Este artículo se publica el último lunes de cada mes, así que si lo estás leyendo es que es 27 de julio, o más tarde, agosto tal vez. Tiempo de parar, de descansar, así que en Sopa de libros vamos a hablar de libros que se preguntan si es posible parar, si es posible vivir de una forma diferente, si la sociedad nos permite parar, o si somos nosotros mismos los que somos incapaces, y si hasta el ocio, como contaba Azahara Alonso en Gozo (Siruela), nos lo planteamos como un trabajo más, con su planificación, su despertador, sus objetivos que cumplir y sus resultados, verificables en Instagram, por supuesto.
La buena suerte, de Rosa Montero, cuenta la historia de un hombre, arquitecto de éxito, con un hijo muy tóxico, una relación de pareja aburrida y un estudio lleno de proyectos, que ve, en un viaje en tren, un cartel de “Se vende” en una casa frente al apeadero de un pueblo miserable en medio de la nada, y decide comprarlo y quedarse allí a vivir, romper con todo. Tan sencillo y tan complicado como eso. En realidad, esta no es una decisión, un afán de parar, de cambiar de vida, sino que es una huida, la manera que encuentra de decir basta y desaparecer.
Pensó vagamente en comprarse una vida. Un colchón, una toalla. Un cazo, una cuchara. Un tenedor sin duda, las latas a dedo habían sido un asco. Algo de ropa. No quería usar las tarjetas de crédito para que no le localizaran. Sólo tenía cuatrocientos setenta y seis euros y, por fortuna, novecientas cuarenta libras de su último viaje a Londres, que había olvidado guardar y aún llevaba en el maletín.
Pero claro, su entorno no se lo va a permitir. Ni sus problemas, que le van a perseguir hasta Pozonegro, ese poblacho cerca de Málaga, donde ha ido a parar, y donde no hay más que un supermercado. Allí se pone a trabajar de reponedor, incluso, y allí conoce a Raluca, ese personajazo creado por Rosa Montero, que ha tenido una vida bastante perra, que fue abandonada por su madre, que ha tenido que emigrar, buscarse siempre la vida, que perdió un ojo en una paliza que le pegó su novio y que, sin embargo, piensa que tiene muy buena suerte. Esa es la clave.
Yo es que siempre he tenido muy buena suerte, ¿sabes? Y menos mal que soy así de afortunada, porque, si no, con la vida que he tenido, no sé qué hubiera sido de mí.
Porque, aunque es verdad que la sociedad no nos permite parar, también lo es que la solución está dentro de nosotros. La buena suerte nos cuenta que a veces es bueno replanteárselo todo, que aunque la solución no sea esconderse en un pueblo miserable en una horrenda casa frente a un apeadero, cuando sales del círculo que te mantiene siempre en movimiento, como la rueda de un hámster, encuentras soluciones, nuevas formas de ver la vida, una forma de cambiar y de parar, de alguna forma. Así que sí, es posible.
El segundo libro es Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Si La buena suerte nos contaba una parada total, Bartleby, el escribiente podría ser la representación del que decide parar, primero, en el mundo laboral. Hay algo de las nuevas generaciones que les conecta con Bartleby. Cuando yo empecé a trabajar no me hacía jornadas de 18 horas y ni me planteaba que aquello era una forma de esclavismo, porque me habían contado que eso era lo que había que hacer. Las nuevas generaciones son más capaces de parar. De decir no. De planteárselo. De hecho, Bartleby se convirtió en el símbolo del movimiento Occupy Wall Street. El filósofo esloveno Slavoj Žižek propuso “Preferiría no hacerlo” como lema oficial del movimiento. La fórmula “I would prefer not to” se imprimió en camisetas y carteles: el estado catatónico de Bartleby fue la inspiración para llevar a cabo acciones de resistencia. El escribiente representaba, para ellos, la punta de lanza de todas las personas que viven el drama de repetir de forma compulsiva una actividad indeseada y carente de sentido.
Pero, aunque es de sobra conocida, contemos la historia: un escribiente entra a trabajar como copista en un despacho, y al principio es un hombre diligente, que hace bien su trabajo, aunque no se relaciona mucho con los demás. Es triste y solitario y tiende a quedarse ensimismado. Pero de pronto un día, cuando el dueño del despacho (y narrador) le pide que haga una cosa, Bartleby se niega, con una frase que pasará a la historia de la literatura: “Preferiría no hacerlo”.
Imaginen mi sorpresa —mejor dicho, mi consternación— cuando, sin moverse de su rincón, Bartleby, con una voz particularmente suave pero firme, contestó: «Preferiría no hacerlo». Me senté un rato en absoluto silencio, recuperando mis aturdidos sentidos. Se me ocurrió de inmediato que quizá mis oídos me habían engañado o que Bartleby había malinterpretado completamente lo que había querido decir. Reiteré mi requerimiento con el tono más claro que pude adoptar. Pero la misma respuesta surgió casi con la misma claridad: «Preferiría no hacerlo».
Bartleby decide un día dejar de trabajar, o más bien, decide hacer solo los trabajos que quiere, decide tomar sus decisiones, al margen de todos. Decide no hacer lo que no quiere. Hay miles de interpretaciones de esta novela corta. A mí me parece extraordinaria. Pero lo que nos preguntamos hoy es si se puede parar, y Bartleby lo hace. Pero lo lleva hasta sus últimas consecuencias. Porque tras dejar de trabajar decide quedarse a vivir en la oficina, y cuando el dueño le dice que se tiene que marchar, Bartleby le contesta que preferiría no hacerlo, claro, lo que también conecta a este personaje con el problema de la vivienda. Y cuando le sacan de allí y le llevan a la cárcel decide dejar de comer. ¿Es esta también una huida, como la del protagonista de La buena suerte? ¿O es más bien una decisión consciente, meditada, consecuente? Bartleby nos dice que es posible parar, que es posible ir contra las normas, contra la sociedad, contra el mundo laboral. Aunque nos cueste la vida.
El tercer libro que quiero traer a Sopa de letras es El cielo protector, de Paul Bowles. Aquí parar tiene que ver con alejarse, con viajar, y aunque también podríamos hablar de huir, esta es una huida con mucha clase. Nada de dejarse morir en una oficina, nada de pisos cutres en pueblos miserables. Los tres protagonistas de El cielo protector son tres viajeros (¡no son turistas, cuidado!), porque no saben cuando regresarán. Viajan con sus baúles a cuestas por el norte de África, seguramente en busca de sí mismos. Pero creo que son tres personas que deciden parar y salir de la rueda que nos impone esta sociedad y perderse por paisajes desconocidos.
Aun en sus breves períodos de vida sedentaria, y bien pocos habían sido desde su casamiento doce años atrás, le bastaba ver un mapa para ponerse a estudiarlo apasionadamente, y entonces, en la mayoría de los casos, empezaba a proyectar un nuevo viaje imposible pero que a veces llegaban a realizar. No se consideraba un turista; él era un viajero.
Tennessee Williams dijo de esta novela que es «una novela salvaje y aterradora, una alegoría del hombre y sus desiertos». Los personajes de El cielo protector están en permanente estado de tránsito, y huyen de una tristeza que siempre les persigue. Son viajeros que llevan sobre sus hombros el precio de su propio dolor y navegan entre dos mundos, el occidental, del que se muestran cansados, y el africano, que les fascina pero del que se sienten ajenos. Como dijo el propio Paul Bowles, la novela sucede en dos planos, el desierto africano exterior y el desierto interior de los protagonistas. El viaje, la huida, la búsqueda, se convierte en una deriva sin coordenadas geográficas, donde deja de existir lo material y se pasa esa línea invisible que da paso a lo espiritual.
—¿Sabes? —dijo Port, y su voz sonó irreal, como ocurre después de una larga pausa en un lugar perfectamente silencioso—, el cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás.
El cielo protector nos habla de la posibilidad de habitar otros mundos, pero también nos habla de la enfermedad mental, otro de los males de esta sociedad. La protagonista de El cielo protector, Kit, termina quedándose sola tras la muerte, en medio de la nada, de su marido. Entonces decide sumarse a una caravana de tuaregs que recorre el desierto. Pocas veces he visto una huida tan salvaje, tan radical, pocas veces he visto en un personaje ese afán por no seguir el camino que nos han marcado, que la sociedad considera correcto. El precio que paga Kit por esa decisión es tan alto que escapa a nuestra comprensión.
Llega el verano, el calor. Paramos, pero casi por obligación, y siempre nos espera septiembre. Tal vez sea septiembre el mes para parar, para plantearse otros mundos posibles, para decir que hasta aquí hemos llegado, cogerse una excedencia, viajar, buscar nuestro propio paraíso. La literatura está llena de viajes interiores. Hoy les hemos hablado de parar, sea en un pueblo y en una casa lamentables, donde encontrar de nuevo el amor y las ganas de vivir, como en La buena suerte, de Rosa Montero, sea deteniéndose frente a la presión del trabajo, de las exigencias de la sociedad, del alquiler y la angustia de sobrevivir, como en Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, sea alejándose de lo que no nos gusta y buscando otros mundos, aunque la sociedad no lo entienda, como en el El cielo protector, de Paul Bowles.
Hay que parar. Aunque sea para volver a empezar.


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