Inicio > Libros > Adelantos editoriales > Cuentos selectos, de Francis Scott Fitzgerald

Cuentos selectos, de Francis Scott Fitzgerald

Cuentos selectos, de Francis Scott Fitzgerald

Francis Scott Fitzgerald concebía los relatos como si fueran novelas. No por la extensión, sino por las emociones que debían provocar. Tal vez esta explicación encierra la clave de su modo de concebir relatos: los mejores de ellos, que son muchos, podrían haber sido novelas. 

En Zenda reproducimos un relato entero de Cuentos selectos (Edhasa), de F. Scott Fitzgerald.

*****

LA DÉCADA PERDIDA

Personas de toda calaña entraban en la redacción del semanario y Orrison Brown mantenía toda clase de relaciones con ellas. Cuando terminaba el horario de oficina, era «uno de los editores»; pero durante las horas de trabajo era simplemente un tipo de cabello rizado que hacía un año era director del Jack-O-Lantern de Dartmouth y ahora se conformaba con asumir las tareas indeseables de la redacción: desde corregir originales ilegibles hasta hacer de chico de los recados sin que se lo pidieran.

Ya había visto entrar a ese individuo en la oficina del editor: un hombre pálido y alto, de unos cuarenta años, con el pelo rubio impecablemente peinado y ademanes que no eran ni huraños ni tímidos, ni tampoco sobrenaturales como los de un monje, pero que tenían algo de las tres cosas. El nombre que aparecía en su tarjeta, Louis Trimble, le traía vagos recuerdos, pero, al no encontrar ningún punto de referencia, Orrison se olvidó del asunto…, hasta que un timbre sonó en su escritorio y por experiencia supo que el tal Trimble sería el primer plato de su almuerzo.

–Louis Trimble… Orrison Brown –dijo la fuente del dinero de todos los almuerzos–. Orrison, Trimble ha estado fuera mucho tiempo. O él siente que ha sido mucho tiempo: casi doce años. Mucha gente se consideraría afortunada si se hubiera perdido la última década.

–Así es –dijo Orrison.

–Hoy no puedo almorzar con vosotros –prosiguió su jefe–. Llévalo a Voisin, o al 21, o adonde quiera.

Trimble cree que se ha perdido muchas cosas. Trimble objetó educadamente:

–Ah, me las puedo apañar.

–Ya lo sé, viejo amigo. Nadie conocía esta ciudad como tú. Y si Brown se empeña en explicarte qué es un carruaje sin caballos, me lo mandas de vuelta inmediatamente. Y tenéis que estar de vuelta a las cuatro, ¿de acuerdo?

Orrison tomó su sombrero.

–¿Ha estado diez años fuera? –preguntó mientras bajaban en el ascensor.

–Estaban empezando a construir el Empire State Building –dijo Trimble–. ¿En qué año fue eso?

–En 1928, más o menos. Pero, como dice el jefe, tuvo suerte de perderse muchas cosas. –Y, como sondeándolo, añadió–: Seguramente, usted tenía cosas más interesantes que ver.

–Creo que no.

Llegaron a la calle. Al comprobar que a Trimble se le ponía rígido el semblante con el fragor del tráfico, Orrison hizo otra conjetura:

–¿Ha vivido lejos de la civilización?

–En cierto sentido.

Lo dijo de una manera tan medida que Orrison concluyó que ese hombre no hablaría a menos que quisiera hacerlo… Y, al mismo tiempo, se preguntó si habría pasado los años treinta en una cárcel o en un manicomio.

–Éste es el famoso 21 –dijo–. ¿Prefiere comer en otro lugar?

Trimble hizo una pausa y miró con atención el edificio de piedra roja.

–Recuerdo cuando el nombre del 21 empezó a hacerse famoso –dijo–, más o menos el mismo año que el Moriarity. –Inmediatamente, continuó casi en tono de disculpa–: Pensaba que pasearíamos un rato por la Quinta Avenida y comeríamos en cualquier lugar por allí: en algún sitio donde pudiéramos ver a gente joven.

Orrison lo miró de reojo y volvió a pensar en rejas y muros grises y más rejas; se preguntó si en el menú estaría incluido presentarle chicas fáciles a Trimble. Pero éste no parecía tener en mente algo así: su expresión era de absoluta y profunda curiosidad. Orrison trató de relacionar su nombre con la expedición perdida en el Polo Sur del almirante Byrd o con los aviadores desaparecidos en la jungla brasileña. Era, o había sido, todo un personaje; eso resultaba obvio. Pero la única pista definitiva para averiguar su procedencia –y a Orrison esa pista no lo conducía a ninguna parte– era que, como hombre de ciudad, respetaba los semáforos y prefería caminar por la acera del lado de las tiendas y no del lado de la calzada. De pronto, se detuvo a mirar el escaparate de una sastrería.

–Corbatas de crespón –dijo–. No veía corbatas como éstas desde que dejé la universidad.

–¿Dónde estudió?

–En el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

–Gran lugar.

–La semana que viene iré de visita. Comamos algo por aquí… –Habían pasado la calle 50–. Elija usted.

En la esquina, había un buen restaurante con una pequeña marquesina.

–¿Qué preferiría ver? –preguntó Orrison cuando se sentaron.

Trimble lo pensó un instante.

–Bueno… La nuca de la gente –sugirió–. El cuello… Cómo la cabeza se une al cuerpo. Me gustaría oír qué le están diciendo a su padre aquellas dos niñas. No exactamente lo que están diciendo, sino si las palabras flotan o se hunden, cómo se cierran sus labios cuando terminan de hablar. Es una cuestión de ritmo… Cole Porter volvió a Estados Unidos en 1928 porque intuyó que había nuevos ritmos en el aire.

Orrison estaba seguro de haber encontrado la pista que buscaba, pero, con amable delicadeza, no la siguió ni por un segundo, e incluso reprimió un repentino deseo de decirle que había un buen concierto en el Carnegie Hall esa misma noche.

–El peso de las cucharas –dijo Trimble–, tan liviano. Un cuenco pequeño pegado a un mango. El ligero estrabismo de aquel camarero. Lo conozco desde hace mucho tiempo, pero seguro que no se acuerda de mí.

Sin embargo, cuando salían del restaurante, el camarero miró a Trimble como si dudara, como si estuviera a punto de reconocerlo. Cuando salieron a la calle, Orrison se echó a reír:

–Después de diez años, la gente olvida.

–Ah, estuve comiendo aquí el pasado mayo… –Trimble se interrumpió bruscamente.

Orrison llegó a la conclusión de que todo aquello era un poco descabellado, y de pronto se convirtió en un guía turístico.

–Desde aquí puede ver el Rockefeller Center –señaló con entusiasmo– y el edificio Chrysler y el Armistead, el padre de todos los edificios nuevos.

–El edificio Armistead. –Trimble miró hacia donde le indicaba, obediente–. Sí, yo lo proyecté.

Orrison negó con la cabeza y sonrió. Estaba acostumbrado a tratar con toda clase de gente. Pero eso de que había comido en ese mismo restaurante en mayo pasado…

Se detuvo ante la placa de bronce en la piedra angular del edificio. «Construido en 1928», decía.

Trimble asintió.

–Pero ese año empecé a emborracharme, a beber de verdad. Así que es la primera vez que lo veo.

–Ah. –Orrison titubeó–. ¿Quiere entrar?

–He entrado muchas veces, muchas. Pero nunca lo he visto. Y ahora no es esto lo que quiero ver. Ahora mismo sería incapaz. Sólo quiero ver cómo camina la gente y de qué están hechos sus vestidos, sus sombreros y sus zapatos. Y los ojos y las manos. ¿Le importaría estrecharme la mano?

–En absoluto.

–Gracias, gracias. Es muy amable de su parte. Supongo que le resultará extraño, la gente pensará que nos estamos despidiendo. Voy a pasear un rato por la avenida, así que sí: nos tenemos que despedir. Avise en la redacción de que volveré a las cuatro.

Orrison lo siguió con la mirada cuando empezó a alejarse, casi esperando verlo escabullirse en un bar. Pero no había nada en Trimble que sugiriera o hubiera sugerido que bebiera.

«Dios –dijo para sí–, diez años borracho».

Palpó la tela de su chaqueta y luego alargó la mano y apretó el pulgar contra el granito del edificio que tenía más cerca.

—————

Autor: F. Scott Fitzgerald. Título: Cuentos selectos. Traducción: Carlos Gamero. Editorial: Edhasa. Venta: Todostuslibros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios