El cine Astoria, abierto en el número nueve del queridísimo Paseo de Extremadura de Madrid, prolongó su actividad entre 1951 y 1981. No faltarán lectores que aún recuerden este local como esa efímera sala de conciertos que fue a continuación. Señera en el tinglado musical de aquellos días —la edad de oro del pop-rock español— pero también fugaz, pues, a finales del año 84 —mediados del 85 todo lo más—, cerraba sus puertas. Después llegó la demolición del inmueble y hoy ocupa su antiguo solar un moderno edificio de viviendas —por así llamar a una finca que tiene más de treinta años— en la que lo único que hay abierto al público es una tienda de móviles y un conocido supermercado.
Ahora bien, el cine Astoria ya es otra cosa. Referencia obligada en mi nostalgia de la sesión continua, en programa doble desde las cinco de la tarde —todo un limbo de mi mitología personal—, el Astoria, hace ahora sesenta años, era el primero de los cines que había en el Paseo de Extremadura. Después estaba el Chiki, el Albarrán, el Lisboa y el Extremadura, propiamente dicho… En fin, aquel era el Madrid de los cines de barrio —podría seguir enumerando más y más—, pero el Astoria, a principios de los años 70, era uno de los más frecuentados por mi madre y yo. Tanto era así que, en el descanso, entre las dos películas, cuando pasaban los tráileres de la semana siguiente, siempre nos prometíamos que habríamos de volver, Y así fue. Mi madre era una señora de las de antes: siempre cumplió todo lo que me prometió. Aún me arrepiento de no haberla correspondido en tantas ocasiones. En fin, la recuerdo cuando la proyección alcanzaba esa secuencia en la que nosotros nos habíamos incorporado a la sesión: “A esto llegamos”, me decía, para que nos levantásemos y volviésemos a casa en el 39 o en el 36. Y yo, como si oyese llover. Hubiera seguido viendo el programa doble en un bucle sin fin, hasta la consunción de los siglos.
Al final caía en que afuera me aguardaba el Paseo de Extremadura —¡Qué bonito ha sido siempre!—, que la noche habría caído sobre él. De niño, cuando las sombras se cernían sobre ella, por desconocida entonces, mi amada ciudad me seducía aún más. Así que dejar el cine Astoria y coger el autobús, era como pasar del programa doble en sesión continua desde las cinco de la tarde al cinéma vérité con esos ojos ardiendo como faros que te dejaban las maravillas del cine de los sábados, sobre los que escribe en un célebre poema Antonio Martínez Sarrión. Y yo, siempre que evoco aquella dicha antigua, por el lirismo con el que la recuerdan estos versos, lo vuelvo a citar.
Entre decenas de cintas, que no procede ahora sacar a colación, en el Astoria, vi por primera vez Estación 3 ultrasecreto (Jonh Sturges, 1965), El oro de Mackenna (J. Lee Thompson, 1969) y, también fue en aquella pantalla, en uno de aquellos primeros sábados de mi vida, donde descubrí a Jenny Agutter incorporando a Roberta Waterbury, una joven de Londres, trasladada con su familia a la campiña, que todas las tardes va junto a sus hermanos a esperar el convoy que habría de devolverle a su padre, injustamente preso, en Los chicos del tren (Lionel Jeffries, 1970). Basada en la novela más celebrada de Edith Nesbit, aquella era la historia de un mundo feliz que de repente se venía abajo, un temor que siempre obró, como una espada de Damocles, sobre la dicha que compartimos mi madre y yo.
Separada desde que yo apenas tenía unos meses, para hacer de mí el niño más feliz del mundo, trabajaba en tres sitios. Por las mañanas era funcionaria, por las tardes daba clases de inglés en un colegio que había “al final de la Avenida de la Reina Victoria” —que indicaba ella a los taxistas— y a esa hora en que el afternoon y el evening se confunden, seguía iniciando a niños en la lengua de Malcolm Lowry, bien en clases particulares, bien en una academia de una señora tan católica como ella. Y cuando llegaba el sábado, seguía sacrificándose por mí: siempre íbamos a ver las películas que yo quería. Nunca merecí tanta dedicación. Una de sus cintas favoritas era Un hombre y una mujer (1966) de Claude Lelouch. Sin embargo, esperó varias temporadas para ir a verla, hasta que a mí empezó a darme vergüenza que me vieran con ella las chicas y en la cartelera no había ningún western —que mi madre, naturalmente, detestaba— que me apeteciese ver a mí.
Cuarenta y tantos años después tuve oportunidad de entrevistar a Lelouch en la II Muestra del Cine Europeo de Segovia, le conté esta misma historia y se quedó maravillado. Sé que, si algún día pudiera contarle a Jenny Agutter lo que ella, su personaje de Roberta Waterbury en Los chicos del tren fue para mi madre y para mí —como ese símbolo de esperanza que fue el Daily Planet a la gran ciudad de Metrópolis en los días de la Gran Depresión—, se quedaría más o menos igual que Claude Lelouch.
La autora de mis días que en buena lógica era anglófila —por su empleo y por lo feliz que fue en el Londres de su juventud, “el Londres de los teddy boys”— pese a que de joven iba a misa con mantilla —en “Jueves Santo, en Corpus Christi y en el Dia de la Ascensión”— era amiga de todas las inglesas y estadounidenses que había en el Campamento de mis primeros años. No muchas, la verdad, pero alguna que otra sí. Las películas ambientadas en la campiña inglesa contaban entre sus favoritas. No recuerdo cual era el otro título de aquella sesión de Los chicos del tren. Pero aquel programa doble nos hizo felices a los dos. Esas secuencias, en que Roberta y sus hermanos acuden todas las tardes a ver pasar el tren, nos dieron que hablar durante meses, y muchas esperanzas, a mi madre y a mí.
Nacida en Somerset (Reino Unido), en 1952, como todas las actrices jóvenes de los años 70, Jenny Agutter se vio abocada a ciertas procacidades. La primera de las suyas fue el baño desnuda, con un aborigen, un joven que está cumpliendo su ritual para ser hombre, en Walkabout (Nicholas Roeg, 1971), y decide ayudar a la chica y a su hermano a salir del desierto donde, tras suicidarse repentinamente, les ha dejado tirados su padre. El escándalo de aquel desnudo fue mayúsculo. Aquellas políticas de las Generaciones Robadas y otros procedimientos, claramente racistas para el blanqueamiento de la población aborigen australiana, oficialmente habían dejado de funcionar unos meses antes de que Roeg iniciase el rodaje. Pero eso de que una australiana caucásica se bañase desnuda junto a un aborigen, como era el caso de la chica incorporada por Jenny en Walkabout, era algo tan insólito y escandaloso como unos meses después habría de serlo la mantequilla de Marlon Brandon y Maria Schneider en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972).
Aquella que se iniciaba con estas cintas fue una cartelera hostil a las personas como mi madre, y el mismísimo John Ford, que consideraban que los desnudos son pecado. Ni que decir tiene que ese no es mi caso. Repito, una vez más, que el destape —común a todo el cine de los años 70, no solo al español— fue la aportación de la pantalla a la revolución sexual. Pero no es menos cierto que hace ahora medio siglo había mucha gente —varias generaciones— a las que les traía sin cuidado la revolución sexual. Para ellos el sexo se limitaba a la procreación, lo practicaban a oscuras y, fuera del matrimonio, era un pecado mortal.
Cuando comprendí lo que agredían a mi madre los desnudos de las actrices, ¡con lo que me gustaban a mí!, empecé a sentirme incómodo cuando estábamos viendo una película juntos y —como decía Vicente Aranda— llegaba lo interesante. Así que dejé de ir a ver cintas protagonizadas por Jenny Agutter junto a la autora de mis días. No quería que esa delicadeza, pureza y melancólica inocencia, con la que nos había cautivado a los dos juntos la joven Jenny en Los chicos del tren, se me viniera abajo como todas aquellas cosas inculcadas en la infancia —empezando por la fe de la teacher—, en las que, ya en la adolescencia, dejé de creer. Jenny Agutter era una de las chicas etéreas del cine de aquel tiempo, y para que nunca se rompiera aquel candor con el que la descubrimos en los 70, prefería no ir a ver las cintas que protagonizaba junto a mi progenitora. Con todo, conviene no olvidar que, en la secuencia epilogal de la cinta, se nos muestra a la chica convertida en una mujer casada —léase en la criada de su marido— y recuerda aquel baño con el joven aborigen como una antigua felicidad. Pese a los primeros recelos, el candor de aquella chica sin nombre incorporada por Jenny era el mismo que el de Roberta Waterbury.
Di cuenta de Walkabout ya cinéfilo, ya mayor, muchos años después de que mi madre cogiera el tren sin regreso y me dejase preguntándome si algún día podría llegar a ser valeroso y leal como lo fue ella e intentó enseñarme a serlo yo. Una pequeña paráfrasis de aquella pregunta que se formula Arthur Chipping (Peeter O’Toole) al final de la segunda versión de Adiós, Mr. Chips (Herbert Ross, 1969) —otra de aquellas cintas ambientadas en Inglaterra que tanto le gustaban a mi madre. Esta la vimos un domingo en el cine Paz de la calle de Fuencarral. La pregunta, que no es sino el lema del colegio donde ha impartido sus enseñanzas durante toda su vida laboral, se la formula Chipping —Mr. Chips para sus pupilos— llegado el día de la jubilación.
No. Yo nunca he sido digno de ninguno de los esfuerzos de mi madre para sacarme adelante. Me di a tantos placeres y disipaciones cuando al fin pude entregarme a las famosas noches del amado Madrid que, como decía ella, el Diablo no hubiera tenido por dónde cogerme. Aun así, nunca he podido ver a Jenny Agutter como al resto de esas actrices procaces, que a la postre acabaron siendo auténticas heroínas de la revolución sexual. Su belleza era serena, luminosa y atemporal. Era una chica etérea, flaca y triste, como las que me gustaban a mí de soltero, en las noches del amado Foro de mi juventud. Nada que ver con esa energía, tan terrenal, de otras actrices.
Nunca he podido —ni he querido— quitarle a Jenny el candor de la chica del tren. Ni siquiera en su creación de la Jessica 6 de La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976). Basada en una distopía de William F. Nolan y George Clayton Johnson, y ambientada en una arcología del siglo XXIII, es esta una fantástica cúpula que recibe su energía del mar. En su interior se ha superado la guerra, el hambre y la superpoblación, alcanzándose a la vez el equilibrio ecológico y el hedonismo más absoluto. En efecto, hablamos de un lugar donde se vive para el placer. Pero, a los treinta años, hay que dejarse matar en una suerte de vistoso holocausto: está prohibido envejecer. En esta arcología, en este otro mundo feliz, Jessica 6 es una bella joven —Jenny siempre era una bella joven, pero también algo más— que se ha metido en una red de intercambio sexual. Es este un procedimiento que, en lo único que difiere de los clubes dedicados a esas mismas búsquedas en nuestro mundo virtual, es en que te introduce en la morada de quienes buscan placer. Aunque no llega a nada con ella, hay algo en Jessica —su mirada expresiva, su porte pausado— que llama la atención de Logan (Michael York) y emprenden la fuga juntos.
Otra fuga notable de uno de aquellos personajes que recreaba Jenny Agutter fue la de Catherine, otra mujer sojuzgada por su marido que decide escaparse con un asesino a sueldo incorporado por Fabio Testi en Clayton Drumm (1978). Fue aquel un extraño western codirigido en España por Monte Hellman y Toni Bradt. En sus secuencias, la actriz inglesa compartía cartel con Sam Peckinpah, Isabel Mestres o Warren Oates, quien daba vida al marido brutal. Aquel fue uno de los primeros acercamientos de Jenny Agutter a la serie B. En una carrera tan dilatada como la suya, habría más,
Completa la filmografía ideal de mi admirada la Molly de Ha llegado el águila (John Sturges 1977) y la enfermera Alex Price de Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981). Nunca he querido verla envejecer en títulos como Muñeco diabólico 2 (John Lafia, 1990) y otras cintas menores que, junto a sus colaboraciones televisivas, se prolongan hasta nuestros días. Me quedo con ella en la arcología de La fuga de Logan. Todo un clásico de la ciencia ficción británica en el que Jenny luce sutil y soñadora, como esos versos de Antonio Martínez Sarrión que me alcanzan en lo más profundo del corazón.


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