Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 5 de agosto de 1936: Cruzando el Estrecho
¿Estás seguro, Paco, de que es la mejor decisión?
Eran las seis de la tarde y llevaban todo el día esperando. El general Franco había llegado a primera hora desde Tánger. Tras una misa en el santuario de Santa María de África, subió a primera hora junto con sus dos ayudantes, el general Alfredo Kindelán y un jefe de la Guardia Civil, al mirador junto a la ermita ceutí de San Antonio, camino del monte Hacho. Allí instaló su puesto de mando. Desde allí vieron entrar en el estrecho a los cazas de Kindelán, que despegaban del cercano aeródromo de Sania Ramel, para proteger al convoy. Con cielo cerrado, niebla y viento, pero el mar en calma, se dio orden de salida al convoy. Solo hubo contraorden cuando los aviones de vigilancia vieron aparecer al destructor republicano Lepanto, al que bombardearon, obligándolo a refugiarse en Gibraltar. De inmediato, Franco ordenó que se contactara al mando británico del Peñón, el cual, celoso de su neutralidad, confirmó la salida del destructor, al que solo se permitió desembarcar a sus heridos. El convoy esperó a que el Lepanto abandonase aguas británicas y desapareciese, y se aplazó la salida hasta por la tarde.
A las cuatro y media, bajo una luminosidad africana, Franco, de uniforme y sin bigote (se lo afeitó en Tenerife, al abandonar la isla) y su séquito regresaron al puesto de observación, justo cuando despegaban los aviones de Kindelán: dos Newport, dos patrullas de tres Breguet cada una, dos hidros Dornier, tres trimotores Fokker, tres Savoia 81. Salieron uno tras otro, a intervalos de cinco minutos, y se fueron dispersando.
Ahora por delante del guardacostas Uad Kert, que abría la marcha del convoy, encarado al oleaje de levante, solo se veían tres aparatos. Al Uad Kert lo seguía el cañonero Eduardo Dato y los mercantes Ciudad de Algeciras y Ciudad de Ceuta. Cerraban la marcha los remolcadores Arango y Benot. Los mercantes y el Arango transportaban dos mil hombres, entre legionarios y regulares, morteros, seis cañones de campaña, dos ambulancias, granadas y municiones. Ante la fuerte marejada, el Benot, lastrado por el peso de cuatro enormes cañones, hubo de virar de bordo y regresar a Ceuta, pero los dos mercantes pasaron a la cabeza del convoy.
—No es el más importante —dijo Franco, sin apartar los prismáticos—. Pero ¿qué barco es ese?
—Me temo que el Alcalá Galiano —dijo Kindelán.
El golpe era duro. A cinco millas de Punta Carnero había aparecido un destructor gubernamental que, por su velocidad y potencia artillera, podía aniquilar al convoy entero. Los aviones de Kindelán, que patrullaban a la altura del cabo de Trafalgar, no lo habían detectado. En estos momentos surgía de esa misma niebla que ocultaba los barcos a los ceutíes que desde sus casas se agolpaban en los balcones para ver lo que ocurría en el Estrecho.
Pronto comenzó un intenso fuego cruzado entre el destructor y los navíos que protegían el convoy: eso hizo presagiar lo peor. Metiendo presión a las renqueantes calderas para interponerse entre los mercantes y el Alcalá Galiano, el Dato disparó sus cañones de 101,6 milímetros. El viejo torpedero T19, que salía de Algeciras al encuentro del convoy, y el Uad Kert también dispararon al destructor republicano. Desde el Ciudad de Algeciras, los regulares del tercer tabor barrieron a doscientos metros la cubierta del Galiano. A bordo del Ciudad de Ceuta los legionarios aprestaron las bayonetas y se dispusieron al abordaje.
—¿Dónde demonios están nuestros aviones? —murmuró el general Franco.
Nada más decirlo aparecieron tres trimotores Savoia y tres Breguet que quedaban de reserva en Tetuán y habían despegado hacía pocos minutos. Se concentraron en enjambre sobre el Alcalá Galiano. En medio del estruendo, el comandante del destructor republicano no consiguió contener el pánico de su tripulación, poco preparada para semejante ataque aéreo. A ello se añadió el fuego de las baterías costeras de Punta Carnero.
—¡Esta huyendo! —exclamó Franco, apartando los prismáticos. A su lado, Kindelán no contenía su entusiasmo.
El convoy no tardó en alcanzar Algeciras. En el puerto esperaba Juan Yagüe, para distribuir las unidades que debían partir hacia Sevilla, el resto hacia otros puntos críticos para los nacionales. El Ejército de África había dejado de estar confinado en el Protectorado.


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