Algo evidentemente fundamental de todos mis primeros veranos, aquellos que definieron qué es el verano para mi, era que no había colegio. No me perseguía un juicio final; no estaba obligado a rendir cuentas. En verano experimentaba la más simple y pura libertad de vivir.
Quizá venga de ahí que, en vacaciones, me guste escribir sin grandes elocuencias, opiniones o reflexiones, sin grandes y pesados argumentarios detrás. Escribir ligero. Escribir como leía cuando no había colegio ni deberes de lectura.
Fue con esta, nada menor, aspiración que nacieron Las crónicas de John F. Reed.
I
“Nunca supe de números y, sin embargo, me gusta la mantequilla”, cantaba el verso en boca de un chico delgado en la radio del saloncito.
En mi infancia los niños no éramos niños, pero los adultos, sin duda, eran adultos. Recuerdo a la señora Scully diciéndonos prácticamente cada tarde: “Niños, salid de la casa. Id a la calle, anda, que aun sois niños”. En la calle no había otra cosa que hacer que ser niños. Supongo que éramos niños por eso: estábamos en la calle.
Desde la calle podías escuchar la radio de cualquier casa de la zona; solo tenías que acercarte un poco. Aquel verano nos hartamos de oír aquello de la mantequilla. No nos gustaba, pero en casa de la familia Limbaugh sí, y nos daba igual la mantequilla si a cambio podíamos saludar a Anneliesse. Muchos lo pronunciaban mal; yo no.
Mi hermano pequeño, Michael, y yo practicábamos en el cuarto por la noche. Usábamos el espejo del baño del pasillo. Un día se nos cayó llevándolo al cuarto, así que empezamos a subir el del baño de abajo. “Hola, Anneliesse”, “Buenas tardes, Anneliesse”, “¿Te casas conmigo, Anneliesse?”. Practicábamos muchas frases, aunque, en realidad, solo yo usaba algunas. Michael nunca había visto a Anneliesse, pero le gustaba mucho practicar.
II
Íbamos en un viejo Lincoln y conducía el padre de Peter Bellamy. Los seis estábamos sentados en el asiento de atrás porque el padre de Peter usaba el del copiloto para dejar la ceniza del cigarro cuando ya avisaba la caída.
Siempre llevaba gafas, pero nunca se las vi puestas. Las llevaba en el bolsillo de la camisa. En aquella época, yo estaba convencido de que tenía problemas de vista. La señora Bellamy era, sin duda, la señora más fea del barrio y Peter lo sabía, pero su padre no.
Peter nos contaba que su padre creía que Ava Gardner era fea, por eso yo pensaba que tenía problemas de vista, no por las gafas. Años después, recogiendo hojas en el jardín de los Bellamy con Peter y su padre, descubrí que no sabían quién era Ava Gardner. El día anterior habían visto Un gánster para un milagro y el padre de Peter no paraba de repetir datos inventados sobre la película y sobre Ava Gardner: «¿Sabías que en la vida real Ava Gardner no vendía manzanas, John? Le enseñó Frank Capra específicamente para la película», «Ava Gardner, en realidad, se llamaba Ada, pero no sabía escribir bien y, en su primer contrato, escribió sin darse cuenta “Ava”», «Peter, tu abuelo quería llamarme Rebecca por el papel de Ava en la peli de Hitchcock, pero al final se echó atrás; supongo que de bebé ya se me notaba que iba a ser un hombre».
Ayer llamó la mujer de Peter a casa; yo no estaba, pero le dijo a mi mujer que el padre de Peter había muerto el viernes pasado y que el funeral sería mañana en la iglesia baptista del barrio a las siete de la tarde. Creo que a Peter le gustaría que fuese, de modo que cogeremos el tren en Penn Station mañana por la mañana. Espero que los niños se porten bien. El padre de Peter, sin duda, era un gran tipo.
III
“Re, mi, re, si, do, re, do, la”. No importaba qué día de la semana fuera ni la temperatura que hiciese. Aquel otoño, Bob Beamon dio una gran sorpresa en forma de 55 cm de salto y mi primo Louis y su violín me la arruinaron.
Aquel octubre, Bob Beamon saltó 8,90 m para establecer un nuevo récord mundial y ganar el oro olímpico en salto de longitud. Debió de ser algo increíble de ver y la sensación en directo no dejaría a nadie indiferente. La verdad es que yo no lo sabré nunca, porque no lo vi. Aquel salto se vivía en los salones de todas las casas de todas las calles del barrio, menos en el mío. En el salón de mi casa asistíamos a un concierto de mi primo Louis.
El lunes anterior Michael, mi hermana Laura, que contaba tres meses por entonces, y yo veíamos a Jim Hines bajar de los diez segundos en los cien metros al ritmo que nos marcaba nuestro primo Louis. Louis nos permitió ver la prueba, pero no se movió del salón para practicar La Gavotte. De modo que no vimos una carrera, sino que pudimos observar a un grupo de hombres bailar La Gavotte en la pista de atletismo a un ritmo desenfrenado, siempre hacia adelante.
“Mi primo Louis es un imbécil”, era todo lo que les decía a mis compañeros de clase desde el lunes. Hacía un par de horas que habíamos comido; mi primo Louis tenía doce años y estaba en casa porque su padre había caído enfermo y su madre se pasaba los días en el hospital. Nunca sabré cuántas pruebas de las olimpiadas me perdí aquellos días por culpa de aquel estúpido violín, pero estoy seguro de que hubo más episodios históricos del deporte a los que no asistí solo por respetar el arte de mi primo. Michael se refería a él como “Violuis”; aquello no era gracioso, pero Michael era así. Lo repetía para, a continuación, salir corriendo entre risas.
Louis nos reunió y nos tocó aquella estúpida pieza, La Gavotte, la tarde del viernes, la tarde en que Bob Beamon estaba llamado a alzarse con el oro después de dominar la prueba durante lo que parecía toda una vida. Louis la tocó tres veces ante los reclamos de mi padre, quien nunca supo que los Juegos Olímpicos caen siempre en año par. Cuando todo acabó, hacía rato que Beamon había saltado y, como era de esperar, había ganado, pero aún no habían dado la medida exacta. El lunes siguiente tuve que explicar a mis compañeros que yo no había visto el salto, pero que sabía qué aspecto tenían los que dieron con su longitud. Fue bastante poético ver cómo medían aquel acto sobrenatural sin haber visto el acto en sí mismo. Yo observaba las marcas de su cuerpo aún presentes en la arena e intentaba imaginarme la carrera previa al salto. “La batida sobre la tabla debió de haber sido salvaje”, me decía.
A los dos meses, mi tío Charlton salía del hospital en una silla de ruedas que empujaba mi tía Emma. Jamás volvió a andar.


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