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En cuclillas

Durante unas maniobras en Agost, en la provincia de Alicante, había un momento de la tarde reservado para hacer las necesidades. Nos formábamos como cuadros de mando: dos meses de instrucción, uno en el arma elegida y seis ya como alféreces.

Agost pertenecía a los dos primeros meses, los más duros. El terreno era pedregoso, casi desnudo, y los pocos arbustos dispersos eran muy codiciados porque ofrecían algo más de intimidad que el campo abierto. No recuerdo si disponíamos de media hora o de menos tiempo. Recuerdo mejor la naturalidad con que aquella parte de la jornada se cumplía.

Cada uno elegía un lugar, dejaba el fusil apoyado a un lado —ni siquiera para aquello podíamos separarnos de él—, abría un hoyo con una pequeña pala y después se ponía en cuclillas. Al terminar, lo cubría con tierra antes de volver con los demás.

No había nada extraordinario en la escena. Era una necesidad más dentro de un día organizado por horarios, órdenes y ejercicios. Igual que había una hora para formar o para comer, había un tiempo reservado para aquello. También las necesidades tenían horario.

Estábamos repartidos por el terreno, a pocos metros unos de otros. Veníamos de lugares muy distintos y, sin embargo, aquella tarde todos buscábamos el mismo tipo de arbusto. A veces levantábamos la vista para comprobar dónde estaba el siguiente. Alguna mirada se cruzaba durante unos segundos y volvía enseguida al suelo. No recuerdo que habláramos mucho.

En esa posición de cuclillas, a esa hora, recibí la llamada de mi novia. Mientras conversábamos, un compañero que estaba también en cuclillas a unos metros de mí dijo en voz alta:

—Dale recuerdos de mi parte.

Trasladé el mensaje tal como me había llegado:

—Uno que está aquí defecando te manda recuerdos.

El compañero reaccionó de inmediato. Seguía en cuclillas y empezó a gesticular hacia mí.

—¿Por qué le dices eso? ¡Eso no lo digas! ¡Dile que estás cagando tú, que eres el novio!

Su razonamiento tenía una lógica impecable. Mi novia podía saber que yo estaba defecando: para algo era mi novia. Lo inadmisible era que se llevara esa imagen de él, un desconocido que solo había querido mandarle recuerdos.

Allí ninguno podía ocultar lo que estaba haciendo. Aceptaba ser visto por quienes compartíamos la situación, pero no quería que la escena saliera de allí. La vergüenza no había desaparecido. Simplemente no impedía que el cuerpo atendiera su necesidad.

Nunca viví la situación como una deshonra. Era lo que tocaba hacer antes de continuar con la instrucción. Durante esos minutos, el uniforme, la educación y la reserva seguían existiendo, pero quedaban en segundo término. El cuerpo reclamaba una atención que no podía aplazarse.

Al terminar, cubríamos las heces con tierra, recogíamos la pala y el fusil y regresábamos hacia la zona donde estaba la compañía. Nadie comentaba lo ocurrido. No había llegado a convertirse en asunto.

Al llegar a las tiendas, cada uno buscaba su cantimplora y los cubiertos. Dentro de unos minutos repartirían la cena. Alguno preguntaba por el ejercicio del día siguiente, otro hablaba de casa y otro protestaba por cualquier detalle de la instrucción. Recogíamos la comida, buscábamos un lugar donde sentarnos y seguíamos hablando de cualquier cosa.

La tarde continuaba donde la habíamos dejado.

De haberme preguntado entonces qué conservaría de las maniobras, probablemente habría mencionado las marchas, los ejercicios de tiro o algún incidente de la instrucción. No se me habría ocurrido hablar de unos hombres en cuclillas, una pequeña pala y un fusil apoyado sobre la tierra.

Mucho después entendí que el cuerpo no interrumpía el orden. Formaba parte de él. La disciplina, el uniforme, la educación y la vergüenza no desaparecían. Esperaban unos minutos.

Años después leí en Mortal y rosa que la religión quiere darnos un alma y la cultura quiere darnos un traje. Recordé entonces los cuerpos en cuclillas, los fusiles apoyados en la tierra y la rapidez con que, una vez terminado todo, volvíamos a ser soldados.

La cultura regresaba cuando cada uno se subía los pantalones, recogía el fusil y volvía con los demás. No había contradicción. El cuerpo había reclamado unos minutos y después todo recuperaba su sitio.

Esa tarde cenamos como todas las demás. Por la noche hicimos orden de combate. A la mañana siguiente volvimos a marchar, a formar y a cumplir las órdenes. Las maniobras terminaron y durante muchos años apenas volví a pensar en aquello.

Cuando las botas volvieron a golpear la tierra al mismo tiempo, nadie habría dicho que unas horas antes aquellos mismos hombres habían estado dispersos por el campo, en cuclillas junto a un hoyo, algunos detrás de un arbusto y otros sin esa suerte.

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