Este libro repasa la historia del astro hispano-argentino desde sus primeros pasos en el fútbol hasta su fallecimiento. Y lo hace tomando como hilo su secuestro por parte de un grupo guerrillero mientras el Real Madrid disputaba un torneo en Caracas.
En Zenda reproducimos el Prólogo de El secuestro de Di Stéfano (Pepitas), de Jimeno Hernández Droulers.
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PRÓLOGO
Miguel Ángel Lara
El domingo 1 de agosto de 2004 hacía calor en Madrid. Mucho, como es normal. Yo estaba en la redacción de Marca, donde trabajo desde marzo de 1996. Era una tarde tranquila, de pretemporada. El primer fin de semana de agosto, la redacción medio vacía. En mi sección, la de Real Madrid, la jornada se presentaba plácida. Faena de aliño. El equipo estaba de gira veraniega en Japón, había jugado a primera hora de la mañana de España, ganado 0-4 a un equipo de Tokio y Zidane había marcado un gran gol. Por lo tanto, la tarea de ese día era pan comido: crónica del partido, ajustar textos de los enviados a Asia y algo de actualidad en torno al fichaje que reclamaba Camacho, entrenador del equipo, para el centro del campo: el francés Patrick Vieira o el español Xabi Alonso.
Porque lo primero que se me vino a la cabeza fue la imagen de unos meses atrás. Aprovechando que la selección española estaba concentrada en Las Rozas, en su ciudad deportiva, la Federación Española había organizado un acto con veteranos de cara a la Eurocopa que ese verano se iba a jugar en Portugal. Dio la casualidad de que el día antes se había disputado un derbi madrileño, un partido siempre picante. Era una buena mañana para buscar reacciones de viejas glorias de los dos equipos. Allá fuimos decenas de periodistas con esa intrépida misión. Como no podía ser de otra manera, don Alfredo era uno de los invitados. En un momento dado se quedó solo. Sentado en una silla, garrota en mano, dando golpecitos en el suelo. Como un gran patriarca gitano.
Armados de valor, unos cuantos nos acercamos a la Saeta a preguntarle por el partido. Al «buenos días, don Alfredo» nos respondieron dos golpes seguidos de garrota al suelo. El más lanzado se atrevió:
—¿Cómo vio el partido, don Alfredo?
—¡Sentado! ¿Cómo lo iba a ver si no?
Y no sacamos más.
En 2004, Internet no era lo que es ahora, pero daba como para saber en dos pasos qué premio le daban a Di Stéfano. El año anterior se había inaugurado el Paseo de los Campeones. La idea era que cada verano acudiesen varias leyendas a dejar grabadas sus huellas en el paseo marítimo. Los primeros habían sido Maradona, Fontaine, Rivera y Eusebio. Ese año, los elegidos fueron Di Stéfano, Zoff y Platini. La Saeta tenía que haber estado en el estreno, pero…
El lunes 2 de agosto me presenté en la redacción. Me dieron los billetes de avión, el bono del hotel, un sobre con el dinero de las dietas internacionales y el programa que había enviado la organización. Incluía una cena en el Casino de Montecarlo a la que asistirían los premiados y el príncipe Alberto de Mónaco. Por suerte, ponía que para la prensa no hacía falta traje, pero sí camisa y zapatos. Llevaba las dos cosas.
Con el recuerdo del «¡Sentado! ¿Cómo lo iba a ver si no?» y la advertencia de mis compañeros más veteranos de que «el viejo» era un Miura me fui al aeropuerto. Iba de todo menos tranquilo. Por delante tenía tres días en los que, más allá de cubrir el acto, debía conseguir más cosas para publicar. Sobre Di Stéfano contaba con que hubiera una rueda de prensa o algo para tener palabras suyas, porque con lo que había vivido y me habían contado daba por hecho que en cuanto me presentaran me iba a llevar un garrotazo verbal para que no me acercase más. Viendo la lista de invitados, marqué al checo Pavel Nedved, ganador del último Balón de Oro, como gran objetivo.
El vuelo a Niza salía de la Terminal 3, la más pequeña. Daba por hecho que Di Stéfano ya estaría en Mónaco y que habría volado en un avión privado o un vuelo especial. Pero allí estaba. Cuando entré a la zona de espera del vuelo de Iberia lo vi sentado frente a la puerta de embarque. Solo. Y no se le acercaba casi nadie.
Me senté en un lateral, para vigilarlo. Suponía que alguien del club o de la organización del Golden Foot, que era el nombre de la gala, llegaría pronto para viajar con él. Pasaba el tiempo y nada. Yo me debatía sobre qué hacer. ¿Me presentaba y me llevaba ya la cornada o era mejor recibirla ya en Francia? Entonces abrieron el embarque y llamaron a los pasajeros en business a embarcar primero. Don Alfredo se levantó con mucho esfuerzo. Sus 78 años los había cumplido el 4 de julio, y los muchos de fútbol y patadas le pesaban. No lo dudé. Me fui a por él. ¡Qué fuese lo que Dios quisiera!
—Hola, don Alfredo. Soy Miguel Ángel Lara, de Marca, que me mandan a cubrir su viaje a Mónaco.
Me miró a los ojos y me agarró del brazo.
—Venga, ayúdame a embarcar, que estas cosas son ahora muy modernas.
No me lo creía. La cornada que yo esperaba se había convertido en una petición de ayuda de la Saeta Rubia, el futbolista más grande del mundo para muchos de los que habían visto jugar a los cuatro grandes: él, Pelé, Maradona y Cruyff. Pero no cantaba victoria.
Le ayudé a facturar. Cuando entregó su dni, Di Stéfano dijo algo que me dejó sin palabras.
—Señorita, ¿podría poner al chaval a mi lado? Es que viajo solo.
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Autor: Jimeno Hernández Droulers. Título: El secuestro de Di Stéfano. Editorial: Pepitas. Venta: Todostuslibros.com.


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