No estoy orgulloso de no creer en Dios. Es cierto que durante muchísimos años me he paseado por la vida con un impertinente aire de superioridad, con esa actitud de quien piensa: yo sé algo que vosotros, pobres necios, no sabéis. Como si hubiera descubierto un secreto reservado a unos pocos elegidos y mi obligación consistiera en demostrárselo a mi círculo cercano de creyentes. Les repetía, con más arrogancia que inteligencia, que lo suyo no era fe sino superstición y, sobre todo, debilidad: un madero al que agarrarse en medio del naufragio personal.
Me he mofado de las confesiones, de las avemarías, de ese mecanismo que yo simplificaba con crueldad: venga, a seguir pecando, que Dios todo lo ve y todo, todito todo, lo perdona. He ridiculizado procesiones, estampitas, rosarios y promesas. He sido de esos ateos que no se conforman con no creer, sino que además necesitan que los demás sepan que no creen. Un ateo insolente. Un imbécil.
Lo digo en pasado porque, aunque sigo sin creer en la existencia de Dios, ahora soy un ateo dolido por serlo. Un ateo que contempla desde fuera algo que no posee y que, para su desgracia, empieza a sospechar que quizá sea valioso. Porque veo, con absoluta envidia, cómo mi mujer logra consuelo allí donde yo ni siquiera alcanzo a vislumbrar nada. Y me parece que los católicos de verdad —no los de apariencia, no los que utilizan la religión como una etiqueta social o política— tienen un valor que yo no tengo.
Poseen el coraje de aspirar a perdonar, a entender, a admitir sus errores y hasta a reconfortar al otro, por muy equivocado o cabrón que sea. Tienen una capacidad admirable para sobrellevar lo que venga con una certeza —¿se puede decir certeza?— de que Dios no manda nada que no puedas soportar. Yo jamás he sido capaz de alcanzar una convicción semejante. Mi relación con la adversidad siempre ha sido mucho más prosaica: aguantar porque no queda otra.
Cada vez que acompaño a Teresa a misa escucho con atención el sermón del cura. Me gusta cómo habla y cómo se explica don José Manuel. Me parece razonable aquello a lo que apela y también lo que exige a su parroquia. No habla de milagros ni de castigos divinos. Habla de responsabilidad, de compasión, de humildad, de comunidad. Y les veo salir reconfortados. Algunos sonríen, otros conversan con calma, otros simplemente parecen más ligeros que cuando entraron.
Yo salgo exactamente igual.
No logro tener ese don, porque sólo puede ser un don, que los creyentes llaman fe. Imposible. Mi ser racional no conoce ni de lejos a mi supuesto yo espiritual. Es más, creo que soy lo más alejado que existe de un ser trascendental, luminoso o como demonios deba llamarse a eso que hace que mi mujer se arrodille, rece, derrame alguna lágrima y se levante después con una sonrisa llena de alivio.
La observo y me pregunto qué ocurre exactamente en su interior. Qué mecanismo desconocido se activa. Qué puerta es capaz de abrir. Porque sé que no finge. Lo que experimenta es real. Tan real como mi incapacidad para compartirlo.
He conocido gente capaz de contestarte, ante la muerte de un hijo, que dan gracias a Dios porque les permitió disfrutar de él durante el tiempo que estuvo entre nosotros. Cada vez que escucho algo así se me parte el alma, si es que algo de eso tengo. No porque me parezca absurdo, sino porque me resulta inalcanzable.
Se lo escuché a mi tío al pie de la tierra que unos segundos después acogería a mi prima Belén, monja carmelita descalza, fallecida de cáncer con tan sólo treinta y tres años. Recuerdo aquel momento con una claridad dolorosa. Yo esperaba rabia, desesperación, preguntas sin respuesta. Esperaba una rebelión contra el mundo. Pero encontré gratitud. Una gratitud sincera que aún hoy no logro comprender del todo y que, precisamente por eso, me impresiona.
Ahora que el escenario montado junto a la madrileña plaza de Lima apenas me deja dormir y que me cruzo por la calle con centenares de feligreses llegados de medio mundo, mi envidia y mi perplejidad son aún mayores. Les veo caminar, cantar, rezar y sonreír con una felicidad que supera incluso la que me ha acompañado durante las Champions ganadas por mi equipo. Y eso ya es decir.
Porque lo intento. De verdad que lo intento. Escucho, observo, pregunto. Pero no puedo.
Perplejidad porque lo que para ellos es fe para mí siempre fue superstición. Quizá porque hace mucho tiempo abjuré de las palabras de Juan Pablo II y no supe ver que «en realidad, todas las cosas, todos los acontecimientos, para quien sabe leerlos con profundidad, encierran un mensaje que, en definitiva, remite a Dios». Quizá porque nunca aprendí a leer esa profundidad. O quizá porque, sencillamente, no existe para mí.
A veces pienso que me identifico más con Benedicto XVI cuando advertía de los ídolos que sustituyen a Dios. Porque, si soy sincero, algo he adorado durante todos estos años: la razón, la certeza, la necesidad de tener respuestas verificables para todo. Y puede que esa soberbia adoración sea tan dogmática como cualquier credo religioso.
Teresa dice que acabaré cayéndome del caballo como Saulo. No lo sé. Hace unos años me habría reído de esa posibilidad. Hoy ya no me río. La diferencia, después de tantos años, es que ahora casi lo anhelo. No porque haya dejado de pensar, ni porque haya encontrado pruebas de la existencia de Dios, sino porque empiezo a comprender lo que la fe ofrece a quienes la poseen. Y porque sospecho que hay una forma de paz a la que yo no sé llegar.
Quizá por eso, como para Lamartine, Dios no sea para mí más que una palabra para explicar el mundo. Una de las más bellas que ha inventado el ser humano. Y, todavía hoy, la más inasible.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: