Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 11 de agosto de 1936: El facultativo de Sama y Belarmino Tomás
Mi abuela materna, Celia, tenía dieciocho años cuando arrancó la guerra. La villa de Sama contaba con una capa de clase media razonablemente establecida. Era una población minera socialista, con muchos metalúrgicos de la Duro Felguera dirigidos por el SOMA, federación de la UGT. Su secretario general era Belarmino Tomás. En Sama todos lo conocían. Cuando le pregunté por él a mi abuela, murmuró algo ininteligible sobre «la bestia parda de Belarmino». Así le llamaban en Sama.
En el 34 mi bisabuelo, antiguo capataz, estuvo en la lista negra del sindicato. A las armas enviadas por el PSOE en los meses previos a la insurrección se unió la toma sin apenas resistencia de una fábrica de cañones en Trubia, una de fusiles en Oviedo, otra de dinamita y explosivos en Soto de Ribera. Los comunistas, que por esta vez lucharon codo con codo con los cenetistas, tuvieron en sus manos nueve cañones de 105 milímetros, dieciséis de 40 y cinco mil granadas que no se desaprovecharon.
La huelga general revolucionaria se inició el cinco de octubre. De Sama salió la columna de Belarmino, la mejor armada, cuya intención era unirse a la columna de la cuenca del Caudal que dirigía el diputado socialista González Peña —otro dirigente del 34, ya hablaremos de él en su momento—, nombrado generalísimo del Ejército rojo. Juntos debían marchar sobre Oviedo. Pero la defensa inesperada de los guardias civiles del cuartel de Sama retrasó la salida de la columna de la cuenca del Nalón y eso frustró la insurrección ovetense, dando tiempo al Ejército y la Guardia Civil a hacerse fuertes en los cuarteles.
Entre las anécdotas que se contaban en Sama sobre el asalto al cuartel de la Guardia Civil y sus ochenta muertos, estaba la de un cabo que recibió la visita de su cuñado minero. El matrimonio era reciente. El minero llegó manos en alto y con un trozo de sábana a modo de bandera blanca. Instó a los acuartelados a rendirse. El cabo replicó que se defenderían. El parlamentario advirtió que iban a llover tiros, cartuchos de dinamita, y pidió que al menos se permitiera la salida de mujeres y niños. El cabo ordenó salir a las familias. Alguna lo hizo, pero su propia esposa, con tres hermanos fuera sitiando el cuartel, se negó. Cuando uno de los hermanos explicó lo que les esperaba, respondió:
—Qué le vamos a hacer. Moriremos juntos, si Dios lo quiere.
Al poco empezó el ataque en el que murieron todos los guardias y la mujer del cabo. Entre quienes presenciaron el asalto desde el extremo de la calle estaba mi abuela Celia. Su padre, el facultativo, permanecía retenido en casa por los mineros. Pensó que iban a fusilarlo, pero cuando se supo que las tropas gubernamentales tomaban Oviedo y que la insurrección había fracasado en el resto de España, cambiaron las tornas, y de verdugos los mineros se convirtieron en víctimas.
En el verano del 36, intuyendo que los mineros volverían a gobernar Sama, mi bisabuelo, que seguía en la lista negra de Belarmino Tomás, se marchó al terminar su trabajo, como hacía cada sábado, a casa de unos primos que tenía en Oviedo.
El dieciocho de julio, al llegar a Oviedo fue donde se enteró de que comenzaba la guerra. Allí se quedó a la espera de inminentes acontecimientos. Y no sería hasta el lunes once de agosto, después de tres semanas sin noticias, cuando mi bisabuela recibió una primera carta de Oviedo en la que sus familiares le aseguraban que su marido había pasado a la zona nacional.


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