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Libros (no tan) infantiles

Este mes en Sopa de libros vamos a hablar de libros clásicos que tradicionalmente se han asociado a lecturas para niños, pero que no lo son tanto, porque encierran historias complejas, llenas de matices y de sombras, a veces. El primero es Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi, el segundo es Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, y el tercero El Mago de Oz, de Frank Baum.

Las aventuras de Pinocho es una novela de aprendizaje. Pinocho empieza siendo tan solo un trozo de madera que un carpintero empieza a tallar hasta convertirlo en una marioneta con forma de niño. Pero desde que tiene boca, Pinocho no hace más que reírse de él, desde que tiene brazos no hace más que molestarle, y en cuanto tiene piernas huye de casa. Pinocho es indisciplinado y trata mal a todo el mundo a su alrededor. La escena en la que descubre al grillo que le dice la verdad y le regaña es brutal: “Al oír estas últimas palabras, Pinocho saltó colérico y, tras coger del banco un martillo de madera, lo arrojó contra el Grillo Parlante. Quizá ni siquiera creía que acertaría; pero desgraciadamente le dio de lleno en la cabeza, hasta el punto de que el pobre grillo apenas tuvo el aliento de hacer cri, cri, cri, y luego se quedó allí muerto y pegado a la pared”.

Pero al final Geppetto le convence para ir a la escuela y Pinocho sale de casa tan contento. Y a partir de ahí no hace más que tomar malas decisiones. No va al colegio y se va encontrando personajes que le van engañando.

Las aventuras de Pinocho es una novela muy inquietante, llena de personajes malvados que parecen buenos pero que el lector sabe que en cualquier momento harán una maldad, desde Comefuego, el marionetista, o la zorra y el gato, que no dudan en apuñalar a Pinocho y luego ahorcarle.

Carlo Collodi concibió cada capítulo para la publicación en un periódico, de tal forma que se mantuviera el interés de los lectores por el extraño destino de un trozo «vivo» de madera que se convierte en una marioneta. Y lo consiguió a través de la ironía y el suspense. Sin caer en lo predecible, cada episodio empieza con una situación extraña que arrastra a Pinocho hacia la tragedia y que roza el ridículo al mismo tiempo.

"Collodi creó un mundo de cuento de hadas extraño que recordaba en cierto modo a la Toscana, pero que cambiaba de forma sin cesar, en el que cualquier cosa era posible"

Collodi creó un mundo de cuento de hadas extraño que recordaba en cierto modo a la Toscana, pero que cambiaba de forma sin cesar, en el que cualquier cosa era posible. No tenía planeado dejar que Pinocho creciera. De hecho, había intentado terminar la serie cuando el protagonista acaba colgado de la rama de un roble, muerto. Incluso llevaba impresa la palabra «finale» al final del episodio. Pero cuando apareció la entrega del 10 de noviembre de 1881, recibió tal alud de quejas por parte de los lectores, tanto de jóvenes como de adultos, que Collodi se vio forzado a retomar las aventuras de Pinocho.

Y ahí es donde el libro cambia, porque desde ese momento el autor se dedica a «educar» a su protagonista de madera a pesar de la perspectiva pesimista inicial. A partir de ese capítulo todo es más fantástico, pero empieza el aprendizaje de Pinocho y el personaje adquiere la dignidad humana. Entiende de qué modo sus actos afectan a la gente que lo rodea y, al mismo tiempo, a su entorno. Comprende que el amor no significa autocomplacencia narcisista, sino el placer profundo de darse a los demás.

"Las aventuras de Pinocho es una novela que merece la pena leerse en la madurez, porque es divertida, emocionante, a ratos durísima"

Collodi hizo evolucionar la marioneta a muchos niveles, con el firme propósito de entender y preguntarse qué significa «civilizar» a un niño. Pero Las aventuras de Pinocho también es un ejemplo completo de lo que implicaba para un niño pobre crecer en la sociedad italiana del siglo XIX.

Y la gran pregunta es si merece la pena volverse «civilizado». Es lo que Mark Twain se preguntaba en la misma época, cuando escribió Las aventuras de Huckleberry Finn, en 1884, pues de algún modo su protagonista es la versión americana de Pinocho, porque los dos chicos se ven expuestos con brutalidad a la hipocresía de la sociedad, y además les obligan a adaptarse a los valores y normas que en un principio les llevarán a triunfar. Eso sí, Huck acabará rechazando la civilización, mientras que Pinocho hace las paces con la ley y el orden.

Las aventuras de Pinocho es una novela que merece la pena leerse en la madurez, porque es divertida, emocionante, a ratos durísima, y tiene un final extraordinario.

El segundo libro del que quiero hablar es Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. Es otro libro muy inquietante, maravillosamente escrito, vertiginoso y divertido. Es ese tipo de libros que has leído mil veces pero que cuando te pones con él (de nuevo o por primera vez) sabes que vas a disfrutar cada una de sus palabras. Una delicia. Y una locura también.

"De pronto, un conejo blanco de ojos rosados pasa velozmente a su lado diciendo que va a llegar tarde. Saca un reloj del bol­sillo del chaleco, lo mira y acelera el paso"

Lewis Carroll es el pseudónimo de Charles Lutwidge Dodgson, que nació en Cheshire (como el gato) en 1832 y murió en Surrey, Reino Unido, en 1898. Incluso su seudónimo era un juego de palabras. Transformó Charles Lutwidge en Ludovic Carolus y de allí emergió Lewis Carroll. Era profesor de matemáticas en Oxford y diácono de la Iglesia Anglicana. Tímido y reservado, un apasionado de la fotografía, los juegos matemáticos, la experimentación con el lenguaje y los niños, escribió tratados de matemáticas, poemas, artículos, relatos y novelas.

Publicó Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas en 1865. El origen fue un cuento que le contó a Alice Liddell y a sus hermanas en el curso de un paseo en barca por el Támesis el 4 de julio de 1862. La primera versión se llamó Las aventuras subterráneas de Alicia. Alice era hija del decano del college de Oxford donde Carroll era profesor de matemáticas. De hecho, en Oxford, cada 4 de julio se celebra el Día de Alicia para celebrar la creación de esta obra maestra.

Así empieza: “Alicia empezaba a estar harta de seguir tanto rato sen­tada en la orilla, junto a su hermana, sin hacer nada: una o dos veces se había asomado al libro que su her­mana estaba leyendo, pero no tenía ilustraciones ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro —pensó Alicia— si no tiene ilustraciones ni diálogos?»”.

"Hay una cosa maravillosa que tiene Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, y es que no tiene moraleja"

De pronto, un conejo blanco de ojos rosados pasa velozmente a su lado diciendo que va a llegar tarde. Saca un reloj del bol­sillo del chaleco, lo mira y acelera el paso. Y ahí empieza todo, porque Alicia corre tras él y ve cómo se cuela por una gran madriguera que hay bajo un seto. La niña se mete sin dudarlo, pero la madriguera es como un túnel que de repente se hunde, y Alicia cae, por lo que parece ser un pozo muy profundo.

Gran parte de la historia arranca con procesos que divierten a los niños: caer por toboganes sin fin, correr, esconderse, romper cosas, hacer preguntas. Pero hay una cosa maravillosa que tiene Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, y es que no tiene moraleja. Transmite una sensación de anarquía que le encanta a los niños (y a los mayores) y, lo que es más importante, no da lecciones. Tal vez por eso tiene tantas interpretaciones, que van desde el surrealismo hasta los defensores del consumo de LSD. Y es que, de hecho, Alicia siempre come cosas para transformarse. De las primeras cosas que le pasan a Alicia es que no puede entrar por una puerta para llegar a un jardín maravilloso y bebe un líquido que encuentra encima de una mesa, en una botellita. Entonces empieza a menguar hasta convertirse en una personita de veinticinco centímetros, y luego llora hasta que descubre una galleta que se come y entonces empieza a crecer. A crecer mucho. Y poco después dice que «la regla es que, coma lo que coma o beba lo que beba, ocurre algo interesante». Y claro, lo que devuelve a Alicia a su tamaño es una seta.

Alicia va avanzando y pasando fases. De la casita pasa al lago, de ahí al Dodo, de ahí a la lagartija, la Oruga, el Lacayo Pez, la Duquesa, el gato de Cheshire, la Liebre de Marzo o el Sombrerero, y todos tienen la obsesión de obligar a Alicia a que se comporte de forma racional cuando todos ellos están locos, lo que es una estupenda reflexión sobre hacerse adulto.

Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas está lleno de juegos y de diálogos surrealistas (por decir algo). En todo caso, extraños, divertidos, ingeniosos.

—Minino de Cheshire —empezó más bien con timi­dez, pues no estaba segura si le gustaría el nombre; pero el gato se mostró aún más risueño. «¡Vaya! —pensó Alicia—. De momento parece satisfe­cho», y prosiguió: —¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de to­mar para salir de aquí?

—Depende mucho del punto adonde quieras ir —con­testó el Gato.

—Me da casi igual adónde —dijo Alicia.

—Entonces no importa qué camino sigas —dijo el Gato.

—… siempre que llegue a alguna parte —añadió Alicia, a modo de explicación.

—¡Ah!, seguro que lo consigues —dijo el Gato—, si andas lo suficiente.

Y al fin Alicia llega hasta el jardín de la Reina de Corazones, donde asiste a un peculiar partido de croquet y donde aparecen casi todos los personajes que se ha ido encontrando. Es la escena más onírica, en mi opinión, y todo termina con un gran juicio en el que la reina grita, como siempre, “¡que le corten la cabeza!”, y el rey no hace más que caer en contradicciones, hasta que Alicia decide no colaborar y entonces todo el mazo de cartas (que son los soldados) se echan encima de ella, y en ese momento Alicia se despierta con la cabeza en el regazo de su hermana, y le dice que ha tenido un sueño y le cuenta todas sus aventuras. Y entonces es su hermana la que dormita y ve el País de las Maravillas y piensa que todo acabará cuando despierte, y la novela termina imaginando a Alicia en el futuro, convertida en mujer, y cómo recordará ese sueño y se lo contará a sus hijos, y así recordará también su propia infancia y los felices días del verano.

El tercer libro del que vamos a hablar es El Mago de Oz, de Frank Baum. Lyman Frank Baum nació en Nueva York el 15 de mayo de 1856. Fue un autor extraordinario de cuentos, novelas y obras de teatro. El éxito comercial le llegó con El Mago de Oz, publicada en 1900. Escribió una serie de 14 novelas sobre Oz, hasta su muerte, en mayo de 1919. Y creó con ellas un mundo utópico de una profundidad extraordinaria, opuesto a la sociedad estadounidense.

La historia la conocemos todos, aunque nos la han contado de una forma un poco diferente. Dorothy llega hasta un mundo mágico con un tornado y se va encontrando personajes. El espantapájaros se parece bastante a como es en la película, pero la historia del hombre de hojalata es terrible: “La endemoniada Bruja ordenó al hacha que me cortara la cabeza. Al principio creí que aquel sería mi final, pero el hojalatero acertó a pasar por allí y me hizo una nueva cabeza de hojalata. Pensé que había vencido definitivamente a la Malvada Bruja del Este, y me puse a trabajar con más ahínco que nunca. Pero poco imaginaba yo lo cruel que podía llegar a ser mi enemiga. Ideó una nueva manera de matar mi amor hacia la hermosa joven Munchkin e hizo que mi hacha resbalara otra vez, de forma que ahora me partió el cuerpo en dos. Nuevamente vino en mi ayuda el hojalatero y me fabricó un cuerpo de hojalata, al que sujetó mis brazos y mis piernas mediante articulaciones para que yo pudiera moverme como antes . Pero… ¡ay de mí! Ya no tenía corazón, de modo que no sentía cariño alguno hacia la muchacha y me resultaba indiferente casarme con ella o no”.

La novela está plagada de personajes al límite de la crueldad o que toman decisiones que no cabrían en la actualidad en libros considerados de niños. Y a mí me sigue apasionando el personaje del Mago de Oz, que ni es mago ni nada, es un tipo que ha llegado hasta ese mundo como Dorothy, de una forma rara, y se ha buscado la vida para sobrevivir. Y que termina yéndose con un globo intentando llegar a Arizona.

—Todos estabais equivocados —explicó humildemente aquel hombre menudo— . Estaba fingiendo.

—¿Fingiendo? —gritó Dorothy— . ¿Acaso no eres un Gran Brujo?

—¡Chitón, pequeña! —dijo el viejo—. No hables tan alto, que pueden oírte, y eso sería mi ruina. Todos creen que soy un poderoso mago.

—¿Y no lo eres? —inquirió la niña .

—En absoluto, querida . Soy un hombre normal y corriente.

—Eres más que eso —señaló el Espantapájaros—. ¡Eres un farsante!

Pero la verdadera intrahistoria de El Mago de Oz es la de su autor y el proyecto vital que fue escribir la serie completa. Lyman Frank Baum escribió casi cincuenta novelas, cerca de doscientos poemas, más de ochenta relatos cortos y muchísimos guiones, porque intentó (y consiguió) llevar sus obras al escenario y a la pantalla.

"Oz no tiene un sistema monetario unificado ni un sistema de intercambio de mercancías. Todo es gratuito en Oz, y el valor de la vida se organiza a través del regalo"

La creación de Oz nació de una visión tragicómica de Estados Unidos. Las novelas de Oz muestran que la gente puede convivir con los objetos y la naturaleza de una forma que ni era, ni es, la forma habitual de establecer y forjar afinidades para relacionarse en Estados Unidos. Oz sirve como contramodelo al crecimiento del intercambio de mercancías capitalista.

Oz no tiene un sistema monetario unificado ni un sistema de intercambio de mercancías. Todo es gratuito en Oz, y el valor de la vida se organiza a través del regalo, que lleva implícita la obligación de dar, aceptar y devolver. Los habitantes de Oz labraban la tierra y cultivaban grandes cosechas de cereales, que se dividen de forma equitativa entre toda la población para que todos tengan suficiente. Hay muchos sastres y modistas, y zapateros y otros artesanos, que fabrican prendas para que las usen todos los que lo deseen. Cada uno trabaja media jornada y juega la otra media, y la gente disfruta trabajando tanto como jugando, porque, dice Baum, es bueno estar ocupado, tener algo que hacer.

"La adaptación cinematográfica de El Mago de Oz la produjo la Metro en 1939 con Judy Garland. La película no tuvo mucho éxito al principio"

Los regalos no solo consisten en objetos materiales, sino también en cualidades espirituales y talentos. Todos los libros de Oz plantean esta importante cuestión como tema central: ¿cómo debe usarse el don de la magia en favor de la mayoría para que se pueda vivir en armonía y fomentar el respeto por las diferencias? ¿Cómo honrar el don de la magia para que se use de un modo adecuado? E ilustran cómo ese don puede fomentar la cohesión social y proporcionar a la gente un hogar de verdad.

El autor de Oz mantiene viva nuestra esperanza de que exista un país donde la pobreza y la codicia estén extinguidos.

La adaptación cinematográfica de El Mago de Oz la produjo la Metro en 1939 con Judy Garland. La película no tuvo mucho éxito al principio, pero en 1956 Oz regresó a la conciencia estadounidense al emitirse por televisión con un éxito extraordinario, seguido por millones de espectadores.

Es verdad que las tres novelas de las que hablamos hoy han sido adaptadas al cine por Hollywood, que nos ha devuelto productos edulcorados y planos, pero merece la pena leerse las novelas originales, porque son tres grandes novelas, que podemos leer a nuestros hijos, pero que encierran enseñanzas poderosas, tanto el aprendizaje y el camino hacia la dignidad de la marioneta rebelde en Las aventuras de Pinocho como la visión de la madurez de Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas o la sociedad utópica de El Mago de Oz. Libros para niños, o tal vez no.

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