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Último paso, de Yordán Slaveykov

Último paso, de Yordán Slaveykov

Esta novela, primera del dramaturgo, es un retrato de familia levantado con los recuerdos de cada uno de sus miembros. Narrada en una primera persona, explora las dificultades para componer la propia identidad en el entorno del clan.

En Zenda ofrecemos un extracto de Último paso (La Tortuga Búlgara), de Yordán Slaveykov

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EL HERMANO MENOR

Siempre me ha atraído la muerte. El cementerio del pueblo donde nací y donde viví hasta los veintitrés años era mi lugar preferido para evadirme. Nuestra casa era la penúltima del pueblo y al cementerio se iba por un camino de tierra que llamaban el Camino Viejo, quién sabe por qué. No hay forma de confundirlo, ya que sigue la línea del ferrocarril. Me encantaban las tardes calurosas, cuando mis padres descansaban del trabajo físico diario que suele haber en cualquier casa del campo. En ese momento abría la cancela con cuidado para que no rechinara, la cerraba aún con más cuidado y la emprendía por el Camino Viejo hacia el cementerio. Más adelante, al morir mi madre, hacía el camino desde nuestra casa hasta el cementerio en unos quince minutos. Cuando era un niño necesitaba al menos media hora. Para llegar hasta allí, había que cruzar un peligroso cruce ferroviario: no había barrera, sino una señal acústica. Siempre me imaginaba que por alguna razón tenía que echarme a correr entre ambas vías justo cuando la señal comenzaba a pitar. Me echaba a correr hasta sin señal. Por el morbo. Por el peligro. A veces me paraba, me quitaba las sandalias, pisaba por el raíl recalentado por el sol y esperaba a que empezara el pitido. El sonido del tren acercándose resonaba, recorría varios kilómetros, alcanzaba mis pies descalzos, fundiéndose con mi cuerpo. Así lograba sentir la fuerza, la grandeza, el peligro del tren. Dejaba que su sonido se fundiera conmigo durante algunos segundos y luego daba un salto. Me ponía las sandalias, me echaba a correr por las cuatro líneas paralelas y por el mismo Camino Viejo llegaba hasta el cementerio.

Estaba en una colina, había árboles plantados junto a las tumbas, abundante hierba entre los árboles y muchas, muchas flores. No en las tumbas, sino vivas. Y muchos pájaros. Nunca había silencio. A pesar de la creencia de que el hogar eterno era un lugar tranquilo, podía oírse el cantar de los pájaros hasta en el día más caluroso del verano. Me encantaba encontrar tumbas que no había visto antes. Me sentaba cerca de la tumba, guardaba silencio. Miraba la lápida. Trataba de calcular cuántos años había vivido antes de acabar ahí. Contenía mi suspiro, intentando no respirar. Solo de esa forma era capaz de explicarme la muerte. Alguien que no respira y que tiene los ojos cerrados. Hoy ya no me la explico de esa manera. No es que tenga gran importancia. El muerto siempre tiene los ojos cerrados y nunca respira. Me encantaba mirar lápidas bonitas. De mármol. Con nombres y años tallados en el mármol. Con una valla alrededor de la tumba. Con jarrones a ambos lados de la lápida. Me parecía correcto que, si habías querido a una persona en vida, hicieras de su última vivienda un lugar bonito, una vez muerta. Mi mente de niño pensaba también lo contrario. Si no quieres al fallecido, entonces pon en su tumba una simple cruz de madera y ya está. Me quedaba allí un buen rato. O hasta que me entrara hambre —lo que es lo mismo cuando eres un niño—. Emprendía el camino de vuelta a casa en paz. La tristeza que yacía en mi interior dialogaba con la tristeza sedimentada en los velos. Se lograba un cierto equilibrio. Volvía a casa aliviado. Hasta la próxima vez, cuando volvería a escabullirme en silencio y guardaría silencio, mientras la tristeza en mi interior empezaba a conversar con la tristeza sedimentada en velos ajenos.

De toda mi familia quería más a mi madre. Cuando se enteró de que estaba embarazada de mí, se asustó. Ya tenía dos hijos. Un hijo y una hija. Eran pobres. En la época del denominado «socialismo desarrollado» y la «economía planificada» había trabajo para todos. Mal pagado, pero seguro. No pasábamos hambre, pero el dinero solo alcanzaba para lo imprescindible. Comida, ropa, zapatos, leña y carbón. Nada de despilfarros ni lujos. Le dijo a la familia que estaba embarazada. Un hijo inesperado. No deseado. Le recomendaron que me quitaran del medio. Un término más cómodo. No hablas de una persona, a la que se mataría. Se quita del medio una cosa, algo. Ella les dijo: «¿Quién va a cuidar al niño? ¿Vosotros o yo?». Donde hay comida y cama para dos, los hay para tres. Me dejó nacer. A finales de agosto, embarazada de nueve meses con la azada sobre el hombro, fue con mi padre fuera del pueblo, cruzando un río y un puente inestable de madera, a regar nuestro jardín acuático. Todo el pueblo tenía una parcela en aquella zona. Unos doscientos metros cuadrados de área cultivable donde se sembraban pimientos, tomates, coles… Mi madre había separado con flores los bancales de diferentes verduras. Las vecinas se extrañaban, ya que así se perdía espacio. Ella sonreía y contestaba que quería que fuera colorido. El único jardín acuático con flores. Había ido con mi padre y empezó a sentir contracciones, rompió aguas. Empezó el parto. Fue largo y doloroso. Estuvo dándome a luz más de cuarenta y ocho horas. Callada. Decía que gritara o no, el dolor no disminuiría. Tenía un sentido del humor muy agudo y especial. Era superirónica. Cuando me dio a luz, le dijo a la matrona: «Me ha destrozado. Ahora dádmelo, que lo voy a estrangular». Recibió una respuesta en el mismo tono: «Ya es tarde, camarada. Tendrías que habértelo pensado hace nueve meses». La cesárea no había llegado a las pequeñas ciudades, como en la que nací, ella no quería que me extrajeran con los fórceps, aunque también sería imposible. Nací del revés, de culo, no como los otros niños: de cabeza. De culo, con las manos alrededor de la cabeza. No como los otros niños.

Siempre he sido eso. No como los otros niños. Estuve hasta los cinco años enfermando. Mucho. Bronquitis, neumonía, ganglios linfáticos inflamados. Operación. Recuerdo la última vez que me ingresaron. Un cálido día de primavera. Mi madre me había llevado a la casa de al lado, donde vivía una abuela sola. Recuerdo el color de su casa. Amarillo. Una casa amarilla de dos plantas, me parecía enorme. Y unos amplios escalones que llevaban a la planta donde vivía. La planta baja era realmente un sótano enorme. En la casa había un niño de mi edad, el nieto de la abuela. Las mujeres hablaban en una habitación mientras nosotros empezamos a jugar al pillapilla. Las puertas y ventanas de las dos habitaciones estaban abiertas. Eso lo recuerdo. Iba tras él, él huía. Recuerdo la habitación. Una ventana frente a la puerta. Una cama grande en medio. Un armario a la izquierda. Robusto. Marrón. El niño saltó sobre la cama y decidí darle el encuentro por el otro lado, di un paso… y me caí. Volé. Estuve volando. En el suelo de la habitación había un agujero tapado con una alfombra. Muy grande. El niño, que lo sabía, lo esquivó. Yo lo pisé. Y me caí. Directo al sótano. Mi vuelo fue breve. Alrededor de un segundo.

No sentí dolor. Solo oí un crujido en mi cabeza. Luego perdí el conocimiento. Me llevaron al hospital. Un caso sin esperanza. Así le dijeron a mi madre. Un caso sin esperanza. Algo como un «quítalo de en medio». Rompió a llorar. El médico le dijo: «No llore más, camarada. Tiene dos hijos más». Nadie se atrevió a operarme. Dos vértebras cervicales fracturadas. Mil novecientos ochenta y uno. Mobiliario médico prehistórico. Pese a eso. Y, pese a eso, el asesor nacional de pediatría dio su opinión. Y el nombre del médico. Trajeron en helicóptero al doctor desde otra ciudad. Siguió una larga operación de horas. Después de ella entré en coma. Les dijeron a mis padres que existía la posibilidad de que nunca me volviera a despertar. O que, si me despertaba, podían quedarme daños cerebrales. Pasé ocho noches en ese estado… Ocho noches. Me desperté el octavo día después de la operación, por la tarde. La miré. Estaba sentada en una sillita infantil junto a mi cama, esperando a que despertara. Le dije que tenía hambre y rompió a llorar.

En un primer momento no le permitían a mi madre que me viera. Que esperara en la habitación a mi lado. Esa era la norma. El niño tenía derecho a un acompañante hasta los dos años de edad. Yo tenía cinco. No sé qué es lo que habló y cómo lo consiguió, pero durante mi estancia en el hospital, mi madre estuvo en mi habitación. Pasó así más de medio año: sentada en una sillita infantil junto a mi cama. No había ninguna otra cama para ella. No le correspondía. Dormía sentada en aquella sillita, apoyando la cabeza sobre mi cama. Una madre. La madre. Mi madre. Cuidaba en la habitación de otros cuatro o cinco niños. Chavales. Mayores que yo. Encamados, como yo. Darles de comer, pasarles un trapo por el cuerpo a modo de ducha, cambio de orinales.

Solo recuerdo a uno de ellos. Más adelante me contaría en detalle. Su familia iba de camino a la playa. El padre conducía. El chófer de un camión que venía en sentido contrario perdió el control y se estrelló contra su coche. Lo dejó destrozado. El padre, la madre y la hermana del chico murieron en el acto. Cada jueves y domingo sus abuelos venían de visita. Además de fruta y zumos, traían ropa en diferentes bolsos. Iban a los aseos de la planta, se quitaban la ropa de luto y se ponían ropa normal. Entraban en la habitación. Todas las veces preguntaba dónde estaban sus padres y su hermana pequeña. Le respondían que estaban bien, recuperándose, que lo querían mucho, que tenían muchas ganas de verlo, que vendrían muy pronto… Entonces tendría unos doce o trece años. No sé si se daría cuenta de que le estaban mintiendo. Seguramente. Un día le dijo a mi madre: «Dame agua, mamá». Y se puso a llorar. Sin parar.

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Autor: Yordán Slaveykov. Título: Último paso. Traducción: Marco Vidal González. Editorial: La Tortuga Búlgara. Venta: Todostuslibros.

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