La Odisea es al mismo tiempo la culminación y un punto y seguido en la carrera del Christopher Nolan que se adentró en las profundidades del blockbuster contemporáneo con su trilogía de El Caballero Oscuro. Culminación por la naturaleza fundacional de la obra épica de Homero, origen y raíz de todas las historias. Tras los abismos del subconsciente de Origen, el viaje más allá de las estrellas de Interestelar o los experimentos temporales de Tenet, el londinense se ha peleado con la ética de los símbolos, la naturaleza y percepción humana del tiempo o los horrores de la guerra a través de diferentes géneros, tratados siempre con ese característico aroma a thriller psicológico que le convierte en una figura tan petulante para unos como fascinante para otros. Y no parece que después del ambicioso film de la Antigua Grecia pueda existir algo más grande que filmar.
Pero una vez que el director ha montado su particular estructura, con una narración que alterna entre flashbacks que duran un pensamiento, líneas temporales que se entremezclan a través del diálogo y relatos idealizados de una realidad oscura, cuando en definitiva el espectador se ubica en cómo está siendo contado un cuento que no tiene una particular dificultad, el film comienza a ganar enteros y eficacia a raudales. La Odisea se centra, deja respirar las situaciones, e interna a sus protagonistas en una serie de pasajes que, por cierto, Nolan filma como si fuera su primera gran película de terror épica y pesadillesca.
Hay algo de Origen en ese tótem del broche de Atenea que Penélope (Anne Hathaway) regala a su marido, de Memento en los héroes traumados y descompuestos que huyen hacia delante, en ese desenlace donde el visionado de Interestelar —también sobre la relación de padres e hijos— cobra particular importancia y sentido. Pero, sobre todo, Nolan divierte cada vez que la tripulación desembarca en una isla mediterránea (filmada casi siempre como un abismo de la memoria de Irlanda del Norte) y se encuentra con distintas amenazas, tantas como formas y géneros de horror cinematográfico. Nolan aprovecha cada ubicación para convertirla en una suerte de planeta, siendo La Odisea una película tan Star Trek como la que protagonizó Matthew McConaughey, y se introduce en el body horror con el episodio de Circe, el body-count con monstruo de la cueva del Cíclope, el implacable avance de los gigantes blindados —donde el autor homenajea a sus paisanos Ridley Scott de Alien y John Boorman de Excalibur—. Y por qué no, ciertas secuencias marítimas (desde las sirenas, un segmento alucinantemente nuevo, a lo que ocurre tras el remolino de agua) podrían funcionar como guiño a Tiburón de Spielberg, componiendo una larga sección de la película perfectamente asimilable como una novela de aventuras por entregas antes de internarse en el “Juego de Tronos”.
Es una pena que el film incurra en momentos anticlimáticos o desaprovechados que delatan, quizá, recortes en la sala de edición para apresurar la acción y contener las tres horas del mismo. El mismo montaje que ha convertido el acoso con flechas en las puertas de Troya en una secuencia magnífica y tensa más tarde escamotea todo glamour romántico al regreso de Odiseo a Ítaca, convirtiendo ciertas secciones del mismo en una suerte de tráiler que apisona a los personajes y sus acciones. Nadie dudaba de que el film ofrecería las claves narrativas habituales de Nolan: su rápido desfile de personajes, nombres, tiempos y conceptos con una urgencia casi agresiva, confiando —como acostumbra— en que el desenlace termine por recolocar todas las piezas. Pero quizá su modus operandi haya llegado al tope, amenazando con convertirse en tópico.
Tanto da, porque La Odisea de Nolan absorbe al espectador desde casi el comienzo y ofrece imágenes de épica innegable, pese a tratarse también de uno de los films más oscuros y descreídos del director. El estrés postraumático del soldado, la verdad despojada de adornos de la guerra, pero también la naturaleza y necesidad del mito para otorgar sentido a la realidad, y sí, la relación de un hombre con sus dioses (y consigo mismo) son los grandes temas de una gargantuesca cinta de aventuras con demasiados puntos inquietantes y siniestros para resultar solamente épica. Nolan, sin embargo, siempre deja abierta la puerta a la esperanza, a la reconstrucción, al necesario resurgimiento tras el castigo, aunque el plano final del film deje tantos interrogantes angustiantes como necesidad de más.




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