Henry Kissinger pasó a la historia como el genio detrás del deshielo con China y el final de la guerra en Vietnam. Pero bajo esa fachada de fría racionalidad se esconde un hombre cuyas decisiones dejaron millones de cadáveres en campos de batalla, dictaduras sangrientas y pueblos enteros aplastados por el imperialismo disfrazado de política exterior.
En Zenda ofrecemos el prefacio de Los buenos mueres jóvenes: El veredicto sobre Henry Kissinger (Malpaso), de Bhaskar Sunkara, René Rojas y Jonah Walters.
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PREFACIO
Si estás leyendo esto, Henry Kissinger está muerto. La máquina mediática ya está produciendo en masa denuncias incendiarias y recuerdos cálidos a partes iguales. Puede que ninguna otra figura de la historia estadounidense del siglo XX sea tan polarizadora, tan vilmente vilipendiada por unos como venerada por otros.
Cómo han cambiado los tiempos.
En la época en que Kissinger era consejero de Seguridad Nacional, la Women’s Wear Daily publicó un jocoso perfil del joven estadista, describiéndolo como «el símbolo sexual de la administración Nixon». En 1969, según ese mismo perfil, Kissinger asistió a una fiesta llena de miembros de la alta sociedad de Washington con un sobre con la inscripción de «alto secreto» bajo el brazo. Los demás invitados apenas podían contener su curiosidad, así que Kissinger desvió sus preguntas con una ocurrencia: el sobre contenía su ejemplar de la última revista Playboy. Al parecer, a Hugh Hefner esto le hizo mucha gracia y, a partir de entonces, se aseguró de proveer al consejero de seguridad nacional con una suscripción gratuita.
Lo que contenía en realidad el sobre era un borrador del discurso de Nixon sobre la «mayoría silenciosa», un discurso ahora famoso que pretendía trazar una línea divisoria entre la decadencia moral de los liberales antibélicos y la inquebrantable realpolitik de Nixon.
Durante los años setenta, mientras organizaba bombardeos ilegales en Laos y Camboya y daba luz verde al genocidio en Timor Oriental y Pakistán Oriental, Kissinger era conocido entre la alta sociedad de Beltway como «el playboy del ala occidental». Le gustaba que le fotografiaran y los fotógrafos cumplían. Era un fijo en las páginas de cotilleos. Sobre todo cuando sus escarceos con mujeres famosas salían a la luz, como cuando él y la actriz Jill St. John hicieron saltar de forma inadvertida la alarma de su mansión de Hollywood una noche mientras se escapaban a su piscina. «Le estaba enseñando ajedrez», alegó más tarde Kissinger.
Mientras Kissinger se paseaba con la jet set de Washington, él y el presidente —una pareja tan unida por la cadera que Isaiah Berlin los bautizó como «Nixonger»— estaban ocupados ideando una marca política basada en su supuesto desdén por la élite liberal, cuya moralidad decadente —afirmaban— solo podía conducir a la parálisis. Kissinger desdeñaba el movimiento antibélico, calificando a los manifestantes de «universitarios de clase media alta» y advirtiendo: «Los mismos que gritan “poder para el pueblo” no serán los que tomen el poder en este país si se convierte en una prueba de fuerza». También despreciaba a las mujeres: «Para mí, las mujeres no son más que un pasatiempo, un hobby». Pero es indiscutible que Kissinger sentía afición por el liberalismo dorado de la alta sociedad, las fiestas exclusivas, las cenas con filetes y la luz cegadora de los flashes.
Y no vaya a ser que nos olvidemos, la alta sociedad le correspondía. Gloria Steinem, compañera ocasional de cenas, llamó a Kissinger «el único hombre interesante de la administración Nixon». La columnista de cotilleos Joyce Haber lo describió como «mundano, con sentido del humor, sofisticado y un caballero con las mujeres». Hef lo consideraba un amigo y una vez afirmó en prensa que una encuesta entre sus modelos reveló que Kissinger era el hombre más deseado para citas en la mansión Playboy.
Pero este encaprichamiento no acabó con la década de los setenta. Cuando Kissinger cumplió noventa años en 2013, a su celebración de cumpleaños con alfombra roja asistió una multitud bipartidista que incluía la presencia de Michael Bloomberg, Roger Ailes, Barbara Walters e incluso el «veterano de la paz» Jon Kerry, junto con otras 300 personalidades. Un artículo de la Women’s Wear Daily —que continuó su cobertura de Kissinger en el nuevo milenio— informaba de que Bill Clinton y John McCain pronunciaron los brindis de cumpleaños en un salón de baile decorado al estilo chinesco, para complacer al invitado de honor de la noche. McCain, que pasó más de cinco años como prisionero de guerra, describió «su maravilloso afecto» por Kissinger, «debido a la guerra de Vietnam, algo que tuvo un profundo impacto en la vida de ambos». El propio cumpleañero subió entonces al escenario, donde «recordó a los invitados el ritmo de la historia» y aprovechó la ocasión para predicar el evangelio de su causa favorita: el bipartidismo.
La capacidad de Kissinger para el bipartidismo era célebre —los republicanos Condoleezza Rice y Donald Rumsfeld asistieron a primera hora de la noche y, más tarde, la demócrata Hillary Clinton entró por una entrada controlada con los brazos abiertos, preguntando: «¿Listos para el segundo asalto?»—. Durante la fiesta, McCain se deshizo en elogios hacia Kissinger: «Ha sido consultor y asesor de todos los presidentes, republicanos y demócratas, desde Nixon». Es probable que el senador McCain hablara en nombre de todos los presentes en el salón de baile cuando continuó: «No conozco a nadie más respetado en el mundo que Henry Kissinger».
De hecho, gran parte del mundo vilipendiaba a Henry Kissinger. El exsecretario de Estado evitó incluso visitar varios países por miedo a ser detenido y acusado de crímenes de guerra. En 2002, por ejemplo, un tribunal chileno le exigió que respondiera a preguntas sobre su papel en el golpe de Estado de 1973.
En 2001, un juez francés envió agentes de policía a la habitación del hotel de Kissinger en París para entregarle una solicitud formal de interrogatorio sobre el mismo golpe, durante el cual desaparecieron varios ciudadanos franceses. Imperturbable en apariencia, el estadista convertido en consultor privado remitió el asunto al Departamento de Estado y embarcó en un avión con destino a Italia. Por la misma época, canceló un viaje a Brasil tras los rumores de que iba a ser detenido y obligado a responder preguntas sobre su papel en la Operación Cóndor, el plan de los años setenta que unió a las dictaduras sudamericanas al desaparecer sus oponentes exiliados. Un juez argentino que investigaba la operación ya había nombrado a Kissinger como posible «acusado o sospechoso» en una futura acusación penal.
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Autores: Bhaskar Sunkara, René Rojas y Jonah Walters. Título: Los buenos mueren jóvenes: El veredicto sobre Henry Kissinger. Traducción: David Muñoz. Editorial: Malpaso. Venta: Todos tus libros.


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