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Hotel Savoy, de Joseph Roth

Hotel Savoy, de Joseph Roth

Tras años en un campo de prisioneros en Siberia, un hombre llega a una ciudad del Este europeo y se hospeda provisionalmente en el Hotel Savoy, un imponente edificio de siete plantas donde se hacinan exiliados, artistas fracasados, antiguos soldados, comerciantes arruinados y soñadores sin patria. 

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Hotel Savoy (Alianza), de Joseph Roth.

***

PRIMER LIBRO

Uno

Llego al Hotel Savoy a las diez de la mañana. Había decidido pasar allí unos días o una semana de descanso. En esta ciudad viven mis parientes; mis padres eran judíos rusos. Quiero conseguir recursos económicos para continuar mi viaje hacia el oeste.

Vuelvo después de estar tres años preso, he vivido en un campo de prisioneros en Siberia y he recorrido los pueblos y ciudades de Rusia como obrero, jornalero, vigilante nocturno, mozo de estación y ayudante de panadero.

Llevo un blusón ruso que alguien me regaló, un pantalón corto heredado de un camarada muerto y unas botas que aún están bastante bien, de cuya procedencia no me acuerdo ni yo mismo.

Por primera vez en cinco años, me encuentro de nuevo ante las puertas de Europa.

El Hotel Savoy se me antoja más europeo que ningún otro alojamiento del este, con sus siete plantas, su blasón dorado y su portero con librea. Promete agua, jabón, cuarto de baño inglés, ascensor, camareras de piso con cofia blanca, coquetos y relucientes orinales que salen como sorpresa encantadora de un armarito de madera marrón; bombillas eléctricas que florecen en el interior de sus pantallas, cálices rosas y verdes; timbres estridentes que obedecen a la presión de un pulgar; camas con colchones de plumón, mullidísimas y felizmente dispuestas a acoger el cuerpo.

Me alegra volver a quitarme de encima una vida pasada, como tantas veces ya en los últimos años. Veo al soldado, al asesino, al que no asesinaron por poco, al resucitado, al prisionero, al vagabundo.

Intuyo la neblina de la mañana, oigo el redoble de los tambores de la compañía de soldados en el tintineo del piso más alto; atisbo a un hombre en mangas de camisa blanca, los movimientos mecánicos de los soldados, un claro del bosque que el rocío llena de brillo; caigo sobre la hierba ante un «supuesto enemigo» y me invade el deseo imperioso de quedarme allí tumbado, para siempre, sobre la hierba aterciopelada que acaricia la nariz.

Oigo el silencio de la sala del hospital, el silencio blanco. Me levanto una mañana de verano, oigo los vigorosos trinos de las alondras, paladeo el cacao y el panecillo con mantequilla del desayuno y el olor a yodoformo de la «dieta blanda».

Vivo en un mundo blanco de cielo y nieve, la tierra está plagada de barracones, como lepra amarilla. Noto el sabor dulce de la última calada a una colilla robada del suelo, leo la página de anuncios por palabras de un periódico de mi tierra antiquísimo en el que puedo repetir nombres de calles conocidas, reconocer los nombres de aquellos comercios que vendían de todo, el portero de un edificio, una tal Agnes, una rubia con la que me acosté.

Oigo la deliciosa lluvia durante una noche en vela, los carámbanos de hielo derritiéndose en secreto bajo el sonriente sol recién salido, aprieto los soberbios pechos de una mujer con la que me he cruzado por el camino y he llevado al musgo a tumbarse conmigo, la espléndida blancura de sus muslos. Duermo un sueño comatoso en el suelo de paja, en el cobertizo. Recorro campos preparados para la siembra y mis oídos siguen el débil canto de una balalaika.

Cuántas cosas puede uno absorber en su interior sin que lo refleje el cuerpo, los andares y las maneras. Cómo es posible beber de millones de copas sin saciarse jamás, brillar como un arcoíris que tuviera todos los colores del mundo y, con todo, no dejar de ser nunca un arcoíris con la misma escala de colores.

En el Hotel Savoy podía yo llegar sin más que una camisa y marcharme con un ajuar de veinte maletas… y seguir siendo Gabriel Dan. Quizá fuera tomar conciencia de esto lo que me dio tal seguridad en mí mismo, lo que me hizo ser tan orgulloso y prepotente que el portero me recibe con una reverencia, a mí, al pobre caminante del blusón ruso, y un botones me espera muy diligente, aunque no traigo equipaje alguno.

Un ascensor me acoge, un ascensor con paredes de espejo; el mozo, un hombre de cierta edad, maneja el cable entre los puños, la caja sube, voy por los aires… y tengo la sensación de que aún fuese a volar hacia las alturas durante un buen rato. Disfruto del vuelo, calculo cuántos escalones me tocaría subir con harto esfuerzo si no viajara sentado en ese ascensor de lujo, y desde allá arriba suelto la amargura, la pobreza, el vagabundaje, el hambre y el pasado de mendigo sin patria, ¡que caiga todo hasta un fondo bien profundo desde donde no pueda volver a alcanzarme nunca!

Mi habitación –me han dado una de las más baratas– está en la sexta planta y es la número 703. El número me gusta –soy supersticioso con los números–, el cero en el medio es como una señora flanqueada por un caballero mayor y otro más joven. La cama tiene una colcha amarilla; gracias a Dios que no es gris, que podría recordar al ejército. Doy al interruptor de la luz varias veces, abro la puerta de la mesilla de noche, el colchón cede a la presión de la mano y los muelles le devuelven la forma, hay una frasca de agua que centellea, la ventana da a varios patios de luces con ropa tendida que flamea en alegres colores, niños que chillan y gallinas correteando de acá para allá.

Me lavo y me meto en la cama lentamente, disfrutando al máximo cada segundo. Abro la ventana, las gallinas parlotean con alegre estrépito, es como una nana dulce.

Paso el día entero durmiendo sin soñar.

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Autor: Joseph Roth. Título: Hotel Savoy. Traducción: Isabel García Adánez. Editorial: Alianza. Venta: Todos tus libros.

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