El realizador holandés Paul Verhoeven siempre ha sido un provocador nato, contra el que han alzado su voz todos los colectivos que imaginarse pueda. Resulta sorprendente que el director europeo emigrase a Hollywood, pues su ánimo insaciable de revolucionar el panorama y de dinamitar el nutrido catálogo de prejuicios puritanos que corroen la industria norteamericana no casa con el prototipo de cineasta que se estila por aquellos lares. Aunque, pensándolo bien, quizá se fuera a hacer las Américas precisamente con ese propósito: burlarse de la mojigatería reinante en la hoguera de las vanidades. Véase, si no, la infravalorada Showgirls, sátira feroz del manido sueño americano y crítica implacable contra la mercantilización del cuerpo femenino.
El éxito de Instinto básico no fue casual; para ello se alinearon varios astros: el carisma de Michael Douglas en la cima de su carrera, la sugerente partitura de Jerry Goldsmith, el alambicado guion de Joe Eszterhas —uno de los más caros de la historia del cine— y la voluptuosa dirección de Verhoeven. Pero, sobre todo, destacó la impetuosa —diríase que arrolladora— presencia de Sharon Stone, actriz de belleza privilegiada y talento inigualable, capaz de convertirse en la femme fatale por antonomasia dando una sola calada al cigarrillo. Queda para la memoria cinéfila el icónico interrogatorio policial, con el famoso cruce de piernas que mostraba más carne de la debida —¡ay, Verhoeven, cuánto te gusta la jarana!—, donde Catherine Tramell se presenta como la única mujer fatal capaz de convertir una investigación criminal en un juego erótico absorbente y peligrosamente fascinante.
La trama es relativamente sencilla: Catherine Tramell, afamada novelista, seduce a hombres a los que asesina con un punzón de hielo para relatar posteriormente sus macabras aventuras criminales como si del argumento de un thriller inventado se tratase. La coartada perfecta para cualquier asesino: ¿quién podría ser tan ingenuo como para dejar escritos en un libro, con esa minuciosidad, sus oscuros secretos psicópatas? Con este modus operandi logra engañar a los agentes de la ley, que no se enteran de nada, hasta que Nick Curran —Michael Douglas—, atraído por la mente criminal de Tramell, empieza a sospechar y queda atrapado en su tela de araña. En este punto, Verhoeven logra que su cinta se distancie del prototipo de thriller erótico noventero: la química volcánica surgida entre los protagonistas hace que trascienda la trama criminal, convirtiéndose la película en un verdadero ensayo freudiano sobre la pugna entre el Eros, el deseo erótico, y el Tánatos, la pulsión de muerte.
Las imágenes de Instinto básico poseen una fuerza torrencial que desborda la pantalla: las acometidas y jeribeques sexuales que mantienen Stone y Douglas los convierten en súcubos e íncubos abrazando el vértigo de la existencia y el abismo de la muerte. No es aquí casual la referencia a Hitchcock: Vértigo es su antecedente directo. Verhoeven sublima el deseo obsesivo hitchcockiano transformando a Tramell y Curran en la alegoría perfecta de la pugna freudiana entre Eros y Tánatos.
Freud, padre del psicoanálisis, formuló la teoría del instinto de vida —Eros— frente al instinto de muerte —Tánatos—. Eros representa el amor y la creatividad; Tánatos, la agresión, la destrucción, la violencia inherente al ser humano. Inspirado en el homo homini lupus de Hobbes y en el pensamiento nietzscheano, Freud describía la crueldad que habita en nuestro interior y cómo los ideales civilizatorios, necesarios para organizar la sociedad, podrían llegar a devorarnos si se tornan rígidos y voraces. En Instinto básico vemos esta simbiosis: Eros y Tánatos coexisten, enfrentados, manteniendo al espectador en la incertidumbre. ¿Triunfará finalmente Eros, o será la pulsión de muerte la que acabará por consumir a nuestros protagonistas? No lo sabemos: Curran y Tramell podrían pasar a la posteridad “fornicando como conejos” —según la expresiva vulgaridad de Douglas— o terminar destruidos por su propio instinto básico.



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