Soy un apasionado de los castillos. Los he estudiado, he trabajado para ponerlos en valor, he reconstruido dos fortalezas y vivo en uno de ellos. En esta ocasión, la gira de mi novela me llevaba a casa, a uno de estos castillos, el de Grisel. Hay festivales literarios, congresos, ferias del libro y encuentros con autores. Y luego existe algo diferente: cerrar la puerta de un castillo medieval y pasar tres días viviendo dentro de una historia. Eso es lo que hemos intentado hacer en el castillo de Grisel.
Para responder a esas preguntas no escogimos un auditorio ni una sala de congresos. Elegimos un castillo, una fortaleza del siglo XIV que estuvo a punto de desaparecer y que fue recuperada durante décadas de restauración, volvió a convertirse en lo que probablemente siempre fue: un lugar de encuentro, de conversación y de transmisión de historias. Porque los castillos no solo servían para defender territorios. También eran espacios donde llegaban noticias, se contaban leyendas, se tomaban decisiones y se construía la memoria colectiva. La literatura, en el fondo, sigue haciendo exactamente lo mismo.
Durante esos días convivimos escritores, lectores y futuros autores. Rosario Raro habló de cómo transformar la documentación en emoción literaria, Emilio Sáez reflexionó sobre las nuevas herramientas digitales y la investigación asistida por inteligencia artificial, y yo tuve la oportunidad de impartir una clase sobre arquitectura, territorio y memoria, sobre la manera en que los edificios históricos inspiran las historias que contamos. Pero lo más importante ocurrió fuera, en los debates sobre si el lector actual busca historias más rápidas o más profundas. En las preguntas sobre cómo equilibrar el rigor documental con la emoción narrativa. En esa extraña y maravillosa sensación de compartir una pasión común con personas que, apenas unas horas antes, eran completas desconocidas. Quizá ese sea el futuro de muchos encuentros culturales. Menos multitud y más convivencia. Menos distancia entre el autor y el lector. Compartir tiempo sin prisa era uno de los eslóganes del encuentro. Porque los libros siempre han sido una experiencia íntima. Leemos a solas, en silencio, estableciendo una conversación secreta con alguien que quizá murió hace siglos o que vive a miles de kilómetros. Y sin embargo, pocas cosas generan comunidades tan fuertes como la literatura. Lo veo cada día en los clubes de lectura, los encuentros y eventos, como este en un castillo.
Los retiros literarios parecen responder precisamente a esa necesidad contemporánea de desacelerar. De detenernos. De dedicar tres días enteros a hablar de libros en una época en la que todo parece diseñado para durar apenas unos segundos.
En el castillo de Grisel, además, existía una paradoja hermosa: debatíamos sobre el futuro de la novela histórica dentro de un edificio que lleva más de seiscientos años observando el paso del tiempo. Hablábamos de inteligencia artificial bajo techos de madera medievales. Reflexionábamos sobre nuevos lectores mientras caminábamos junto a murallas levantadas mucho antes de la imprenta. Y uno comprende entonces que tradición e innovación nunca han sido conceptos enfrentados.
Los buenos libros siempre han utilizado las herramientas de su tiempo para contar las mismas preguntas eternas: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? Por eso me emociona especialmente ver los castillos llenos de lectores. Durante décadas, muchas fortalezas españolas se vaciaron de vida y de sentido. Algunas se convirtieron en canteras, otras en almacenes o en simples ruinas condenadas al olvido. Recuperarlas no consistía únicamente en restaurar muros o reconstruir almenas. Había que devolverles también las historias. Y quizá esa sea la verdadera lección de estos días. El patrimonio sobrevive cuando vuelve a formar parte de la vida cotidiana. Cuando deja de ser únicamente algo que contemplamos y se convierte en algo que habitamos. Mucho antes de que existieran las ferias del libro o las redes sociales, los seres humanos ya se reunían alrededor del fuego para hacer exactamente lo mismo que seguimos haciendo hoy: contar historias y escuchar las de los demás.




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