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Una vida en las carreras, de Gerald Murnane

Una vida en las carreras, de Gerald Murnane

En el verano de 2025 leí Las llanuras (1982), la novela más famosa de Gerald Murnane (Melbourne, 1939), y la leí porque el nombre de este australiano, que no conocía, había empezado a sonar para el premio Nobel y era admirado por algún autor consagrado, como J. M. Coetzee. Parecía un personaje peculiar: alguien que no había volado nunca en avión, y que no se había alejado más de una jornada en coche del lugar del que nació. Las llanuras me pareció una novela desconcertante, sobre un tipo que quiere estudiar precisamente eso, las eternas llanuras australianas, y en el proceso de descifrar sus secretos queda perdido en el territorio. La novela, escrita con una prosa exquisita, era extraña, y me quedé con la sensación de que no había resuelto el misterio que me proponía Murnane. Más tarde, a finales de verano de 2025, me encontré en La Central de Callao con Distritos de frontera (2017), que era el último libro del autor que sacaba la editorial Minúscula y, al ver que era un libro de autoficción, me apeteció comprarlo y leerlo, porque quería saber más de este autor. Distritos de frontera fue como leer un libro de poesía más que una novela, por su delicadeza y su forma proustiana de recrearse en los detalles de la percepción y de los recuerdos. Poco después, le solicité a la editorial Minúscula Una vida en las carreras (2015), que era la novela de Murnane, de las traducidas al español, que me faltaba por leer de él. Los editores me lo enviaron y he tardado casi un año en acercarme a él. Lo que es raro, porque, dentro de mi desbarajuste de lecturas habitual, suelo priorizar, para acercarme a ellos, los libros que solicito a las editoriales frente a los que compro.

La lectura de Una vida en las carreras ha sido un tanto atropellada para mí. Lo empecé a leer en el hospital de Móstoles, acompañando un ingreso de mi padre, y me lo llevé a mi viaje a Japón. Así que leí algo de él —además de en la habitación del hospital y en un banco del pasillo— en los vuelos a Doha y Tokio, seguí por las noches en el hotel de Tokio, mientras los ojos se me cerraban de cansancio, y lo terminé en un tren bala de Tokio a Kioto.

"Una vida en las carreras trata de su pasión, u obsesión, por las carreras de caballos"

Una vida en las carreras, como Distritos de frontera, también es una obra de autoficción, y aunque los dos hablan en principio de la misma vida, la de un escritor australiano llamado Gerald Murnane, que fue seminarista, maestro y más tarde profesor universitario, acaban siendo libros bastante diferentes, ya que se centran en intereses, u obsesiones, diferentes de esta misma persona. Mientras que en Distritos de frontera reflexionaba sobre su obsesión por cómo incidía la luz en las verandas de las casas y en las vidrieras de edificios religiosos, que asociaba a recuerdos de la infancia más remota, Una vida en las carreras trata de su pasión, u obsesión, por las carreras de caballos. En la página 130 llegará a escribir: «Me he entregado a las carreras de caballos como otra gente se entrega a asuntos religiosos, políticos o culturales, aunque espero ser capaz todavía de reírme de mí mismo». Y sobre esta fe religiosa en las carreras de caballos y toda la mitología que las rodea trata este libro. Puede que algunos capítulos empiecen hablando de otras facetas de la vida de Murnane (sus relaciones sentimentales, su vida profesional…), pero estos preliminares siempre revertirán en alguna anécdota o realidad sobre lo que las carreras de caballos han supuesto en su vida.

«A menudo los sonidos de una retransmisión ecuestre me traen a la mente imágenes de lo que veían durante los primeros años en que oí esos mismos sonidos» (pág. 10). Una idea parecida es la que se usa en Distritos de frontera para evocar el pasado, como ya dije, desde la forma de dar el sol en la verandas de las casas y las vidrieras de las iglesias. El propio Murnane afirma que una de sus mayores referencias literarias es Marcel Proust, y se puede apreciar perfectamente en este tipo de detalles. Él mismo nos contará que cuando pasó a ser profesor de una escuela de educación avanzada, en su despacho colocó tres fotos: un retrato de Emily Brontë, otro de Marcel Proust, y la tercera era una escena de una carrera de caballos de 1946. Para él serán tres imágenes igual de importantes en su mitología personal.

Murnane nos hablará, por ejemplo, de cómo recreaba de niño las carreras de caballos con sus canicas, sintiendo especial predilección por la épica del caballo que parte desde atrás para imponerse definitivamente en la recta final. Sus canicas también aparecían en Distritos de frontera. En esta novela contaba que, ya de adulto, volvía a su bolsa de canicas, las esparcía ante sí y jugaba a realizar combinaciones que pudieran llevarle a recuerdos de la infancia. Con la información que se nos da ahora en Una vida en las carreras, aquel pensamiento toma más fuerza. Respecto a esto, en la página 235 leemos: «Durante los primeros años no habría podido encontrar palabras para explicar la influencia que la luz del interior de la catedral tenía sobre mí; tan solo era capaz de sentir una especie de agradable suspense, como si estuviera a punto de experimentar algo que era más que una fantasía, pero menos inalterable que la realidad» (pág. 235).

"También leyendo Una vida en las carreras he encontrado alguna de las claves interpretativas de Las llanuras"

También leyendo Una vida en las carreras he encontrado alguna de las claves interpretativas de Las llanuras: en esta novela se hablaba de un antiguo conflicto entre dos grupos de llaneros, que tenían modos distintos de experimentar las llanuras, conflicto que se simbolizaba con dos colores que se seguían usando en la vestimenta y adornos de los llaneros. Un color es el verdeazulado que nos remitía a la línea del horizonte, donde las llanuras se confundían con el cielo, y el otro, amarillo, tenía que ver con un estudio de la liebre de las llanuras, un animal que trataba de ocultarse en el terreno, sin moverse, camuflándose entre los pastos de las llanuras. Murnane, durante toda su vida, ha estado obsesionado con los colores de los equipamientos de los jockeys en las carreras. De hecho, Murnane nos hablará de las relaciones de sinestesia que ha establecido en su vida con los colores de los trajes de los jockeys: «Asocio el naranja, el púrpura y el negro con una confianza discreta y con una firme dignidad y determinación» (pág. 129), y en la página 126 leemos: «Sospecho que mi interés por el color tiene relación con el hecho de que no tengo sentido del olfato».

Murnane nos va a hablar de quiénes eran sus locutores de carreras favoritos y los que menos le gustaban, nos va a explicar cómo se hacían trampas en las carreras, mediante el plunge, que consistía en hacer que un caballo bueno corriera mal para hacer subir su cotización en las apuestas, hasta el momento en el que se le hacía correr bien y sacar mucho rendimiento a las apuestas. Nos va a hablar de los aficionados a las carreras, de los promotores, de los dueños de caballos… y, entre medias, se irán filtrando, casi de un modo escorado, datos de su vida. Cómo fue un joven solitario, que deseaba tener novia, pero a la vez renegaba de la compañía femenina porque esta podía impedirle ir al hipódromo los sábados por la noche, lugar en el que quería estar después de una semana de trabajo como maestro. Murnane empezará a escribir este libro en 2013, después de la muerte de su esposa, a quien, por suerte para él, también le gustaba ir al hipódromo los sábados por la noche, aunque, nos contará, ella se olvidaba durante la semana de los caballos y él no podrá hacerlo. Nos va a hablar en esta novela Murnane de su mujer, pero también de la figura de su padre. Y en el tema del padre se puede encontrar una de las claves sobre el significado del libro: el padre de Murnane también era un gran aficionado a las carreras de caballos y sobre todo a las apuestas. En algún momento, Murnane nos contará que su padre llegó a comprar un coche nuevo gracias a las ganancias de alguna apuesta, pero también el padre acabará endeudando a la familia por las apuestas, y esto les obligará incluso a tener que cambiar de vivienda. «Lo cierto es que mi padre nunca fue capaz de apostar con responsabilidad, para decirlo con esta expresión tan mojigata» (pág. 56). Al propio Murnane le gusta apostar a las carreras, pero parece que él —escarmentado por el problema del padre— solo le dedica a esto pequeñas cantidades, que le reportan pequeñas alegrías y solo pequeñas pérdidas.

"Aquí sí que anida la clave de todo: incluso para el propio Murnane parece un misterio por qué ha sentido durante toda esa vida la fascinación"

La narración es metaficción, y Murnane, de forma recurrente, habla sobre su propia escritura («en la página anterior no he mencionado las carreras», escribirá, por ejemplo), sobre la forma de organizar el texto o los recuerdos, o sobre la posible repercusión que pueda tener hablar de alguien cincuenta años después de los hechos contados. También Murnane reflexionará sobre el propio arte de escribir: «Siempre he sostenido que un escritor no consigue nada intentando describir sentimientos, que los sentimientos solo se pueden sugerir» (pág. 109), y aquí puede estar una de las claves del libro: uno lee Una vida en las carreras con la sensación de que el autor va a desvelar un misterio al lector, un misterio cuya resolución va quedando, de forma indefinida, postergado, y esta sensación de estar en contacto con el misterio será lo que le impelerá a seguir hacia delante. En la página 243 leemos: «Hace tiempo que creo que la mejor manera de explicarse uno mismo es escribiendo para un lector, ya sea real o imaginario», y aquí sí que anida la clave de todo: incluso para el propio Murnane parece un misterio por qué ha sentido durante toda esa vida la fascinación que ha sentido por las carreras de caballos; en el deseo de explicárselo a sí mismo consigue arrastrar al lector al misterio de otra existencia, que, en su extrañeza o su medianía, puede ser epítome del misterio de la vida humana. Me ha gustado Una vida en las carreras. Es, desde luego, un libro original, que consigue hacerle interesante un tema al lector del que en principio —al menos para mí— no tenía ningún conocimiento ni ningún interés, el de las carreras de caballos, que acaba siendo una excusa, o un simple prisma inesperado, desde el que hablar de lo de siempre, la vida humana, con elegancia, misterio e inteligencia.

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