No me froté los ojos. Qué va. Los abrí aún más, como las esclusas de una presa. Y me dispuse a disfrutar, en silencio, de un momento único, intenso, armonioso, hermoso.
Sus movimientos no parecían coreografiados, pero un hilo invisible los iba enlazando. Ella levantaba la cabeza, señalaba algo y él asentía con un gesto, como refrendando el hallazgo. A su lado, otra mujer removía el café y apenas levantaba la mirada; solo comentó algo que los otros dos celebraron. Después, los tres regresaban a lo suyo, que hubo un tiempo —ya tristemente lejano— en que también fue lo nuestro.
Asistir a algo tan infrecuente merecía ser inmortalizado. Estuve tentado de sacar el móvil, no crean, pero ya me parecía bastante invasivo contemplarlos fijamente, maravillado, como un entomólogo extasiado ante el escarabajo que llevaba media vida buscando en las selvas de Borneo.
El camarero dejó nuestras tostadas, y creo que le extrañó nuestra distracción. Para él, lo que sucedía allí no tenía nada de excepcional. Para nosotros era un prodigio.
Miré a Teresa y señalé discretamente hacia la otra mesa.
—¿Lo has visto?
Sonrió, dio un sorbo al café y respondió:
—Sí. Es precioso.
Los protagonistas de uno de los mejores momentos de nuestro viaje relámpago a Galicia eran tres: una madre, una hija y, supongo, el novio de ésta. O quizá simplemente tres personas que habían quedado para desayunar en una cafetería agradable del centro, donde, por cierto, sirven un café magnífico.
Pero había algo más. Se notaba que eran veteranos en aquello. Conversaban unos segundos, intercambiaban una observación y, acto seguido, cada uno volvía a bajar la cabeza con absoluta naturalidad.
Entonces un ruido me sacó del ensimismamiento. En otra mesa, un hombre hacía exactamente lo mismo.
Leía el periódico.
Volví a mirar a Teresa. Ella volvió a sonreír.
—Ya… Qué bueno.
Salimos de la cafetería casi dopados. Cogidos de la mano. Felices. Con un optimismo difícil de explicar y un subidón que nos acompañó durante horas mientras paseábamos por una ciudad que, después de aquello, nos pareció todavía más hermosa.
Les cuento.
Aquel domingo de junio, ya vencido, Teresa y yo fuimos testigos de un acontecimiento extraordinario, como salido de una máquina del tiempo: tres personas desayunando juntas mientras leían un periódico de papel.
No el móvil.
No una pantalla.
El periódico.
Y comprendimos que hay costumbres que no desaparecen de golpe. Simplemente un día dejan de repetirse. Sin ruido. Sin despedidas. Hasta que vuelves a encontrártelas por casualidad y las miras con el mismo asombro con el que un naturalista descubre una especie que todos daban por extinguida.
Quizá por eso salimos de aquella cafetería tan contentos. No porque tres personas estuvieran leyendo un periódico, sino porque, durante unos minutos, tuvimos la sensación de que el tiempo aún podía detenerse y darnos un respiro.


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