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Profesores memorables

Este mes en Sopa de libros, como acaba de terminar el curso, vamos a hablar de profesores memorables en la literatura. Todos tenemos un profesor que nos marcó. Para mí fue Gerardo Velázquez Cueto, que despertó en mí la pasión por la literatura y al que jamás olvidaré. La literatura (como el cine) están llenos de profesores inolvidables. A mí me vienen a la cabeza tres profesores que aparecen en tres grandes libros que hemos contado en Un libro una hora: la primera es Gabriela, la maestra de una novela que es una joya que todo el mundo debería leer: Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa; el segundo es el gran Chips, un profesor muy particular, que contó en un clásico de la literatura del siglo XX James Hilton en Adiós, señor Chips; el tercero es mi admirado Stoner, de John Williams.

Vamos a empezar con Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa (Alfaguara). Esta es una novela absolutamente impresionante. Cuenta la historia de una mujer que en los años 20 del siglo XX se convierte en maestra y que recorre varias escuelas rurales. Nos habla de la experiencia como maestra en la España de esa época, pero también nos cuenta lo que era ser mujer entonces. El recorrido es brutal, desde las escuelas en donde los niños de todas las edades se mezclan en una misma clase, donde cuando llega la vendimia desparecen casi todos porque van a trabajar, donde no existen los mínimos medios y donde la iglesia impone su poder.

"La historia es ficticia, pero todo lo que sucede en ella es real, es un testimonio histórico"

La propia Josefina Aldecoa definió lo que pretendía con la novela, publicada en 1990: “Este libro lo escribí para regalárselo a mi madre, porque siempre me contó muchas historias cuando yo era pequeña, me hablaba de situaciones que ella, como maestra, había vivido. Basándome en todos esos recuerdos y también en los de mi infancia, escribí Historia de una maestra, que es un homenaje a mi madre y a los maestros de la República, a su esfuerzo y dedicación en unos momentos de nuestra historia en los que su sacrificio estaba justificado por la necesidad de salvar al país educándolo, pues tal fue el mandato que recibieron. La historia es ficticia, pero todo lo que sucede en ella es real, es un testimonio histórico que sirve además para conocer las durísimas condiciones de trabajo de los maestros rurales y el papel tan importante que desempeñaron haciendo gala de una constante muestra de vocación”.

Las reflexiones sobre el hecho de enseñar son muy valiosas, sobre el papel del maestro y sobre la vocación.

“Nunca he vuelto a sentir con mayor intensidad el valor de lo que estaba haciendo. Era consciente de que podía llenar mi vida sólo con mi escuela. Cerraba la puerta tras de mí al entrar en ella cada día. Y las miradas de los niños, las sonrisas, la atención contenida, la avidez que mostraban por los nuevos descubrimientos que juntos íbamos a hacer me trastornaban, me embriagaban. […] Yo me decía: “No puede existir dedicación más hermosa que ésta”. […] Tenía que pasar mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños valía más que todo lo que ellos recibían de mí”.

"Cuando vuelve a España, por una enfermedad, Gabriela decide ir a dar clase a un pueblo minero"

Pero es que encima, la protagonista, cuando tiene que elegir destino se va a Guinea Ecuatorial a dar clases. Así que también conocemos, en Historia de una maestra, el colonialismo, el racismo, y el papel de la mujer en un país en el que casi ni te podías relacionar con los locales a riesgo de que empezaran a hablar de ti. Y cuando vuelve a España, por una enfermedad, Gabriela decide ir a dar clase a un pueblo minero, y así nos cuenta el avance que supuso la Institución Libre de Enseñanza y sus métodos de trabajo, y nos habla del compromiso, para terminar haciendo uno de los mejores relatos de la Revolución de Asturias de 1934, y de su represión.

Historia de una maestra (a la que siguieron Mujeres de negro y La fuerza del destino) es una novela imprescindible para entender la importancia del maestro, y la importancia de la educación.

La segunda novela de la que quiero hablar es Adiós, señor Chips (Trotalibros), de James Hilton, que cuenta la vida de un profesor muy diferente de Gabriela, porque es el típico profesor de un prestigioso colegio inglés, que pasa su vida en ese colegio. Pero comparte con Josefina Aldecoa que el personaje principal está inspirado en la figura de su padre y en W. H. Balgarnie, uno de sus profesores. La novela se publicó en 1934 y tuvo un éxito extraordinario.

"La figura del maestro que no solo nos ha enseñado una asignatura determinada, sino que también nos ha enseñado, de alguna forma, a vivir"

El señor Chipping entra en el colegio sin experiencia y pasa allí su vida entera. Alumnos, exalumnos y profesores lo santifican como un carismático sabio enamorado de las lenguas muertas, pero James Hilton tiene la destreza de contarnos su aprendizaje y sus imperfecciones, no solo como profesor, sino sobre todo como persona. Chipping dará clase a alumnos que luego llevarán al mismo colegio a sus hijos, y hasta a sus nietos.

“—Colley, es usted… hum… un ejemplo espléndido de… hum… tradiciones que se heredan. Me acuerdo de su abuelo… hum… jamás llegó a entender el ablativo absoluto. Era un zoquete su abuelo. Y también su padre… hum… Me acuerdo de él… Se sentaba en el último pupitre, junto a la pared… y tampoco era mucho más listo. Sin embargo, creo… mi querido Colley, que usted es… hum, ¡el más zoquete de los tres!”.

Chipping asiste a los cambios que van transformando su mundo, vive junto a sus alumnos la guerra (de hecho, hay una escena extraordinaria de un bombardeo mientras da clase), y sin embargo siempre se mantiene como un faro, como un lugar de referencia al que acudir. La figura del maestro que no solo nos ha enseñado una asignatura determinada, sino que también nos ha enseñado, de alguna forma, a vivir.

La tercera novela es Stoner, de John Williams (Baile del Sol), una novela casi perfecta, un libro emocionante, que cuenta la historia de un profesor. William Stoner se cría en un rancho de Missouri, con unos padres secos y duros, como la tierra que labran cada día, hasta que es enviado a la Universidad de Columbia para estudiar en la Facultad de Agricultura. Allí, Stoner tiene una revelación que le cambia la vida cuando en una clase magistral se da cuenta de que lo único que él quiere hacer es estudiar Literatura Inglesa. Se convierte en un gran estudiante y luego en un gran profesor. Es maravillosa la escena en la que su profesor le descubre su vocación:

“—¿Pero no lo sabe, señor Stoner?, preguntó Sloane. ¿Aún no se comprende a sí mismo? Usted va a ser profesor.

Stoner se sentía suspendido en el aire y oyó a su voz preguntar: ¿Está seguro? Estoy seguro, dijo Sloane suavemente”.

Durante toda su vida ejerce como profesor. Se casa, tiene una hija, y conoce el amor en brazos de una mujer que estudia en la Universidad. Y la pierde. Y muere. Esa es la vida. Tan vulgar y tan extraordinaria.

"Cada uno de los descubrimientos es una iluminación, es un momento que le cambia la vida a Stoner, un momento de crecimiento"

Pero cada una de esas escenas, la de los padres labrando la tierra seca, la de Stoner descubriendo su pasión por la literatura, su matrimonio, su fracaso, su incomprensión, el nacimiento de su hija, la relación con ella, y el descubrimiento del amor en brazos de la mujer de su vida es tan brutal, está tan extraordinariamente contada que la novela avanza de descubrimiento en descubrimiento, de emoción en emoción, con los gestos justos, con las palabras justas, con escenas mínimas, con sensaciones que van haciendo que el personaje de Stoner se abra ante nosotros para hablarnos de quiénes somos, de lo que mueve la vida, de los fracasos, de las resignaciones, de las búsquedas de todas las vidas.

Cada uno de los descubrimientos es una iluminación, es un momento que le cambia la vida a Stoner, un momento de crecimiento. Como cuando lee por primera vez un soneto de un tal Shakespeare. Stoner ni siquiera sabe lo que es un soneto.

“William Stoner se dio cuenta de que por unos instantes había estado conteniendo el aliento. Lo expulsó suavemente, observando cómo la ropa se movía sobre su cuerpo mientras el aliento le salía de los pulmones”.

Entonces se da cuenta de que la luz penetra por las ventanas y se posa sobre los rostros de sus compañeros de manera que la iluminación parece venir de dentro de ellos mismos para salir hacia la oscuridad.

Stoner piensa que puede sentir la sangre fluir invisible a través de sus diminutas venas y arterias. Ya nunca más verá las cosas de la misma forma. La literatura le ha transformado, le ha poseído.

"Esa es la primera iluminación, pero vendrán otras, porque Stoner se convierte en profesor de literatura"

Esa es la primera iluminación, pero vendrán otras, porque Stoner se convierte en profesor de literatura. Y aquí ocurre una cosa alucinante, y es que Stoner tiene una especie de síndrome del impostor, no logra transmitir a sus alumnos la pasión de lo que siente por dentro, y se instala en una especie de mediocridad que le convierte en un hombre gris. Y aquí también hay una gran reflexión sobre el mundo universitario y sobre los trepas, los que saben medrar, que no son necesariamente (y casi nunca lo son, de hecho) los mejores.

Stoner es un libro que te cambia. Esa es la función de la literatura, al fin y al cabo. Leer Stoner es casi una obligación. Pero también es un placer y una maravilla.

Las tres son grandes novelas y nos hablan de tres modelos de educación muy diferentes, la escuela rural en la España de los años 20 y 30 del siglo pasado en Historia de una maestra, la escuela tradicional inglesa en Adiós, señor Chips, y la universidad norteamericana en Stoner, y nos hablan también de tres tipos de profesores muy diferentes, pero los tres inolvidables.

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