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Las verdades rotas, de Alessandro Robecchi

Las verdades rotas, de Alessandro Robecchi

Un director de cine ya anciano prepara una película sobre Augusto de Angelis, pionero de la novela negra italiana, pero mientras escribe el guion, su vecina es asesinada. El crimen de esta viuda rica, que en cierta forma parece sacado de una novela del propio de Angelis, atrae cada vez más al cineasta.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de Las verdades rotas (Altamarea), de Alessandro Robecchi.

*****

1

—Vístete.

El doctor le dio la espalda, caminó con pesadez los dos metros que lo separaban del escritorio y se sentó, como si fuera a apuntar algo, aunque no llegó a escribir nada; con las manos cruzadas sobre la mesa, le dedicó una mirada resignada, un gesto entre amistoso e indolente.

—¿Entonces qué?

—Entonces nada, como siempre: los análisis dan asco, tú das asco, Manlio. Vamos a echarle la culpa a la edad y se acabó.

Manlio Parrini soltó una risilla.

Carlo Dizzani, el doctor, era su amigo desde tiempos inmemoriales, cuando lo llamaron de urgencia al set porque un actor estaba indispuesto, y él acudió, un joven médico de guardia, veloz, eficiente. Resolvió el problema, una tontería en términos médicos, y se quedó un rato a observar, fascinado por aquel circo de órdenes tajantes y gestos, en teoría, misteriosos. ¡Luces, filtros, cámara, sonido, acción! Sin que nadie se lo hubiera pedido, entre gestos y miradas, se había convertido en el médico oficial de cada rodaje de Manlio Parrini, «el Maestro», y más tarde en su confidente y amigo. Hasta se casó con una actriz, las vueltas que da la vida. Y después de que el Maestro dejase de rodar, después del bombazo mundial que fue Las verdades rotas, Dizzani era el único animal presente en aquellos sets con el que Parrini aún mantenía el contacto.

Chequeos rutinarios, intervenciones de emergencia, consultas, alguna que otra cena.

—Me vale con que no empieces con esas estupideces de médicos de que no fume, que no beba, etcétera.

Dizzani hizo una mueca.

—¿Y para qué? ¿Para malgastar saliva? No quiero saber nada, Manlio. Si me dices que fumas una cajetilla, significa que te fumas dos, si me dices que te bebes una botella, significa que te bebes dos. Te puedo decir que reduzcas todo a la mitad, que camines más y que te tomes la Cardioaspirina. No te puedo garantizar nada, pero al menos no me remorderá la conciencia.

Una vez vestido —el cuello de la camisa mal puesto, una mitad fuera y la otra mitad por dentro del jersey— Manlio Parrini se sentó en la silla de los pacientes frente al escritorio del doctor, una silla que debía de haber visto llantos, preocupaciones y angustias.

—¿No me va a recetar nada, doctor?

Lo dijo riendo, con voz de viejecilla suplicante, una de esas tomaduras de pelo que le puedes hacer de vez en cuando a un amigo que te conoce mejor que a sí mismo. Dizzani también se rio.

—Sí, sí te voy a dar una receta. Compra una cabaña junto a un lago, cómprate un perro, sal a pasear con él y apúntate a un club de petanca… ¿Cuántos años tienes? ¿Setenta y cuatro? ¿Setenta y cinco? Ánimo, ya queda poco, te enterrarán junto a los mejores de la historia del cine.

—Ahí ya me enterraron hace tiempo —respondió el Maestro, siempre con una sonrisa. Pero después se puso serio y, algo distraído, añadió—: No soy codicioso, me basta con un año, Carlo. Estoy pensando en hacer una película.

 

Pues ya está.

Lo había dicho.

Lo había dicho sin querer, de alguna forma se le había escapado. Pero ahora que se mordía la lengua, que miraba la cara estupefacta del otro, la sorpresa dibujada en los ojos de su amigo abiertos de par en par, se decía a sí mismo que no pasaba nada. Su médico era el primero en saberlo, como había sido el primero en saber, mucho tiempo atrás, que no volvería a rodar más películas. Se acabó. Fin. Manlio Parrini se retiraba de los escenarios tras su obra maestra de éxito mundial.

Por odio, por miedo, por…

 

Soplaba un viento frío en Montreal en febrero de 1998. Parrini recogía un premio, uno de muchos. Las verdades rotas se había convertido en un hito, Cahiers du Cinéma le había dedicado un número especial, festivales de todo el mundo se peleaban por hablar con Parrini, o más bien, con monsieur Parrinì, sobre su arte, sobre el «neo-neorrealismo» que estaba revolucionando el cine europeo. Francia se volvía loca, Wim Wenders lo llamaba «Maestro», Hollywood lo adulaba de la única manera en la que sabe hacerlo: con maletines repletos de dólares y promesas de estatuillas doradas.

Se había convertido en una especie de culto andante. Un fastidio.

Anita lo había dejado hacía poco y había empezado a salir con un actor más joven que ella, la muy cretina. Tal vez no soportaba ser la mujer de una especie de monumento, de un campeón, de alguien al que todas las escuelas de cine comparaban con Fellini o Antonioni, alguien que solía ser objeto de trabajos de fin de grado. O tal vez ya se habían dicho todo lo que un hombre y una mujer se pueden decir.

Se había llevado a Montreal a Carlo Dizzani, su amigo, y fue allí, en el embarcadero, tras la gran Chinatown canadiense, con las solapas del abrigo alzadas y las manos metidas en los bolsillos, cuando le dijo:

—Se acabó, lo dejo, no voy a rodar ni una película más.

 

El amigo le había puesto la misma cara que ahora, con el mismo estupor, aunque en aquel momento también había una cierta alarma que ahora no se apreciaba.

Sin embargo, ahora había cierta curiosidad emocionada. Se recolocó en la silla, con las manos sobre el escritorio repleto de papeles.

—¿Y me lo dices así, sin más? ¡Cuéntame, venga!

—No, ahora no, que es pronto. Eres el primero en saberlo, pero no hay nada asegurado, es solo una idea.

Se despidieron como siempre: con un afecto desapegado, sin sentimentalismos, con alguna ocurrencia de señor mayor que ha visto ya muchas cosas.

 

Ahora está en la calle. Decide tomar un breve desvío; tiene que caminar, ¿no? De vez en cuando hay que hacer caso al médico. Así que se dirige a las calles del centro, atraviesa piazza della Scala, evita la Galleria y llega a piazza San Fedele.

Son las seis menos cuarto, la luz está a punto de desaparecer en uno de esos atardeceres milaneses de septiembre que no son realmente atardeceres, tan solo una caída programada del sol, un proceso burocrático de la iluminación.

De pie, frente a la estatua de Manzoni, enciende un cigarrillo. Ya no está la antigua comisaría central; se encontraba en la casa de los jesuitas, pero la bombardearon los aliados en el 43. Qué puntería: la iglesia se salvó, el resto no. Aunque ya no esté el edificio —ahora hay otro más refinado y lujoso—, ve al comisario De Vincenzi entrar y salir, se imagina una niebla porosa y densa, piensa dónde pondría la cámara o qué órdenes le daría al director de fotografía fingiendo que no son órdenes. Es lo que hace siempre que se imagina una historia: va a observar los lugares en los que se desarrolla y los ve de manera distinta a como son, los ve como él querría que fueran.

Sabe hacerlo. Es un don.

Así, ahora, mientras una multitud de personas sale de compras y pasa por su lado cargada de bolsas, se tropieza con turistas y funcionarios apresurados, esquiva a chicas que se hacen fotos, se arrima a los curiosos sin curiosidad que caminan con cansancio por la ciudad de la moda, él ve otra cosa. Ve una ciudad sin frenesí alguno, monumental y oscura, oprimida.

«Piazza San Fedele era un lago bituminoso de niebla, en cuyo interior las farolas en arco abrían halos teñidos de rojo», escribía Augusto De Angelis en 1935.

Ve el plano secuencia, las sombras deslizándose, las luces enrarecidas, una figura que se mete en un portal: el comisario De Vincenzi, un pequeño héroe que no sabe que lo es.

El comienzo de la historia, que es siempre el comienzo del final de una historia.

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Autor: Alessandro Robecchi. Título: Las verdades rotas. Traducción: M. Guillén Calderón. Editorial: Altamarea. Venta: Todostuslibros.

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