La Tortuga Búlgara, empeñada en el rescate en castellano de dos de los más prominentes y admirados poetas albaneses, publica ahora Versos libres, la obra poética de Migjeni, tras la publicación de la antología del poeta nacional Naim Frashëri.
En Zenda reproducimos cinco poemas de Versos libres (La Tortuga Búlgara), de Migjeni.
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Preámbulo de preámbulos
Declinan a diario los dioses
y sus trazas resbalan
sobre años y siglos
y ya no se sabe quién es dios y quién hombre.
En el cerebro humano sigue dios en cuclillas.
Se agujerea a sí mismo las sienes con el dedo
en señal de contrición
gritando en el colmo de la aflicción:
¿qué, qué he creado?
—Y el hombre desconoce:
si es dios criatura de él
o es él — criatura de dios.
Pero ve estéril y baldío
cavilar sobre un ídolo
que no responde.
Y ya no se sabe quién es dios y quién hombre.
Ha llegado un tiempo
en que los hombres se entienden a la perfección
para construir la Torre de Babel —
y a la cima de la Torre, a la cima del trono
se ha de subir el hombre
y ha de gritar:
¡Dios! ¿Dónde estás?
*
Los hijos del nuevo siglo
Nosotros, hijos del nuevo siglo,
que al viejo dejamos en su «santidad»
y alzamos el puño para luchar
en nuevas contiendas
para triunfar…
Nosotros, hijos del nuevo siglo,
retoños de una tierra anegada en llanto,
que el sudor de su frente vertió en vano —
pues nuestra tierra fue bocado extranjero
que pagó caros sus desvaríos y desaciertos…
Nosotros, hijos del nuevo siglo,
hermanos y en la aflicción ungidos,
cuando suene el instante supremo
y lisonjero
decir sabremos:
No queremos perdernos
de la historia humana en su sangriento juego,
¡no, no!, perder ya no debemos —
¡la victoria queremos!
¡Victoria de conciencia y libre pensamiento!
No queremos por mor
de la vieja inmundicia que la «santidad» busca,
seguir hundiéndonos en el pantano de la miseria,
seguir plañendo la aciaga cantinela,
el monótono canto, desganado, de esclavos —
ser aguijón hendido en el cerebro humano.
Nosotros, hijos del nuevo siglo,
con empuje y ardiente entusiasmo,
a nuevas lides habremos de enfrentarnos
y en pos el triunfo, reos ser de martirio.
*
El canto de la juventud
¡Juventud, di tu canto más hermoso!
Di el que en tu pecho bulle fogoso.
Deja que tu alegría estalle contundente…
¡No frenes la canción, deja que vuele!
Di el canto, juventud, te imploramos…
que el canto te aferre, te bese, te incite al amor
con juvenil ardor… que nos sumerja
en espumosas olas de emoción turbulenta.
¡Juventud, di tu canto y ríe pueril!
Bata el cielo el fragor de tu voz
y torne a nosotros — los astros se celan de ti
y te amamos como se quiere un sol.
¡Di el canto, juventud, tu canto excelso!
¡Ríe, juventud, ríe, tuyo es el universo!
*
Blasfemia
Flotan mezquitas e iglesias en nuestros recuerdos,
en sus muros se estrellan plegarias sinsentido
que partirle el corazón a dios no han conseguido,
pues continúa, entre tambor y campana, latiendo.
Mezquitas e iglesias suntuosas en zonas miserables…
espadañas y alminares sobre nuestras barracas…
voces del muecín y el cura, su canto deleznable…
¡Oh pintura ideal, antigua, milenaria!
Flotan mezquitas e iglesias en mentes de creyentes.
Los tañidos se enredan con la voz del pregonero,
sobre sotanas y barbas de hoxha la virtud resplandece.
¡Oh, cuántos bellos ángeles a la puerta del infierno!
En milenarios castillos posan cuervos doloridos,
con las alas abatidas — seña de desesperanza
hablan de tiempos de antaño con angustiosos graznidos,
cuando los viejos castillos de contento fulguraban.
*
Canción escandalosa
Una pálida monja, carga los pecados del mundo
sobre sus exhaustos hombros, junto a los míos,
sobre hombros cerosos, por beso divino ungidos
— cruza las calles de la ciudad como ángel fugitivo…
Una pálida monja, fría como una lápida
con ojos grises como cenizas de ardiente pasión,
con finos labios rojos sofocando dos leves suspiros
— su paso gélido me ha dejado una honda impresión.
De orar (¡no de blasfemar!) sale y a orar de nuevo vuelve…
Sus rezos duermen entre sus ojos, entre sus labios, entre sus dedos
Sin sus rezos el mundo, ¿cuál sería su suerte?
Mas el alba aún no llega, pese a sus rezos.
Oh pálida monja, amante de los santos,
que ardes con ellos en éxtasis como vela en el altar
y ante ellos te abres… Cómo envidio a los santos:
mas no reces por mí, pues quiero en el infierno terminar.
Tú y yo, monja, cabos somos de la misma soga;
de la que tiran hacia ambos lados dos escuadras —
feroz es esa lucha, quién derrota se ignora,
mas, si la cuerda se tensa, la gente colisiona.
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Autor: Migjeni. Tïtulo: Versos libres. Traducción: María Roces González. Editorial: La Tortuga Búlgara. Venta: Todostuslibros.


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