Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 12 de agosto de 1936: Un comedor de milicianos
Esto hace un mes era el Buenavista, uno de los mejores restaurantes del barrio de Salamanca. Había políticos famosos, hombres de negocios, artistas, mujeres elegantes. Y ahora, ya ves, un comedor de milicianos. Eso es la revolución, Pepe.
—Esto no tiene nada que ver con Carabanchel, Pepe. Vamos dentro, que te invito.
Se refugiaron bajo el toldo rayado abierto a la entrada del local. A uno y otro lado se veían pintadas con tiza las siglas UGT y CNT. Empujaron la puerta. El lugar efectivamente se había convertido en comedor miliciano. En su interior, el esmoquin y las sedas habían dejado lugar a los monos azules.
Mientras se instalaban a una mesa, Mañas miró a su alrededor. Algunos comían con el torso desnudo, un gorro cuartelero ladeado sobre la cabeza o un sombrero de paja campesino. No faltaba quien se cruzaba por el pecho una cinta de ametralladora. SE RUEGA A LOS CAMARADAS QUE, PARA EVITAR CONFUSIONES, CADA CUAL CONSERVE A MANO SU ARMA, decía un cartel sobre la chimenea. Y es que había fusiles apoyados en las paredes, colgados de los percheros, y entre platos y cubiertos se veían lustrosas pistolas Star.
—Ese que sale de la cocina con delantal era el patrón. Hoy sirve comidas gratis, para salvar el pellejo. Los camareros son de la CNT. Le han incautado el negocio. Ahora él trabaja para ellos en la cocina.
El hombre se acercó con la misma sonrisa servil con que hacía nada atendía a los aristócratas.
—Hombre, don Ángel…
—Camarada Ángel, compañero. Ni si te ocurra tratarme de usted, que te fusilo. Le estoy enseñando el lugar a un buen amigo, Pepe Mañas. Es un tipo discreto, pero si pasa por aquí con su familia, con o sin vale, le atiendes.
—Por supuesto. ¿Han… habéis echado un vistazo al menú del día?
—Lo que tengas nos vale. Y buen vino.
Cuanto desapareció el patrón, Ángel Navarrete sonrió ufano.
—Ahora, en Madrid, soy alguien importante. Ya veremos cuánto dura. Por el momento, es un contratiempo lo de Europa. Todo el mundo dice que faltan armas para vencer a los fascistas. Los franceses, que tendrían que vendérnoslas, están bajo presión porque los ingleses, a los que necesitan por si hay guerra con Alemania, los obligan a entrar en el Pacto de No Agresión. La semana pasada prohibieron vendernos armas. El problema es que nos echan en brazos de Rusia. Eso es bueno para los comunistas, pero malo para nosotros. Dicen que a finales de mes llega un embajador de la Unión Soviética. Es lo que más preocupa ahora en la Confederación, casi tanto como la guerra.
Las mesas se animaban. Una guapa miliciana, con atuendo semiguerrero y una rosa en el pelo, atraía miradas en la mesa de al lado.
—¿Tú como te llamas, compañera? —preguntó Navarrete, aprovechando que volvía la cabeza.
—Raquel, ¿y tú?
—¿Vienes mucho por aquí?


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