Inicio > Libros > Adelantos editoriales > Cazadores de estrellas, de Joanne Baker

Cazadores de estrellas, de Joanne Baker

Cazadores de estrellas, de Joanne Baker

Este libro unifica ciencia y cultura para trazar una historia global de nuestra relación con el Cosmos. La autora entrelaza descubrimientos científicos, relatos históricos y manifestaciones culturales, y nos muestra cómo ha evolucionado lo que sabemos de los cielos y de nosotros mismos.

En Zenda ofrecemos la Introducción de Cazadores de estrellas (Taurus), de Joanne Baker.

*****

Introducción

Nuestro afán por conocer el espacio

Hay una pregunta que ha marcado el curso de mi vida: ¿qué es lo que nos atrae del espacio y cómo podemos los seres humanos dar sentido a todo lo que existe allí?

Desde niña he sentido fascinación por las estrellas y los planetas. Me crie durante los años setenta en una casa maciza de granito gris situada en lo alto de un acantilado azotado por el viento en la punta occidental de Cornualles. Los muros de medio metro de grosor impedían que las frecuentes tormentas invernales nos arrastraran hacia el valle, aunque debíamos tener cuidado con las tejas que se desprendían de vez en cuando y las bolsas de la compra, que salían despedidas del coche hacia los matorrales de tojo. Desde la ventana del dormitorio de mis padres, al final del día, contemplaba el silencioso descenso del Sol sobre el Atlántico con la esperanza de vislumbrar el esquivo «rayo verde» (algo que nunca logré). Observaba con asombro cómo aparecía primero un puntito de luz en el crepúsculo, luego una docena, después decenas y, más tarde, cientos de ellos.

Aprendí a reconocer el suave tono rojizo de Marte y el brillo estable de Júpiter, y a seguir sus trayectorias por el cielo a lo largo del año. Empecé a sumergirme en unos vistosos atlas de astronomía llenos de mapas del cielo y fotografías sugerentes: nebulosas que resplandecían en el espacio como nubes de algodón de azúcar y cúmulos de estrellas que centelleaban igual que racimos de zafiros, esmeraldas y rubíes.

A medida que amainaban las tormentas invernales que rugían en el exterior, cuando los intrépidos narcisos y las clavelinas de mar alzaban sus cabezas para recibir el calor del Sol primaveral, yo pensaba en las regiones inexploradas y las fuerzas de la naturaleza que se extienden más allá de nuestro planeta. No habían pasado muchos años desde los alunizajes del programa Apolo de la NASA. La televisión todavía mostraba las imágenes granuladas en blanco y negro de los orgullosos astronautas estadounidenses, con sus trajes blancos acolchados, rebotando sobre un desierto de polvo gris o tambaleándose como payasos sobre las rocas en sus vehículos lunares. Los reflejos en los visores de los cascos permitían intuir montañas y cráteres a lo lejos, iluminados por una cegadora luz blanca.

En la escuela primaria, mientras pintaba las franjas naranjas y el óvalo rojo de Júpiter o dibujaba los anillos de Saturno intentando que no parecieran orejas, me preguntaba cómo serían aquellos planetas. No recuerdo haberme planteado entonces por qué existían: Marte y Venus, Júpiter y Saturno estaban ahí y ya  stá, igual que mi madre, mi padre y mi hermana, los gatos, los delfines y las gaviotas, los coches, el agua corriente y la electricidad. Pero había algo en ellos que se apoderó de mi mente.

En 1976, justo cuando la televisión en color ganaba popularidad en el Reino Unido, los módulos de aterrizaje Viking de la NASA nos revelaron la superficie de Marte. Las sondas robóticas transmitieron imágenes de una llanura desierta llena de rocas de color rojo óxido sobre un cielo pálido en tonos albaricoque. Más que un mundo alienígena, se asemejaba a un escenario de Star Trek o Doctor Who. El paisaje, extrañamente reconocible, parecía suplicar que alguien lo visitara. ¿En qué se diferenciaría de un desierto de la Tierra? ¡Y qué emocionante sería ir allí y experimentar la sensación de estar en Marte! El planeta se convirtió en otro destino para los exploradores. Ya se había alcanzado la cima del Everest y también la Luna. ¿Qué podía ser lo siguiente? Marte, por supuesto.

Un año más tarde se lanzaron las sondas espaciales Voyager 1 y 2, que viajarían de planeta en planeta. Yo aguardaba con impaciencia las fotografías que enviaban cada cierto tiempo de su gran tour por el sistema solar. A medida que crecía en estatura, iba tachando sus destinos. Primero Júpiter, con sus franjas humeantes y su inquietante «mancha roja», un ciclón descomunal, tan hipnótico como el ojo de un cíclope. Después, los majestuosos anillos de Saturno, vastos círculos formados por innumerables esquirlas de hielo, separados nítidamente por líneas vacías, como los surcos de un disco de vinilo.

Mis horizontes se fueron expandiendo a medida que las sondas espaciales iban alejándose. Mi decimoséptimo cumpleaños coincidió con el primer sobrevuelo de Urano. Este planeta resultó ser una esfera gris verdosa, decepcionantemente insulsa.

Un año después, Neptuno se reveló como una canica azul algo más atractiva, surcada de nubes blancas. Había muchas cosas que me resultaban extrañamente familiares, incluso en los confines del sistema solar.

Con la esperanza de aprender más sobre las estrellas, los planetas y el funcionamiento del universo, estudié física en la universidad. Allí aprendí mucho sobre la mecánica del cosmos: el calor y la energía, las fuerzas fundamentales —como el electromagnetismo y la gravedad— y los componentes de la materia, desde los electrones hasta los quarks. Sin embargo, aparte de una breve incursión en la astronomía en el último año, los profesores nos explicaron poco acerca de los orígenes de estos cuerpos celestes o de la larga historia de quienes han intentado comprender nuestro lugar en el cosmos. Como estudiantes, tuvimos que aceptar que la descripción física era el único relato. Tanto la cosmología como gran parte de la física se abordaban desde una perspectiva intelectual y matemática, nada más.

Esto me dejó insatisfecha. Era evidente que había mucho más de lo que se podía enseñar en una carrera universitaria. Así que seguí estudiando. Hice un doctorado en astrofísica y viajé al otro lado del mundo, a Sídney (Australia), para ampliar mis

horizontes. Quería saber cuáles eran las fuerzas que hacían funcionar el universo. ¿Qué más había en el espacio? ¿Por qué estamos aquí?

Durante el posgrado y después también, estudié los cuásares, esas nubes resplandecientes de materia que rodean a los agujeros negros gigantes y emiten enormes cantidades de radiación al universo. Investigué a fondo unos cien: un grupo de galaxias distantes que albergan en su centro un fuego interno alimentado por el agujero negro que arde en sus entrañas. Fui la primera persona en examinar esos cuásares concretos con tanto detalle, y todavía me siento extrañamente apegada a ellos. Fui parte de sus vidas durante una década, del mismo modo que ellos forman parte de la mía.

Ninguno de ellos poseía un nombre propio, solo un número, basado en su posición en el cielo. Sin embargo, para mí, cada uno tenía un carácter único: desde un brillo inescrutable y ostentoso hasta un resplandor suave y persistente. Algunos tenían arcos de gas que se extendían como si fueran velos a su alrededor. Otros se escondían en cúmulos de galaxias más pequeñas. Algunos estaban cubiertos de densas nubes que ocultaban su luz y los contenían. Unos se mostraban de frente; otros eran más tímidos y solo se dejaban ver de perfil.

———————

Autora: Joanne Baker. Título: Cazadores de estrellas. Traducción: Pilar Alba Navarro. Editorial: Taurus. Venta: Todostuslibros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios