Los veranos van constituyendo una última tregua que casi nadie sabe aprovechar. No es que dejemos de trabajar ―hace tiempo que eso dejó de ser cierto, o al menos no tan verdad como era antes―, sino porque durante unas pocas semanas el tiempo parece recordar vagamente cómo era antes de que los de siempre lo convirtieran en un recurso que, según nos dijeron, había que optimizar. Aun así, hay un instante en el que comprendemos que el verano se ha instalado entre nosotros. No se trata de que suban las temperaturas, ni de que comiencen a vaciarse las ciudades, ni de que irrumpan en las redes sociales las fotografías tomadas en playas, todas idénticas, como si el Mediterráneo hubiese abjurado de su condición de mare nostrum para limitarse a ejercer de decorado. Cuando de verdad empieza el verano es cuando dejamos de mirar el reloj con ansiedad, cuando para nuestra sorpresa descubrimos que una tarde puede prolongarse durante varias horas y no durar exactamente lo que duran quince minutos escasos.
En eso consistía el verano cuando éramos niños, en la sensación de que los días podían ser eternos, en aquellas mañanas que dedicábamos a no hacer absolutamente nada, en las tardes que transcurrían entre tebeos y bicicletas, en noches en las que tardábamos en llegar a casa porque siempre se demoraban un poco más de lo normal las conversaciones en los parques, en ese olor indefinible que viajaba en el aire y que era el que impregnaba las ciudades pequeñas en cuanto cae en el calendario el mes de agosto. Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde, dejo escrito Gil de Biedma, y con los años fuimos descubriendo que aquellas cualidades que creímos inmutables no estaban dentro del verano, sino que formaban parte de nosotros. Éramos más anchos y más largos porque en la infancia el tiempo no transcurre, se acumula, y esa certeza a la que siempre llegamos a deshoras la convirtió en literatura Marcel Proust cuando advirtió que la memoria no registra tanto los acontecimientos como su duración. Lo que recordamos no son tanto las tardes de la infancia como la impresión de que no terminarían nunca. La magdalena no devolvía un sabor, sino un modo de habitar el tiempo, y acaso por eso sigamos buscando, cuando nadie nos mira, el ruido de un ventilador que gira en la penumbra, el aroma de una higuera cuando empieza a declinar el sol, el canto de los grillos que se agazapan en la hiedra. Todo lo que constituía nuestros veranos antes de que nos diera por llenarlos de obligaciones, de viajes programados al minuto, de listas de restaurantes, de aplicaciones que nos miden los pasos y nos organizan el descanso con la misma eficacia insana con la que organizamos el trabajo, hasta el punto de que ni siquiera somos capaces de recordar con precisión los momentos ―que eran, según Pavese, la sustancia verdadera del recuerdo― porque estamos demasiado ocupados registrándolos. Cada atardecer tiene que convertirse en una portada de Facebook y cada comida en una historia de Instagram; cada reunión o cada viaje, por descontado, deben resumirse en una demostración pública de felicidad que, tan colorida y tan particular que termina por ser exactamente igual que cualquier otra. Y así, mientras nos empeñamos en fotografiarlo, el verano pasa sin que nos demos cuenta de que el verdadero lujo en nuestra época no consiste en tomar un avión al quinto pino ni en bañarse en la piscina de un hotel de cinco estrellas, sino en aburrirse durante una tarde entera sin el menor remordimiento, dejar que pasen las horas mientras nos entregamos a ese sopor aparentemente vacío que es de donde sin embargo nacen los juegos, las historias o las preguntas. Nuestra época ha declarado la guerra a ese proverbial tiempo de silencio y ni siquiera aguantamos una cola en el supermercado o un trayecto de diez minutos en metro sin sacar el teléfono móvil del bolsillo. No permitimos que se quede desocupado un solo instante, y por eso el tiempo viaja más deprisa, y nos asalta, y atropella. Josep Pla, que algo sabía de veranos y entendía como pocos el ritmo secreto de las estaciones, desconfiaba de quienes se desplazaban a toda mecha. Él sabía que un paisaje no se contempla, sino que se frecuenta; que un pueblo no se conoce en una sola tarde; que una terraza necesita varias horas para atreverse a contar su verdadera historia.
Dentro muy poco empezará a deshojar el calendario el mes de agosto. El ruido se exiliará de las ciudades, las persianas permanecerán bajadas durante varias semanas, los correos electrónicos escupirán respuestas automáticas, creeremos que la vida al fin ha decidido bajar el volumen. Será una anomalía bienllegada, pero durará poco. En septiembre volveremos a correr con la convicción de que el apresuramiento es una virtud y de que vivir consiste en llenar la agenda hasta los márgenes. Nos harán creer de nuevo que responder al instante cualquier mensaje o cualquier llamada es eficiencia en vez de servidumbre. Aprovechemos estas pocas tardes que nos quedan entre medias para apartar a un lado el teléfono, para escuchar conversaciones ajenas, para observar cómo cambia la luz. Para salir a caminar sin destino, para leer un libro, para aburrirnos sin culpa. Quizá descubramos así que el verano sigue donde siempre estuvo y que nos espera, y que nos invita a recorrerlo como lo que es, el último territorio en el que el tiempo todavía se atreve a caminar despacio.


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