Cierto día de hace cinco o seis años, no sabría precisar más, entré, como tantas otras veces, en la librería Alejandría de Azuaga, un pueblo —mi pueblo— de la Campiña Sur extremeña. Pero ese día no fue como los demás, porque ese día conocí a Julio Alejandre. Hablaba con Manolo, dueño y guardián de un espacio donde, de tan alejado como está del bullicio de las capitales e incluso del trajín diario de la comarca donde se emplaza, el tiempo se detiene. Julio se levantó a saludarme: llevaba un sombrero que se había quitado y que descansaba entre sus manos, camisa de manga corta y pantalones anchos. La claridad que entraba por los dos grandes ventanales que hay al fondo ejercía un contraluz que me cegó por un instante. Cuando logré enfocar la vista, observé que me tendía la mano. Desde entonces no se la he soltado.
Julio Alejandre recrea océanos de tiempo con una profundidad cuya superficie apenas podemos arañar. A medida que leo sus novelas deseo más fervientemente ser un historiador especializado para poder completar y apreciar verdaderamente el mundo que reconstruye para nosotros. Pero no es así. Sin embargo, a los lectores comunes, no doctos, como somos la gran mayoría, esta ignorancia nos proporciona otros modos de disfrute, como son el aprendizaje, la sorpresa o la asimilación. Y la maestría de Julio, su signo distintivo, repito, es la profundidad con la que lleva a cabo este insondable trabajo. Además, lo hace sin mermar un ápice la trama. Los grandes momentos o gestas épicas como la batalla naval de las Azores o la llegada y paso de La Grande y Felicísima Armada por el Canal de la Mancha son narradas con el mismo detalle que la forma en la que una mujer, recostada en un banco con esteras de cáñamo, teje el manto de lana que servirá para arropar a su hija del frío cuando llegue el invierno a la pequeña aldea de la campiña inglesa donde viven, después de haberse privado de asistir, por la mañana, a una misa católica por miedo a las represalias de su familia política protestante; o las dificultades que tendrá la tripulación de un galeón durante la carga y descarga de sus enseres al llegar a puerto; o la forma en la que los amoríos, ocultándose entre mantillas y disfraces, comunicándose con notas u objetos cuyo significado sólo ellos entienden, sortean las privaciones sociales para conseguir lo que tanto anhelan. Julio nos empuja a mirar con lupa, como si fuese un miniaturista histórico, las costumbres, muchas caducas a día de hoy, de esta ancestral cultura nuestra. Cada página, cada capítulo de las novelas es de suma importancia para el todo que nos pretende mostrar, y dotan a sus historias de esa consistencia inquebrantable que las caracteriza. Suele decirse que el rigor histórico a la hora de novelar puede matar la arbitrariedad y atenuar el encanto o embrujo de la trama, pero Julio —y, en mayor o menor medida, otros muchos como él, por fortuna; de lo contrario, la novela histórica no sería tan popular— bucea tanto y tan pacientemente entre los entresijos de la realidad que saca a flote unos matices poco comunes, curiosos e inesperados; matices que nos hechizan. El brutal e infinito realismo que plasma en sus novelas acaba siendo mágico.
Del Caribe a las Azores, de las Azores a Lisboa, de allí al Canal de la Mancha y a los mares del Báltico y más tarde a las costas de Irlanda o al norte de España y Portugal, pasando por infinidad de ciudades, islas, puertos, así zarandea Julio a unos personajes que se unen y se separan como era menester en aquellos tiempos de largas y lentas travesías, de piratas, corsarios y grandes flotas, época en la que el mar había cobrado ya una importancia capital en el destino de las monarquías e imperios. Y el nuestro, Julio lo sabe de sobra, era el mayor de todos. Un Imperio que todavía no había alcanzado su auge, aunque no faltaba mucho, alrededor de medio siglo. Auge que coincidiría, década arriba década abajo, de forma tenebrosamente premonitoria, con la aparición del Quijote —que Julio ha diseccionado e interpretado hasta la extenuación para cimentar su obra—, como si después de sus páginas ya no hubiese mucho más que decir y sólo quedase contar lo mismo de distintas formas; como si Cervantes, junto a sus coetáneos y los que vinieron justamente después, que también hicieron correr tinta al respecto, presintieran que íbamos a necesitar un manual de desengaño, que habíamos llegado a un pico desde el cual sólo quedaba caer; aunque, a falta ya de hombres como el Duque de Alba o Álvaro de Bazán, a quien despedimos con enorme pena y algo de congoja en la segunda entrega de la trilogía, La Armada de Dios, todavía era el nuestro un Imperio que hacía temer al mundo y que se imponía a sus adversarios no sólo en los mares, pues la Armada Invencible pudo ser un fracaso, como nos narra Julio, pero no una derrota, sino también, o sobre todo, que obtenía la gloria sobre los lodazales continentales, donde la tierra temblaba y el adversario se estremecía ante la llegada de los tercios.
Hace unos días charlaba sobre esto con el propio Julio Alejandre y con Manolo, cerveza en mano. Atardecía tras las estepas de los extensos campos anaranjados, visibles a través de los ventanales de la librería Alejandría, que se encuentra en lo alto del pueblo, y los últimos rayos de Apolo acariciaban las estanterías en las que Manolo tiene los libros prohibidos para la venta; esos que sólo puedes leer si vas allí, libre de toda prisa, y te sientas en los sofás que hay al lado. Cuántos momentos como estos tengo ya en la memoria; y qué ilusión me hace dejar uno de ellos aquí, en Zenda. Uno que los aúne todos, o que me invite a evocarlos cuando pasen los años y vuelva a estas líneas. Ya sabéis: libros y amigos. Hablábamos, decía, sobre el efecto que produce en nosotros el arrope, el sostén de un pasado, tanto histórico como literario —aunque siempre van de la mano— que ensalce los valores que nos hacen mejores. Y que señale los que no, claro, para tomar nota y no tropezar con las mismas piedras. Julio, Manolo, Antonio Fuentes cuando se pasa por allí y un Checa que nos falta, pero que nos observa desde el hueco que hay entre su estantería y su guitarra, me acogen en la conversación, tanto a mí como mi amigo, o hermano, Javier Cruces, cuando coincidimos allí, con la diligencia de quienes saben lo que supone para unos jóvenes como nosotros sentirse escuchados por perros viejos, templados y sabios. Sin embargo, no se nos escapa que todo lo que tenemos que contarles ya lo saben, sea por haberlo vivido, leído, o por ambas cosas; que vienen de vuelta. Y aun así se detienen, nos prestan atención y nos introducen en la conversación como si fuéramos de su quinta, sin corregirnos en exceso y dejando que sea la vida la que derribe nuestras certezas y nos brinde nuevas esperanzas, aunque tarde o temprano terminen igualmente deshechas y tengamos que buscar otras, hasta poner el foco, finalmente, en lo único que nos ha de salvar: el camino. Que no la meta.
Así que, risueño y esperanzado, les lanzo la cuestión de si llenaremos Alejandría a principios de agosto de este verano de 2026, en la presentación de La derrota del Dragón, y si la gente acudirá a hablar de Historia y de literatura, a hacer balance de nuestros aciertos y fracasos, a poner en perspectiva lo que fuimos y a absorber puntos de vista que nos enorgullezcan y otros que derriben certezas, sanen ciertas heridas y nos unan en lugar de separarnos. Y ellos, tras mirarse como mira Alatriste su copa de vino antes de responder a Íñigo Balboa, quizás intentando, aunque sea ligeramente, no dilapidar del todo la ilusión que todavía brilla en los ojos de su pupilo, me responden que no cuente con un lleno absoluto, pero que la gente acudirá. «¿Hay algún llamamiento oficial? ¿Anunciará el ayuntamiento la presentación?» pregunto con una fe un tanto ingenua. Como no contestan, continúo con mi argumentario: «Joder, Julio. Además de lo que has conseguido, llevas años organizando jornadas literarias, trayendo a Azuaga a autores y autoras de altísimo nivel y promoviendo la cultura en toda la Campiña Sur con la asociación de Escritores Entre Pueblos. Eres de Primera División Literaria. ¿Nunca te han dado ningún reconocimiento, por escueto que fuese?» Siguen sin contestar. «Y tú igual, Manolo» añado, cada vez más exaltado. «No conozco librería que organice más presentaciones y lleve a cabo tantos actos culturales». Finalmente, tras unos segundos de pausa, se miran entre sí y esbozan una extraña sonrisa que me descoloca. «¿Te pongo otra cerveza, joven escritor?», dice Manolo por toda respuesta. Y a mí se me bajan los humos de un plumazo.
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Autor: Julio Alejandre. Título: La derrota del dragón. Editorial: Pàmies. Venta: Todostuslibros.


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