No está en ningún mapa; los lugares verdaderos nunca lo están.
Herman Melville
No quiero caer en ese lugar común abarrotado como un hospital público de empezar respondiendo a la pregunta ¿qué le dirías a tu yo de quince años? Yo no soy Marty McFly ni tengo algo para decirle. Pero por suerte, hace un par de años, un adolescente uruguayo que ahora debe de andar en la edad del voto en blanco, me dijo:
Las preguntas así siempre me desconcertaron. Dar un consejo, para un oficio como este, me hace sentir como si me consultaran cuál es el mejor lugar para respirar. Yo le diría: en cualquier lado, es el mismo aire, salvo algunas zonas de China y Bangladesh donde hay mucho smog. Pero enseguida me diría:
—No, a mi me dijeron que hay un pueblo en Chile donde se respira mejor, donde se respira el verdadero aire, el auténtico aire, el mejor aire del mundo.
Y yo le daría cuerda:
—¿Ah sí?
—Sí, es un aire distinto: reduce el colesterol y te deja vivir con dos horas de sueño como si hubieras dormido nueve.
Entonces le recomendaría que vaya a Chile a buscar ese pueblo, que lo encuentre cuanto antes. Que se decepcione rápido, antes de los veinte, si es posible. Perdete, le diría, perdete un par de años. Así destilás los prejuicios que venimos heredando hace cinco milenios.
La mejor ayuda para un escritor, creo yo, sería dejarlo solo en un bosque durante dos años con un hacha y un fósforo, y preguntarle a la vuelta si todavía tiene ganas de sacarle punta a un lápiz. En la mayoría de los casos volvería un leñador. Y en otros un pirómano.
Cuando te preguntan cómo ser escritor, si uno es medianamente serio y respeta un poco a la persona que tiene enfrente, vas un poco más a fondo. Le dirías que el primer paso sería poner a prueba su deseo. Ver si la llama de la vela resiste los bufidos. Los deseos de la gente son lo más importante del mundo, y hay que probarlos igual que se hace con los materiales. Control de calidad, se dice en la industria: hay que pegarles martillazos, tirarlos de un noveno piso, dejarlos dos semanas bajo el agua, asfixiarlos, hervirlos en una cacerola, prensarlos con un camión de basura, y ver si siguen intactos a la vuelta.
—Querido adolescente uruguayo, sudamericano oriental de pura cepa, bebedor de mate y agua dulce, ¿realmente querés ser escritor, o viste fotos de Hemingway con una escopeta y barba griega, o García Márquez con un libro en la cabeza, o a Pérez-Reverte hablando del mar con Jordi Wild? Se los ve lindos, sí, llenos de vida.
La mayoría de las cosas por las que la gente dice que quiere ser escritor, o abogado, o médico, no tienen nada que ver con el arte, ni con la justicia, ni con la salud. No tiene sentido que yo hable de fama, porque no soy famoso, pero hoy en día la apariencia de la fama está al alcance de cualquiera. Instagram, Tik Tok, YouTube te permiten poner tu vida al alcance de las manos. Hay muchos artistas que, ni bien les dan una beca, una publicación, una galería de arte y un par de entrevistas, quedan secos como flores marchitas. Parecen haber encontrado lo que buscaban. Me hacen pensar en esos perros que ladran tras la reja: podrían estar años y años ladrando hasta que uno abre, y se quedan desconcertados, sin motivos ya para ladrar. Y ahí uno se da cuenta de que muchos artistas querían su foto en blanco y negro con un cigarrillo en la boca a lo Albert Camus, querían una cita suya en Instagram.
Querían dominar su tiempo, no ser escritores.
Entonces volvería a mi adolescente uruguayo, para ver si merece el pase a planta:
—¿Escribís todos los días? ¿Cuando dejás de escribir empezás a sentir algo semejante a la abstinencia? ¿Recordás esa peca bajo el párpado que viste a los tres años?
Si me responde que sí a las tres cosas, todavía no le creería nada, pero empezaría a considerarlo.
—¿Creés que estás solo en el mundo?
Si me dijera que sí, le diría que buscara un trabajo en blanco. Si me dijera que no, le diría que lo suyo está en la iglesia o en Greenpeace. Ahora, si me responde “no, no creo que esté solo, sé que estoy solo”, entonces le apoyaría una espada en el hombro y lo mandaría a la calle con una Bic trazo fino y una libreta de trece por dieciocho:
—El mundo es tuyo, cuidate del aplauso.
—¿Qué tiene?
—Confunde. Es peor que el pucho.
Hace poco me sorprendió una paloma flaca con una lombriz en el pico, había olvidado que cazaban. Era ligera. Las de las plazas se la pasaban caminando, más gordas que un pollo, de pan en pan entre la gente.
Una plaza es lo peor que le puede pasar a una paloma.
El espíritu es lo más importante, eso le diría al uruguayo. Mantenete alejado de los talleres de lectura. La gente no es mala, el veneno es la costumbre. Leer es íntimo como una cama para dos y solo deberías confesarle tus sentimientos a una página blanca en medio de la noche, rodeado de negrura, totalmente consciente del espacio infinito que hay entre los astros. También deberías sentir que solo sos escritor mientras estás escribiendo. No le mientas al del censo, decile que sos minero o suicida profesional o limpiavidrios de rascacielos, pero no escritor si en ese momento estás parado hablando con él. Participá de concursos, ganalos por votación dividida, retirá la plata, las copias o lo que sea y volvé a casa a escribir, o al baño de la estación de servicio, o al ascensor del shopping, o a donde sea que escribas. Y le diría, sobre todo, que viviera mucho, que hable con taxistas, que aprenda a hacer hermosas sillas de pino y escuche los problemas de esa encargada de limpieza que se levanta a las cuatro de la mañana para desinfectar las oficinas de una empresa de tecnología e irse antes de que lleguen los CEOs. Que observe y se mezcle con la vida, porque no hay nada peor que un artista que se sube a la punta del Obelisco y escribe el mundo desde ahí. Lo suyo es la cartografía. No creas en escuelas, ni en Frankfurt, ni en el formalismo ruso, ni mucho menos en mí. Aprendé rápido que la gente odia, envidia y tiene mucho miedo, pero todo lo van a disfrazar con ideales, normas, himnos.
No vivas de mapas, lo tuyo es el barro en los zapatos.
El mundo es bastante azaroso, muchos artistas mueren olvidados y cincuenta años después los rescata otro que llegó a la fama: Weaver rescató a Melville, Borges a Macedonio, Bukowski a Fante, por nombrar algunos casos célebres de amnesia colectiva. Obre o no la suerte, y casi siempre obra, el escritor debe ser elegido por el tiempo. ¿Qué sentido tendría un escritor elegido solo por escritores? Es una especie de democracia del tiempo. Si Homero sigue vivo en La Odisea de Nolan, si seguimos leyendo los Diarios de Ana Frank, si seguimos escuchando a Maradona, es porque han resistido el paso del tiempo. Ningún cheque en blanco puede comprar a las nuevas generaciones, porque no nos deben nada. Borges no puso un peso, puso su vida, que pesa un poco más. Si la literatura debe hablar del mundo y de la realidad, uno entiende por qué Dickens, Dostoievski, Lispector, fueron tan importantes. Si un tipo vuelve de llenarse las manos de callos en la fábrica o en la obra y yo le hablo de la pureza del idioma, de la muerte del autor o de la cosa en sí y el dasein, va a pensar que le estoy tomando el pelo. Y va a hacer muy bien en pensarlo. Y haría bien en quemar mi libro en una noche de frío.
Los artistas más recordados se ganaron sus lectores porque lograron hablar de la aventura de vivir, pusieron a la gente cara a cara con el tiempo, la llenaron de presencia, hicieron visible la erosión constante, la que nos llena de arrugas y caries, de pelos en la ducha y arteriosclerosis. Hablaron de la vida y de la muerte y no esperaron un permiso para hacerlo, porque ya habían pagado el peaje hacía tiempo, al nacer.
Y después le diría al adolescente uruguayo que pasara por casa una vez por semana, durante un año, que me trajera borradores, miles de borradores, y le intentaría enseñar todas las técnicas que pude aprender, y después le diría que no me busque más, porque yo también escribo y necesito estar solo para que no se me muera la ardilla que llevo enjaulada entre las costillas.
Y si sobreviviera a ese período de prueba, ambos viviríamos el resto de nuestras vidas escribiendo desde nuestras cuatro baldosas, y nos respetaríamos y leeríamos los libros del otro como dos que necesitan apagar la luz para decir su nombre.
***
La primera verdad es el latido. Antes de abrir los ojos, antes de ver el mundo, antes de ser tu nombre, tu corazón ya te protegía.
No sé calentarme con el fuego, no sin quemarme.
Mirar con frío, mirar temblando el fuego.
Esa distancia.
Volver a hacer del mundo algo posible. Los pies se cansan, también, de no apoyarse.
Recuperar el sueño, esa es la tarea.
Escribir es inventar los recuerdos; hallarles la forma justa para, al fin, olvidarlos.
Abrumado de interpretaciones, callé. En el bullicio no hay ni una sola voz.
Ahora que la puerta no tiene cerradura, te quedás viendo la llave.
Achicar la jaula hasta el tamaño del pájaro.
Como si una montaña se negara a ser parte del paisaje.
Solo conocí las ruinas de los templos. No estuve allí cuando creían.
Elegir cualquier criterio es circunscribirle un mundo. Lo difícil es dar el primer paso en el agua: ¿qué más necesita la fe?
¿Con qué mentira convencerte de esta verdad? No importa el material de la escalera si permite ver del otro lado.
Solo eso pido, una noche sin nostalgia. La felicidad es no querer regresar.
El remordimiento es preparación para un juicio que nunca llega; uno lo desea solo para declararse culpable.
Mirar las huellas es desviarse del camino.
La poesía siempre está escapando. Con algo de suerte escapa hacia nosotros.
Tenemos los ojos tan a ras del suelo que en toda una vida apenas llegamos a conocer el olor de la tierra.
Solo hay una forma de salir del mundo, volverse parte del paisaje.
Apología de los tiempos difíciles: enseñan a leer poesía.
Dejá un hombre solo con una tiza y rápidamente dibujará un círculo en torno suyo.
El mundo está lleno de fundadores; lo que escasea son herederos.
A veces uno se quema solo para saber que aún queda dolor. Que aún tiene el reflejo de quitar la mano.
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Autor: Martín B. Campos. Título: A favor del fuego. Editorial: Buenos Aires Poetry. Venta: Todostuslibros.


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