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5 poemas de Roald Hoffmann

5 poemas de Roald Hoffmann

En esta antología que reúne treinta y tres poemas del autor de origen ucraniano resuenan los ecos de su hablar pausado y su dicción esmerada, las frases bien hilvanadas que fluyen sin tropiezos ni circunloquios a través de los estrechos senderos de su sintaxis.

En Zenda reproducimos cinco poemas de Los hombres y las moléculas (Auralaria), de Roald Hoffmann.

*****

LOS HOMBRES Y LAS MOLÉCULAS

Voladizos grupos metilo,

golpeados en un movimiento anarmónico sin fin.

Una molécula nada,

propagando su funcionalidad,

dispersando sus centros reactivos.

No toda colisión,

no toda precisa trayectoria,

a través de la cual estas complejas bolas de billar

llegan a sus predecibles lugares de encuentro,

conduce a la reacción.

Muchas de esas colisiones acaban

siendo un inocuo golpe lateral, sin más.

Un intercambio de momentum,

una mera desviación.

Y lo mismo pasa con nosotros.

El choque debe ser certero.

Los ojos necesitan de una cerradura

y atisbos de un intento de penetración.

El entorno cuenta.

Un suave cepillo de mohair

o un roce de manos.

Una brisa perfumada.

Los hombres (y las mujeres) no son

tan distintos de las moléculas

como ellos piensan.

*

MI REFUGIO

Las fotos rescatadas de la buhardilla. Un hombre

y un chico despierto, enmarcados en una franja

de clara luminosidad, la puerta entreabierta.

 

Su maletín de herramientas de dibujo,

con las cubiertas desgastadas. Sus dedos

haciendo chasquear el cierre del maletín.

Su mano sobre los compases.

 

En mi cerebro, las neuronas

que una vez recordaron cómo me daba

unas palmaditas en la cabeza a principios de 1943.

 

La tarjeta identificativa que dice: “El judío

Hilel Safran, empleado de Radebeule Gmbh,

tiene permitido el paso.”

Firmado: Gauleiter K. Muller.

 

En el campo de trabajo, escribió largas notas

en polaco en un libro divulgativo

sobre teoría de la relatividad.

 

Alguien debe de saber en qué parte

de Zloczów arrojaron su cuerpo.

 

Sus ojos en una fotografía.

Mis ojos, los de mis hijos.

*

EL DIABLO ENSEÑA TERMODINÁMICA

Mi segunda ley, tu segunda ley, dictamina que

el orden local, las estructuras espacio-temporales,

sean esculpidas en una inevitablemente perdida

contienda con el desorden del entorno

en este fabuloso pero cada vez más caótico universo.

Y nosotros, en esta intrincada maquinaria

de saludables cuerpos y sistemas de soporte vital,

en virtud de la palabra escrita y televisada ponderamos

la majestuosidad de las ordenanzas de zonificación

de esta Ley. Pero, ¡oh, qué inteligentes!, creemos

que nosotros no somos cosas, como lo es la maleza,

o el óxido, o los cantos rodados, y, por tanto, inventamos

un razonamiento que garantice el eterno subsidio

de nuestra perfección, o al menos de nuestra perfectibilidad,

y a eso lo llamamos Dios o alma inmortal.

Y mientras consentimos los desórdenes

que no se pueden ocultar, como la muerte,

o –adoptando una pose literaria– incluso el fin del amor,

hacemos que otras cosas sean pecaminosas, sin más: la ira,

la lujuria, el orgullo –todo el lote, en fin, de impurezas espirituales–.

Las enfermedades necesitan vectores, de modo que

la vieja llamada sale en mi busca. Pero el truco es que los puntales

de la primitiva iglesia de Dios, las siete virtudes,

son un grupo de apoyo tan tenso y comprimido

que cuando dan contigo estás realmente dispuesto

a soltar algo de magma. La fe sirve de sostén

pasajero a las mentes débiles, busca reclutas

para el culto, y una buena parte de ella va a enviar

al infierno esa otra gran invención vuestra,

el contrato social. Aburrida, la Prudencia

mata su tiempo con los más conservadores,

y el Amor, ¡el amor, dices! Ama a uno, descarta a los otros.

Ámalos a todos; ninguno te amará a ti.

Os lo digo yo, amigos, el amor es el más sofisticado

artefacto de entropía creciente que ha podido crear Dios.

El Amor es el adorable cómplice de mi ley.

Y en cuanto al mismísimo Dios, bueno, su unicidad es demasiado

para que el hombre corriente pueda amarle, de ahí

que deba inventarse Líbanos e Irlandas del Norte…

 

El debate no se debe a tu desenfreno

común y corriente, un calco del mío.

No, lo que quiero es que despertemos,

que participemos de la imperfección del universo en paz

con el desorden que ordena. Ya que la frialdad de la muerte

se instala lentamente, y aún hay tiempo,

tanto tiempo, para que la luz de las estrellas se disperse

más allá de los torbellinos del azar, dentro de nuestras mentes,

para construir allí amores cada vez más perfectos,

ciudades invisibles, nuestras propias constelaciones.

*

LA UNIDAD DEL SUEÑO

En mi país, si te desvelas, si el despertar

te asalta en mitad del sueño, haces sonar

la alarma, a tal efecto hay un tirador junto a la cama

 

(en mi país) y al instante, con sus coches

arrojando destellos verdes en la noche, mis amigos acuden,

porque saben que yo haría lo mismo por ellos,

 

acuden en mi ayuda para reinsertarme en el sueño.

Montan el escenario –yo me siento– un puente,

unas amenazadoras sombras deslizándose bajo él, todo esto

 

forma parte del entramado, unos escalones altos, un pub.

De un camión, sacan unos espejos, un baúl

y un niño con la vestimenta propia de una calle isabelina,

 

al que enseñan a servir cerveza. A medianoche, mis amigos

se dan palmaditas unos a otros, ensayan sus papeles

y me susurran “indica dónde nos ponemos,

 

indícanos lo que hemos de decir. Para eso eres el director”,

dicen mis amigos. Para ellos es importante

que yo sueñe, que no deje nunca de soñar en mi país.

*

ESTE CAMINO

La constante de la vida

es el movimiento,

vector natural del arrastre

y el desplazamiento.

 

Justo sobre la colina

hay comida o sexo,

o solo una vía de escape.

Entre los haces de hierba,

una hormiga suelta

una molécula.

Las exploradoras son modestas.

 

Donde una ha ido,

por voluntad o por azar,

otras procuran

ciegamente seguirla.

 

Para un músico, el botín

son las tonalidades,

“dejar señales

a lo largo del camino,

senderos para regresar

a casa”. Las tensiones

creadas se verán

resueltas.

 

Qué fácil es perder

el propósito

de conseguir

no sentirte extraviado;

de cometer un único error,

sintiendo todo este tiempo

que el camino de regreso

se puede desandar,

que habrá alguna señal

justamente al doblar

la siguiente curva.

 

Seguir adelante

implica que uno,

alguien en quien confías,

conoce el camino.

Pero Dios no anda

a tu lado.

Quedarse atrás

es separarse

voluntariamente, o no.

Ninguna pista nos aguarda ya.

 

Para todos nosotros,

el camino que seguimos

se acabará

con el tiempo, el vector

quedará a la fuerza detenido.

Pero no hoy, incluso

si yo tomara un giro fatal.

A base de ensayo y error,

afanándome por respirar

en este bosque de secuoyas,

ascendí esta empinada colina

y contemplé el camino

de vuelta a casa.

***

Roald Hoffman nació en 1937 en Złoczów, entonces Polonia, ahora Ucrania. Tras sobrevivir a la guerra, llegó a Estados Unidos en 1949 y estudió Química en las Universidades de Columbia y Harvard, campo en el que ha recibido numerosos honores, entre ellos el Premio Nobel de Química en 1981, convirtiéndose en una referencia imprescindible en el estudio de los orbitales moleculares. Su afición al arte, que ha ido desarrollando en paralelo a su formación científica, ha hecho que labre un terreno propio entre la poesía, la filosofía y la ciencia, al igual que su admirado amigo A. R. Ammons. Hoffmann ha publicado varios volúmenes de poesía: The Metamict State (1987), Gaps and Verges (1990), Memory Effects (1999), Soliton (2002), Constants of the Motion (2020). Parte de su obra ha sido traducida al ruso y al japonés. En España, este es su segundo poemario publicado.

———————

Autor: Roald Hoffmann. Título: Los hombres y las moléculas. Traducción: Luisa Pastor. Editorial: Auralaria. Venta: Todostuslibros.

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