto: la madre, enfurecida por que su chantaje había persuadido al otro, decidió castigarme a mí"

¿Cuál no sería mi sorpresa cuando a la mañana siguiente mi “compañero” vino a felicitarme por haberme mantenido firme? Él sí que le había cambiado la nota: se ve que el lacrimógeno relato de las pérdidas abuelil y perruna habían mellado la resolución inicial de suspenderla, defendida con aparente profesionalidad en las sesión de evaluación. Lo miré como quien mira a un zurullo reseco mentándole por dentro a toda la parentela: estaba prevaricando y lo reconocía delante de mí, mientras me felicitaba por no haber delinquido. Me marché enrabietado: uno no puede cambiar alegremente una nota oficial. Necesita un informe razonado y una firma argumentada de todos los miembros de su departamento. Si tenías dudas, me decía, ¿por qué no usaste el viejo aforismo in dubio pro reo (“ante la duda a favor del acusado)? ¿Por qué hace dos días mantenías que la zagala era un desastre y que no había dado ni golpe, enseñando todas las presuntas calificaciones y anotaciones que sostenían tu decisión? ¿Por qué unas lágrimas melodramáticas te impulsan a cambiar tu nota? ¿No te das cuenta de que estás siendo injusto con los que han aceptado su calificación y no has protestado? ¿No te percatas de que si tus calificaciones definitivas eran reales y ahora quieres cambiarlas necesitas la firma de tus compañeros y los estás obligando a prevaricar? ¿Tu calva sesera es capaz de comprender que ellos y tú estáis, presuntamente, delinquiendo?

Rumiando este acíbar concluí mi jornada y volví a mi hogar. Una llamada del Jefe de Estudios me obligó a volver al instituto: la madre, enfurecida por que su chantaje había persuadido al otro, decidió castigarme a mí. Presentó en Secretaría, exigiendo registro oficial de entrada, una denuncia en la que, entre otras cosas, declaraba “haber recibido de mí golpes con objetos”. Anonadado acudí a Dirección. Inquirí si había insinuado algo de que yo le había pegado la última vez. Lo negaron: se fue tranquila después de haber presentado la reclamación sin añadir nada a lo que hablamos ante testigos.

—¿Por qué habéis aceptado entonces esta calumnia? Me está acusando de haberla agredido. Un día después, cuando ayer para nada aludió a ello.

—Era nuestra obligación dar curso a su denuncia.

—¿No podíais haberle dicho que me acusaba de un delito al que ayer no hizo alusión? ¿Que me estaba injuriando? Bastante bien me conocéis para saber que jamás yo…

—Era nuestra obligación.

Por primera vez vi diáfano que el profesor (y cualquier otro funcionario que quiera servir con honradez) está absolutamente solo cuando alguien la toma contigo.

"Mi abogado me dejó más que claro que los profesores cometíamos un error garrafal al aceptar entrevistarnos a puerta cerrada con cualquier padre o alumno"

Por la tarde fui a una comisaría con el escrito de la madre. El amable oficial me hizo saber que si la señora hubiera presentado la denuncia allí, esa noche yo dormía en el calabozo. Quise denunciarla por infamia: gentilmente me dijo que eso no podía gestionarlo él. Tendría que dirigirme a un juzgado de lo civil y presentar allí la denuncia pero que tuviera claro que su acusación hacia mí se solventaría en primera instancia por lo penal si le daba por acudir a un juzgado o comisaría.

Jamás me he sentido más desvalido: ni directiva ni sindicatos me amparaban. Hube de pagar de mi bolsillo un abogado para que conminara a la supuesta señora a aclarar que no había sido agredida por mí, que lo que yo había hecho era golpear la mesa con las llaves (el objeto) en las manos, pero que nunca se había visto amenazada su integridad. La doña hubo de rectificar en un segundo escrito con registro de entrada en el que se me eximía de cualquier acto delictivo.

Mi abogado me dejó más que claro que los profesores cometíamos un error garrafal al aceptar entrevistarnos a puerta cerrada con cualquier padre o alumno: podrían soltar alegremente una acusación tipo de que habían sido, por ejemplo, agredidas sexualmente y, aunque luego se demostrara que era una calumnia, a ti nadie te libraba de un calvario. Por ello, me recomendaba, todas las entrevistas (sobre todo reclamaciones y similares), con testigos y a puerta abierta.

Dejé en cuanto pude aquel centro infame: ni sus directivos ni sus familias merecían un segundo más de mi empeño.

"El docente le explicó con meticulosidad el historial académico, refrendado con lo que figura en la programación y en la consiguiente ley. El padre bufó"

Desde entonces recomiendo a todos mis compañeros que no se les ocurra entrevistarse sin testigos ni a puerta cerrada con ningún padre ni estudiante. La calumnia, que como musica el gran Rossini en el aria de Il barbiere di Siviglia llamada, precisamente, la calunnia, comienza infiltrándose en los oídos de la gente como una brisilla inofensiva y acaba estallando como un cañonazo que degenera en un terremoto, en una tempestad.

Todos los finales de curso, al menos en los niveles de 2º de Bachillerato y 4º de ESO, muchos de los profesionales de la educación sufrimos acosos de familias que quieren conseguir con subterfugios, coacciones y chantajes emocionales lo que sus hijos no fueron capaces de alcanzar con su esfuerzo a lo largo del curso.

Para muestra, varios botones: a un allegado (al que le advertí de recibir al furibundo padre con su director y jefes de estudios presentes) el progenitor le acudió hecho un mihura porque a su niña sólo le quedaba su materia. El docente le explicó con meticulosidad el historial académico, refrendado con lo que figura en la programación y en la consiguiente ley. El padre bufó. El director le respondió que ellos eran profesionales y que tenían que aplicar la legislación.

—¿Profesionales? —escupió con desprecio el caballerete.— Profesional soy yo, que llevo p’alante una empresa. Vosotros sois unos cantamañanas.

Mi allegado, que ya venía escocido porque el día antes ese padre lo había telefoneado de malos modos y varios alumnos le habían llorado y presionado desolados para que los aprobara, aun sabiendo que sus suspensos eran justos, apretó los puños y se contuvo. “Es lo que te espera, al menos, en los siguientes 35 años. Es lo que hay si quieres ser un profesional íntegro y honesto. Bienvenido al tormento”.

"Desde la pandemia se han multiplicado exponencialmente los problemas psicológicos entre el alumnado, pero también entre el profesorado"

En una comunidad vecina una madre (para más inri directora en otro centro público) acudió a un instituto para que le subieran la nota a la niña. La profesora intentó mantenerse firme. La reclamante, sin ningún atisbo de rubor, le dijo que la nota o se la cambiaba la docente o la inspectora, que era amiga suya. Ya encontrarían el modo. Sin ningún rubor, sin despeinarse siquiera estaba forzando a una colega a prevaricar reconociendo incluso que acudiría a su amiga inspectora si su exigencia no se cumplía. La profesora, acongojada por una experiencia negativa previa ante la que se había visto desamparada por sus directivos y ante las amenazas de la reclamante, decidió cambiar la calificación. Lo cual generó un conflicto con los otros miembros del Departamento que estaban por defender el baluarte y denunciar a la madre. Mas la docente, entre lágrimas y totalmente exhausta, confesó que no se sentía con fuerzas para afrontar una presión tal.

Lo más infamante, no obstante, que he contemplado ha sido en mi último curso en ejercicio. A una colega a la que he visto batirse como una paladín en las aulas, con una profesionalidad y un trato exquisito con sus discípulos, una progenitora (para escarnio nuestro, también profesora, en otro centro), al ver que no aprobaba a su hija, le espetó que debía cargar sobre su conciencia el posible suicidio de su niña. A mi compañera se le subió el alma a la garganta. Desde la pandemia se han multiplicado exponencialmente los problemas psicológicos entre el alumnado, pero también entre el profesorado. Presionar de manera tan ruín la desarmó, mas se mantuvo firme: no pensaba prevaricar.

A lo largo y ancho de la geografía patria situaciones como las que aquí he relatado estoy seguro de que se han repetido, algunas mucho más graves. Esta sociedad abotargada ha perdido el respeto por la educación y el esfuerzo y por quienes velan por ellos.

"El respeto al maestro no va con muchos de nuestros conciudadanos. Les ofende. Incluso la existencia de estos colectivos "

Si a nadie se le ocurre cuestionar a un fontanero la llave que usa para atornillar el grifo que nos está cambiando, o amonestar al albañil por coger la paleta de una manera u otra cuando echa cemento en el muro que le hemos encargado, o discutirle al de taller la marca del embudo que usa para cambiarnos el aceite del coche, todos se consideran profesores in pectore. Son capaces de discutir cómo explica las integrales o cómo las examina el de matemáticas, cuando no saben hacer una suma de dos cifras sin calculadora. Osan poner en duda cómo ha explicado y evaluado el de lengua la Casa de Bernarda Alba, mientras que ellos sólo han leído los prospectos del champú que tienen al lado del inodoro.

El respeto al maestro (pero también al médico, al enfermero, al policía, al guardia civil y a todo lo que suene a funcionario o autoridad) no va con muchos de nuestros conciudadanos. Les ofende. Incluso la existencia de estos colectivos (excepto cuando las cosas se ponen jodías y los otros los sacan del fango).

Si a esto le añadimos lo que mi Maestro llamaba la maldición del Lazarillo, la perpetuación de la picaresca y la hipocresía social para cosechar aunque sea de manera ilícita aquello que no hemos merecido, tenemos un retrato desolador de la sociedad actual. Muchas familias quieren lograr con cualquier medio, incluso con chantajes, casi nunca económicos (a mi admirada compañera en Galicia Luisa un armador le ofreció un millón de pesetas hace 35 años por aprobar a su criatura, oferta de la que mi colega se mofó: si hubiera sido al menos un apartamento en las Rías Baixas…), las más veces emocionales. Un profesional que se precie, sobre cuyos hombros descansa el futuro de una nación, que intenta cumplir en derechura, con integridad, honestidad y espíritu de servicio no podemos consentir que sea pasto de chantajistas, de carroñeros que quieren obtener de manera torticera y farfullera lo que han sido incapaces de lograr en justa lid.

En un país que hoza en el albañal moral de la corrupción y deshonestidad generalizadas en todas las instancias sólo los que se dejan la piel por mantenerse probos e íntegros deberían ser faro en el que se mirara toda la ciudadanía. En ellos reside la última esperanza.

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