Recuerdo con exactitud hasta un par de ediciones de Suecia, infierno y paraíso, aquel ensayo del periodista italiano Enrico Altavilla —mera divulgación para sus detractores— que constituyó uno de los grandes éxitos editoriales de la España de los años 70. La primera de esas impresiones, que aún guardo en la memoria, la príncipe en nuestra lengua, fue dada a la estampa por Plaza & Janés en 1974. Ilustraba su portada el retrato de una joven de aquellas latitudes cubierta con una de esas coronas de ramas y velas —todo un icono del folclore sueco en la celebración de Santa Lucía—, que en épocas más recientes he creído ver sobre la cabeza de las fabulosas vírgenes, prestas a entregar su doncellez con mucho drama en un altar alzado al solsticio de verano, en Midsommar (Ari Aster, 2019), esa obra maestra del folk horror que nunca he de cansarme de agradecer. Aunque la celebración del solsticio de verano —entre el 20 y el 24 de junio en el hemisferio norte— que nos presenta Midsommar tenga muy poco que ver con la verdadera —que básicamente consiste en juegos florales alusivos al amor— y dista unos seis meses en el calendario de Santa Lucia, el 13 de diciembre, mi supina ignorancia en cuanto al folclore sueco se refiere me lleva a dicha asociación.
Un verano con Mónica, cuyo asunto versa sobre el enamoramiento de una pareja de jóvenes trabajadores —ella empleada en una tienda de comestibles, él en un almacén de vidrios— que deciden abandonar Estocolmo en una barca del padre de Lars, con rumbo a Örno y a las islas colindantes, conviviendo maritalmente cuando el amancebamiento era pecado incluso en Suecia —y en España provocaba ceguera la masturbación—, fue la película que dio a conocer a su realizador internacionalmente. Mutilada hasta en la misma Suecia, cuya junta de censura arrambló con una buena parte de las secuencias que mostraban borracheras, otro tanto con las referidas a las efusiones de Monika y Lars en la isla y, por supuesto, exigió la retirada de varios planos en los que las intimidades de Harriet Andersson se mostraban con prodigalidad.
En aquella España de la ceguera onanista, Bergman habría de ser objeto de una curiosa, empero frecuente, reprobación: la de la tergiversación de los diálogos en la traducción. Naturalmente, todos los desnudos y demás indecencias se suprimían. Pero el realizador, cuyo cine interesaba mucho a la Iglesia —El séptimo sello y Fresas salvajes (ambas del 57) eran dos clásicos de los cineclubes parroquiales— dada la espiritualidad que rezuma su propuesta, era enmendado en la traducción de los diálogos, por los religiosos adscritos a la Junta de Censura, para que su idea de Dios coincidiese con la de la España oficial. Ciertamente, ya no era la del nacionalcatolicismo, pero casi. Los tecnócratas del Opus, los curas obreros y el resto de las nuevas formas de entender el Evangelio, promoviendo una espiritualidad más activa en la sociedad, se hacían notar y se interesaban por Bergman. Eso sí, si en la adecuación de su idea de Dios a la oficial en la España de los años 60 se desvirtuaba la reflexión sobre el artista y su creación, otro asunto fundamental en el discurso del cineasta, daba igual.
En mi juventud, a comienzos de los años 80, en unos estudios que había en la madrileña calle de Vallehermoso, trabajé con un montador al que, en su momento, se le confiaban los cortes dictados por la junta de censura. En varias ocasiones me comentó que, de los militares, delegados del Movimiento y clérigos que integraban aquella inquisición, “los más activos eran los curas”, y que con el cineasta sueco tenían una fijación especial. Su idea de Dios, de la muerte, y de la fe les interesaba en grado sumo… No en vano, según las propias palabras del cineasta, “todo arte dramático carece de interés si no trata de las relaciones del hombre con Dios”.
Prefiero a ese otro Bergman que, preguntado por la prensa por su fijación con las hijas de Dios, respondió: “Todas las mujeres me impresionan: viejas, jóvenes, altas, bajas, gordas, flacas, anchas, pesadas, ligeras, guapas, feas, simpáticas, tontas, vivas o muertas. (…). Quizás me arregle mal con ellas, pero ningún hombre puede vanagloriarse de saberse desenvolver bien con las mujeres”.
En cualquier caso, en España, Un verano con Mónica —que ya en el título transmite sensualidad— no pudo verse hasta una emisión televisiva, ya en la Transición. La maternidad fuera del matrimonio y el abandono del hogar paterno eran asuntos incuestionables, por más aperturistas que fueran las nuevas concepciones de la fe. Particularmente, el filme es uno de mis favoritos de un realizador que por lo general me carga. Soy ateo, pero me gusta serlo en un entorno católico, y la gravedad luterana de Bergman me enerva. Por lo demás, soy alérgico al teatro, y la teatralidad del segundo hijo del pastor luterano Erik Bergman, que fue el cineasta, es superior a mis fuerzas.
Con todo, fue en Estados Unidos donde el filme sufrió los peores cortes. Habiéndose hecho con los derechos de distribución un auténtico desaprensivo que respondía al nombre de Kroger Bagg, cambió el título original por el de Bad Monica y sustituyó todas las secuencias que estimó oportuno, con planos tomados en un campo nudista de Long Island. En Los Ángeles hubo sesiones en que la proyección fue interrumpida por la brigada de moralidad (vice squad), que llegó a incautarse de cuantas copias pudo. Ya en épocas más recientes, la nunca bien ponderada Janus Films se hizo con los derechos de distribución, recuperando Un verano con Mónica tal como su autor la concibió y, en la actualidad, es la película de Bergman más vista en Estados Unidos.
Esa segunda edición de Suecia, infierno y paraíso que recuerdo no es otra que la del Círculo de Lectores, aquel encomiable club de lectura de cuando entonces, aunque en los suplementos literarios de enjundia estuviera mal visto citar las publicaciones de una iniciativa que acercaba a los domicilios de sus socios lo mejor del panorama editorial de hace más de medio siglo. “Queda como cutre”, te decían.
Es de suponer que la del Círculo —que al principio siempre cambiaba las portadas de los textos—, como era costumbre en la casa, llegó a sus lectores algunos meses después. Y fue que el otro día, viendo en streaming Torremolinos 73 (2003), la muy estimable cinta de Pablo Berger, una de esas concatenaciones de recuerdos con las que mi buena memoria me sorprende esporádicamente, procurándome tanto deleite, me devolvió a ese enigma que era Suecia —entre la gravedad luterana y el mito de su liberación sexual— para los lectores de Altavilla. Mito que en cierto sentido Un verano con Mónica, aunque anterior, pero a menudo vista con posterioridad por los problemas que tuvo con la censura en casi todas las carteleras, fue a rebatir.
Como es sabido, Alfredo López, el personaje incorporado por Javier Cámara en la cinta de Berger, es un vendedor de enciclopedias puerta a puerta —tal que aquellos del Círculo de Lectores—, que cuando el mercado se inclina a favor de los fascículos, se reinventa como realizador de porno amateur —distribuido en los países escandinavos— que protagoniza junto a su mujer. Cuando sus filmaciones, poco más que cortometrajes softcore, comienzan a ser buscadas con avidez en Escandinavia, se empieza a interesar por la realización cinematográfica y lo primero que hace es comenzar a leer estudios sobre Ingmar Bergman. Porque Bergman, pese a que Secretos de un matrimonio (1974), una de sus cintas más celebradas de los años 70, permaneciese toda una temporada en el cine Azul de Madrid, era un misterio entre la sensualidad de todas sus actrices y la espiritualidad de todas sus propuestas. Yo me quedo con un plano, ese que me descubrieron los artículos del gran Truffaut y el gran Godard: aquel en el que Mónica fuma mirando a cámara y —como se dice ahora— parece interpelar al espectador.


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