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Gladiator, Ridley Scott y ese sueño llamado Roma

Gladiator, Ridley Scott y ese sueño llamado Roma

En el año 2000, el peplum, el tradicional cine de romanos, había desaparecido prácticamente de las carteleras. Ninguna productora se atrevía a emular aquellos grandes éxitos del viejo Hollywood, esas mastodónticas producciones, más grandes que la vida misma, al estilo de Ben-Hur, de William Wyler; Quo Vadis?, de Mervyn LeRoy; o La caída del Imperio romano, de Anthony Mann. Tuvo que llegar sir Ridley Scott para resucitar de sus cenizas, cual ave fénix, el esplendor de la Antigua Roma. Conviene recordar que el director de Blade Runner no era un advenedizo en esto del cine histórico —ya había filmado 1492: La conquista del Paraíso— y, en los albores del nuevo milenio, se sintió preparado para llevar a la gran pantalla las aventuras del general hispano Máximo Décimo Meridio, sin duda uno de los personajes más recordados de la carrera de Russell Crowe.

La sinopsis del filme es harto conocida. En el año 180 d. C., las fronteras del Imperio han alcanzado su máxima extensión. Marco Aurelio, el princeps filósofo, prototipo de los llamados “emperadores buenos”, anhela recuperar la esencia de Roma, el gobierno republicano y, consciente de que su hijo Cómodo no está capacitado para regir los destinos del Imperio más poderoso del orbe, encarga a su general de mayor confianza, Máximo, la tarea de supervisar el fin del gobierno omnímodo unipersonal y el retorno de la República. El protervo Cómodo —interpretado por un joven Joaquin Phoenix— no acepta el papel de segundón y, en un arrebato de cólera, mata a su padre, usurpa el trono y ordena asesinar al fiel escudero de Marco Aurelio, el general Máximo Décimo Meridio. El hispano —tras salir con vida de la encerrona urdida por el pérfido Cómodo—, deseoso de vengar la muerte de su familia, vilmente asesinada por el flamante nuevo César, se convierte en un prestigioso gladiador. El Anfiteatro Flavio se rinde a las exhibiciones del hispano y la urbe comienza a manifestar su descontento con el tiránico emperador. La sublevación se atisba en el horizonte y los días de gloria de Cómodo exhalan sus últimos estertores.

"Según Bueno, Roma sería el ejemplo paradigmático de imperio generador. Esto es así porque las conquistas romanas no tenían como único objetivo esquilmar los territorios ganados manu militari"

Al comienzo de la película, una vez que las huestes imperiales derrotan a los bárbaros, asistimos a una escena muy significativa entre Marco Aurelio y Máximo. El emperador, sabedor de que no le queda mucho tiempo de vida, abriga serias dudas sobre su legado; se pregunta si la palabra Roma aún tiene algún sentido y desconfía, en definitiva, de la guerra como medio para extender la civilización romana. Esta actitud del César ya nos revela una profunda enseñanza. El Imperio romano, lejos de limitarse a la rapacidad militar o a la extensión imparable de sus fronteras, reflexionaba emic —por utilizar la distinción del antropólogo Kenneth Pike— acerca del significado de su ortograma expansivo. Esto no es muy común, ya que, por lo general, los gobernantes no albergan demasiadas dudas sobre su misión providencial y se hallan convencidos de la bondad de su causa. Marco Aurelio, en cambio, como buen filósofo, inquiere a su más preciado general sobre el significado de sus conquistas. “¿Qué hacemos aquí, Máximo?”, pregunta un exhausto emperador. Su fiel escudero le responde algo parecido a esto —perdónenme la imprecisión; cito de memoria—: “Mi señor, tengo unos cinco mil hombres muertos en el campo de batalla, tres mil heridos, dos mil quinientos soldados hambrientos, etc. No quiero creer que estemos aquí por nada, que tanto esfuerzo haya sido en vano. Luchamos por la gloria de Roma”. Un sorprendido Marco Aurelio le responde: “¿Y qué es Roma, Máximo?”. El hispano apostrofa: “He visto el mundo fuera de Roma. Es brutal, cruel y oscuro. Roma es la luz”. Este memorable diálogo en la tienda de campaña ya nos da unas cuantas pistas sobre la filosofía imperial que despliega Ridley Scott en Gladiator.

En el año 1999, el filósofo materialista español Gustavo Bueno escribió un ensayo que causó un notable revuelo historiográfico. Allí, el autor de Ensayos materialistas esbozaba su particular teoría sobre los imperios universales. A grandes rasgos, y simplificando quizá en exceso, podríamos decir que Bueno distingue dos tipos de imperio muy disímiles entre sí: los imperios generadores y los imperios depredadores, doctrina inspirada en la distinción de Sepúlveda entre imperios civiles e imperios heriles. Los primeros serían aquellos que no se limitan a explotar económicamente los territorios conquistados, instalando factorías comerciales y fundando colonias, sino que, antes al contrario, su ortograma imperial les obliga a replicar las estructuras de la metrópoli en los diversos territorios anexados. Según Bueno, Roma sería el ejemplo paradigmático de imperio generador. Esto es así porque las conquistas romanas no tenían como único objetivo esquilmar los territorios ganados manu militari; antes al contrario, su propósito consistía en construir nuevas Romas allá donde las legiones imponían la paz de la victoria. Los imperios depredadores, en cambio, no buscan replicar las estructuras de la metrópoli en sus colonias, sino expandirse para obtener mano de obra barata y abrir nuevos mercados en los que comercializar el excedente de su producción. Es decir, su ortograma depredador viene definido, eminentemente, por su interés crematístico.

"Me atrevería a decir que Gladiator, como cualquier filme de similares características, habla más de su propio presente en marcha, que del pasado imperial romano"

Esta dicotomía —imperios generadores e imperios depredadores— puede parecer excesivamente maniquea, y así la han presentado varios objetores de la teoría de Bueno. Sin embargo, en honor a la verdad, hemos de decir que quien lea con detenimiento España frente a Europa descubrirá que la exposición de Bueno, lejos de incurrir en el maniqueísmo, presenta numerosos matices que enriquecen todavía más su teoría. Afirma Bueno que ningún imperio generador prescinde de las conquistas militares para la consecución de sus objetivos; es más, todos los imperios generadores atraviesan momentos depredadores, pues, normalmente, los pueblos indígenas ofrecen una feroz resistencia a los ejércitos invasores. Esto puede comprobarse, sin ir más lejos, en la conquista romana de Hispania, un arduo proceso de resistencia nativa frente a los diversos ejércitos imperiales que ha inmortalizado nombres como Viriato y Numancia, sin duda símbolos imborrables de la fiereza con la que los pueblos iberos combatieron a las legiones romanas. Tras este momento depredador —la conquista militar, que podemos prolongar, más o menos, hasta las campañas de Augusto y Agripa en el norte peninsular—, el ortograma imperial se torna generador, en un proceso conocido popularmente como romanización, cuyos hitos más significativos son las diversas divisiones provinciales, la fundación de ciudades y la extensión de la ciudadanía romana en el año 212 d. C., por iniciativa de Caracalla. Es decir, debemos distinguir entre finis operis (la extensión de la civilización romana por todo el mundo, recordemos que Máximo asegura que “Roma es la luz”) y finis operantis (los medios empleados, a menudo brutales, para la consecución de dicho fin: la ampliación de los limes imperiales).

"Más allá de todo este trasfondo filosófico, la película nos presenta el clásico viaje del héroe, una estructura paradigmática del cine épico que han seguido conocidas sagas como El señor de los anillos o Harry Potter"

Los imperios generadores, en su ínsita aspiración universalista, querrán dominar todo el mundo conocido y por conocer; su lema es el non plus ultra, el seguir avanzado más allá de las fronteras. Ahora bien, no debemos cometer el error de pensar que dicha aspiración universal es factible, pues, como indica el propio Bueno, la idea de Imperio Universal es un imposible político, al igual que el movimiento perpetuo es un imposible físico, ya que vulnera la segunda ley de la termodinámica. Esta imposibilidad de recubrir todo el orbe la vemos también reflejada en cierto momento de la película. Máximo, convencido de que por fin va a poder regresar a casa, le asevera a Marco Aurelio que ya no quedan enemigos contra los que luchar. El estoico le responde: “no te confundas, Máximo. Siempre quedan enemigos contra los que combatir”. Esta sentencia del emperador encierra una enseñanza de hondo calado filosófico. Benedetto Croce solía afirmar que toda historia es historia contemporánea y, en efecto, cuando analizamos una película histórica hemos de tener en cuenta el contexto histórico en el que se produjo. Incluso me atrevería a decir que Gladiator, como cualquier filme de similares características, habla más de su propio presente en marcha, que del pasado imperial romano. En lo albores del siglo XXI, la indiscutida hegemonía mundial estadounidense lograda tras su triunfo en la Guerra Fría empezó a tambalearse. Las tesis de Francis Fukuyama del fin de la historia se mostraron equivocadas ya que, como afirmaba el sapientísimo Marco Aurelio, siempre quedan enemigos contra los que luchar. En Gladiator hallamos un enfrentamiento entre dos cosmovisiones políticas opuestas: aquella que defiende el gobierno unipersonal y las conquistas militares como único medio de supervivencia —representada por Cómodo y sus adláteres, solo hay que ver cómo retrata Scott la arquitectura de la Roma imperial, un remedo de los faraónicos proyectos edilicios de la Italia fascista y la Alemania nazi— y aquella que sostiene que el poder ha de residir en el pueblo, que la única manera de asegurar la supervivencia de Roma es recuperando las antiguas instituciones republicanas. Quizá podemos intuir aquí una metáfora de las posturas defendidas por los dos principales partidos políticos estadounidenses, el republicano y el demócrata.

Más allá de todo este trasfondo filosófico, la película nos presenta el clásico viaje del héroe, una estructura paradigmática del cine épico que han seguido conocidas sagas como El señor de los anillos o Harry Potter. Sin duda, la ardua travesía de Máximo Décimo Meridio es una suerte de reinterpretación de la Odisea homérica, pues este aguerrido y valiente general hispano no deja de ser un Ulises con una única obsesión: volver a su personal Ítaca, reencontrase con su mujer y su hijo asesinados. Como buen héroe estoico que es, dotado de prudencia, sabiduría y justicia, Décimo Meridio considera, al igual que su preceptor Marco Aurelio, que Roma es un sueño por el que merece la pena luchar e incluso morir. Su óbito en la arena del Coliseo, después de debelar al tiránico Cómodo, no solo representa su venganza largamente anhelada y la consecución de su sueño —volver a ver a su familia en el empíreo de la eternidad—, sino que, ante todo, es una demostración de que ese sueño llamado Roma, ese ideal de Imperio Universal generador libre de gobiernos despóticos bien vale la vida de un hombre bueno.

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