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Por el valle del Vinalopó. Cena gastronómico-literaria (Diario de un viaje de novela, XVII)

Por el valle del Vinalopó. Cena gastronómico-literaria (Diario de un viaje de novela, XVII)

Siempre he pensado que la literatura y la gastronomía hablan un lenguaje parecido. Las dos apelan a la memoria, a las emociones y a los sentidos. Un buen libro, como un buen plato, necesita tiempo, buenos ingredientes y alguien dispuesto a disfrutarlo sin prisas.

Eso fue precisamente lo que ocurrió en Elche, en el Hotel Port Jardín Milenio, un lugar privilegiado junto al inmenso palmeral ilicitano. Allí participé en una cena gastronómico-literaria organizada por David, alma de la librería Ali i Truc, que entienden que vender libros consiste, sobre todo, en crear lectores y construir comunidad.

La propuesta tenía un ritmo distinto al de una presentación convencional. Primero compartimos la cena. Casi un centenar de personas repartidas en diferentes mesas disfrutando de la gastronomía mientras la conversación iba y venía entre libros, viajes e historia. Después llegó una breve presentación de El juicio. Sin prisas, sin un protocolo rígido, como si la novela formara parte de la sobremesa.

"Uno termina la noche con la sensación de haber firmado muchos ejemplares, pero, sobre todo, de haber conocido a muchos lectores"

Lo más interesante llegó a continuación. En lugar de un turno de preguntas tradicional, fueron las distintas mesas las que fueron tomando la palabra. Desde un rincón del salón surgía una pregunta sobre Goya; desde otro, una curiosidad sobre el proceso de documentación; en otra mesa querían hablar de castillos, o de cómo nace una novela histórica. Más que una conferencia, aquello terminó convirtiéndose en una conversación colectiva en la que todos participaban. La literatura dejaba de ser un monólogo para convertirse en un diálogo compartido.

Después llegó la firma de libros. Y, como suele ocurrir en estos encuentros, las dedicatorias se alargaron entre fotografías, recomendaciones de lecturas, historias personales y nuevos proyectos. Uno termina la noche con la sensación de haber firmado muchos ejemplares, pero, sobre todo, de haber conocido a muchos lectores. Esa es, probablemente, la mejor recompensa de cualquier gira literaria.

Cada vez estoy más convencido de que el futuro de los libros también pasa por salirse de los espacios habituales. Las librerías son imprescindibles, por supuesto, pero ¿por qué no hablar de literatura en hoteles, bodegas, castillos, restaurantes, monasterios o jardines? Los libros siempre han viajado con nosotros y quizá ha llegado el momento de que también recuperen esa capacidad de sorprender apareciendo donde nadie los espera.

Además, estas iniciativas permiten algo que pocas veces ocurre en una firma tradicional: conversar de verdad. No solo sobre la novela, sino sobre historia, viajes, gastronomía, patrimonio o cine. Al final uno descubre que los lectores no buscan únicamente una dedicatoria. Buscan compartir una experiencia. Y eso convierte una presentación en un recuerdo.

Por supuesto, al día siguiente hubo tiempo para perderse por Elche. Paseamos entre las palmeras que convierten la ciudad en un lugar único en Europa y visitamos el Palacio de Altamira, hoy sede del Museo Arqueológico y de Historia de Elche. Siempre me ocurre lo mismo cuando entro en un museo arqueológico antes de una presentación: salgo con más ideas para escribir de las que tenía al entrar.

Como es frecuente durante esta gira por España, aprovechamos el viaje para seguir descubriendo castillos. Resulta difícil resistirse cuando uno atraviesa el valle del Vinalopó, una de las grandes fronteras medievales de la Península. Durante siglos fue tierra de contacto entre al-Ándalus y los reinos cristianos, y esa historia permanece escrita en piedra sobre las cimas de sus montañas.

"Quizá por eso sigo creyendo que los libros maridan especialmente bien con la gastronomía. Porque ambos nos obligan a detenernos"

Nos detuvimos ante el impresionante castillo de Sax, suspendido sobre la roca como si todavía vigilara el paso entre dos mundos. Continuamos hasta Villena, donde se alza una de las fortalezas más espectaculares de toda la ruta, con esa poderosa silueta que domina toda la ciudad. Muy cerca aparecen otros gigantes de esta frontera, como el castillo de Biar, el de Petrer o la fortaleza de La Mola, en Novelda, formando una cadena de castillos única en España. No es casualidad que hoy se conozca como la Ruta de los Castillos del Vinalopó: recorrerla es viajar por varios siglos de la historia medieval.

El viaje era largo, teníamos cerca de seis horas en nuestra idbuzz eléctrica, y nos llevó un poco más al norte, hasta otro lugar imprescindible para cualquier apasionado de la historia: el castillo de Montesa. Levantado sobre la antigua fortaleza que dio nombre a la Orden de Montesa, heredera en buena medida del legado templario en el Reino de Valencia, sus ruinas siguen transmitiendo la enorme importancia estratégica y espiritual que tuvo durante siglos. Desde allí resulta fácil imaginar a los caballeros recorriendo estos caminos que tantas veces aparecen en nuestras novelas históricas.

Al final comprendí que aquel viaje había reunido muchas de las cosas que más me gustan: una librería independiente que apuesta por hacer cosas distintas, un hotel que abrió sus puertas a la literatura, una conversación pausada con lectores alrededor de una mesa, castillos medievales recortándose sobre el horizonte y una ciudad que lleva siglos demostrando que patrimonio, cultura y vida cotidiana pueden convivir con absoluta naturalidad.

Quizá por eso sigo creyendo que los libros maridan especialmente bien con la gastronomía. Porque ambos nos obligan a detenernos. Y en un mundo que parece empeñado en correr cada vez más deprisa, detenerse sigue siendo uno de los mayores lujos que existen.

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