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13 de agosto de 1936: Noche de verbena

13 de agosto de 1936: Noche de verbena

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Jueves, 13 de agosto de 1936: Noche de verbena

Ese año el alcalde de Madrid, Pedro Rico, afirmó que no habría verbena, «y menos porque sea la Virgen de la Paloma». Y era verdad que por La Latina no había las usuales cadenetas de balcón a balcón. Ni en la plaza de Puerta Cerrada se veían farolillos y guirnaldas. Ni por las calles de Calatrava y la Paloma mantones de flecos. Ni en la Cava Baja colgaduras con colchas rameadas. Ni se veían estampas de la Virgen de la Paloma. Pero no por ello dejaba de haber ambiente festivo.

A diferencia de otros veranos, cuando el calor espantaba a todos, la mayoría se quedaba en una ciudad donde, dadas las temperaturas sofocantes que hacía durante el día, era por la noche cuando se podía uno echar a la calle. Los sindicalistas, de vuelta de la sierra, aprovechaban para tomarse cañas, alternar con las milicianas y llevarlas adonde hubiera animación.

Hoy se homenajeaba a la columna Mangada con un largo desfile por el centro. En la Puerta del Sol los recibieron decenas de miles de personas. Tras asistir al desfile, Ángel Navarrete pasó a recoger, en el Comité Regional, a su nueva amiga Raquel y se la llevó a uno de los jardincillos de la plaza de España. Allí los milicianos se tomaban un refresco en los sillones de mimbre otrora reservados a los burgueses. En la cuesta de San Vicente había piquetes pidiendo la documentación en cada esquina. También por Bailén tuvieron que parar en un par de controles, hasta pasar por delante de la guardia republicana a las puertas de palacio y cruzar el puente de Segovia.

—Ya verás que te gusta esto, Raquelita.

Raquel era una chica guapetona, de pelo corto, cara deliciosa. De día subía a la sierra a ayudar con las compañeras en el frente, y por la noche se dejaba el fusil en casa y no tenía inconvenientes en disfrutar de la compañía masculina. A los dos se les veía muy tortolitos. Por la calle de la Morería, en la explanada desierta de las Vistillas, Navarrete paró donde otros años estaban las primeras casetas de la feria.

—Pero si no hay nadie, compañero.

—Ni falta que hace. Montamos la verbena tú y yo. Imagínate que esto es un pim-pam-pum. Aquí tienes tu bola de paño. Y ahí —Ángel señaló un bote—, un muñeco vestido de guardia civil. Apunta a la cabeza. Piensa que es el general Mola. Duro con él. ¡Venga!

La chica lanzó la piedra y falló. Fingiendo enfado, Ángel Navarrete cogió otra piedra, apuntó a la lata y la tumbó.

—Ahora imagina que es el general Franco.

"A ninguno les apetecía que volviera a levantarse el sol. Mientras se besaban, Ángel Navarrete pensó que, si esto era la revolución, bien valía la pena luchar por ella"

La primera piedra falló, no así la segunda. Después siguieron Yagüe, Queipo de Llano, Cabanellas. A todos los tumbó el dirigente cenetista. Le faltó tiempo para los líderes republicanos que menos le gustaban, y los comunistas, cada vez más crecidos. Raquel se reía como una niña. Desde donde estaban se veía la fachada sur del palacio Nacional, al otro lado de una calle de Segovia desierta.

—¡Qué bien deben vivir Azaña y su mujer en este palacio!

—¿Te gusta, nena? Pues te llevo y nos instalamos. Y si no en ese, en uno como el de Liria.

—No te burles.

—No me burlo. Tú dime cuál te gustaría, que mañana vamos a requisarlo. Esto es la revolución, compañera. No te invito a la noria, porque es demasiado burgués para nosotros. En cambio te invito a ver las estrellas —dijo Ángel Navarrete, cogiéndola de la mano. Ambos bajaron por la ladera. Se tumbaron en un tramo de hierba agostada. Hacia el oeste se veía la Casa de Campo oscurecida; más allá, las lomas de la sierra—. A falta de organillos y tiovivos —apoyó la cabeza en las piernas de ella, estirado sobre la hierba. Miró el cielo—, tenemos las estrellas. ¿Me quieres esta noche, sí o no?

—Te quiero mucho, como la trucha al trucho —bromeó Raquel.

—Entonces, bésame…

No pasaba nadie cerca. La noche era clara. La temperatura, ideal. A ninguno les apetecía que volviera a levantarse el sol. Mientras se besaban, Ángel Navarrete pensó que, si esto era la revolución, bien valía la pena luchar por ella.

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Entrevista con José Ángel Mañas sobre 1936 día a día

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