Foto de portada: Miguel González
El 18 de agosto de 1936, a las 04:45 de la madrugada, un grupo de cobardes asesinó a Federico García Lorca. Y sin embargo, cuando se cumplen noventa años del crimen que condenó para siempre el alma de los sublevados, la figura del poeta sigue entre nosotros. Se estrenan sus obras de teatro, se reimprimen sus poemarios, se publican nuevas biografías… y toda esta actividad en torno a un hombre ejecutado a la temprana edad de treinta y ocho años confirma ese viejo mantra según el cual los fachas ganaron la guerra, pero perdieron la cultura. Entre la extensa bibliografía que llega estos días a las librerías, conviene destacar tres títulos editados por un mismo experto: Víctor Fernández. El primero, No te olvides de escribir (Akal), contiene la correspondencia que el poeta intercambió con su familia directa; el segundo, Prosa literaria completa (Galaxia Gutenberg), compila la totalidad de la obra en prosa del granadino; y el tercero, Recuerdos: Breve historia de amor (Seix Barral, en otoño), desvela la relación que el autor mantuvo con Juan Ramírez de Lucas.
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—Este año se conmemora el nonagésimo aniversario del asesinato de Lorca, pero tú sostienes que también deberíamos celebrar los 110 años del nacimiento del escritor que llevaba dentro.
—Sí, porque, en un texto fechado el 15 de octubre de 1917, Lorca escribió: «Hace un año que salí hacia el bien de la literatura». Eso significa que este otoño se cumplirán 110 años del momento en que él mismo sitúa el nacimiento de su vocación literaria. Esa decisión coincide, además, con la muerte de su maestro de música. Hay que recordar que Lorca, en sus inicios, quería ser pianista y compositor. Incluso llegó a escribir algunas piezas y a recuperar canciones populares como “Los cuatro muleros” o “El café de Chinitas”. Sin embargo, cuando su maestro fallece, abandona el sueño de formarse en el conservatorio de París. Es entonces cuando nace el escritor. Y lo hace a través de la prosa, no de la poesía. Su primer libro, Impresiones y paisajes, es un volumen de prosas viajeras nacido de las excursiones que realizó por buena parte de España junto al profesor Martín Domínguez Berrueta. Durante esos viajes escribió a su familia cartas larguísimas, llenas de descripciones, que son auténticas crónicas de viaje y que constituyen el germen de ese libro.
—Muchas de esas cartas están recogidas en No te olvides de escribir, un libro que, entre otras cosas, nos desvela los pormenores de la vida cotidiana de la familia García Lorca.
—Publicar esta correspondencia supone adentrarse en la intimidad de su familia, es cierto. Pero creo que su extraordinario interés biográfico y literario lo justifica. Hay cartas, como las escritas durante esos viajes o durante su estancia en Nueva York, que son auténticos reportajes periodísticos. La que dedica al crac de 1929, por ejemplo, podría publicarse como una crónica, aun cuando Lorca adorna la realidad y asegura haber presenciado suicidios que en realidad no se produjeron. Pero, más allá de su valor literario, estas cartas retratan a una familia extraordinariamente unida. Los padres viven pendientes de su hijo: quieren que estudie, que no pase frío en la Residencia de Estudiantes, que no se sienta solo. Me gusta decir que este libro nos permite ver a Lorca en zapatillas. Tenemos tan idealizada su figura, tan transformada en una estatua de mármol colocada sobre un pedestal, que a veces olvidamos que fue una persona de carne y hueso. Las cartas recuperan precisamente esa dimensión humana y nos muestran a un Federico cercano, cariñoso y profundamente unido a los suyos. En ellas se aprecia el apoyo constante de su madre, que impulsa y protege su carrera literaria, y también de sus hermanos, que incluso le reprochan que no les informara del estreno de Mariana Pineda en Barcelona. Manuel Fernández Montesinos, marido de su hermana Concha, aparece con menos frecuencia en la correspondencia, aunque sabemos que Lorca siguió muy de cerca su boda y el nacimiento de sus hijos. La historia de este hombre resulta especialmente trágica: fue el último alcalde republicano de Granada. Lo detuvieron al comienzo del golpe militar y fue fusilado junto a la tapia del cementerio en la madrugada del 16 de agosto de 1936. Esa misma tarde detuvieron a Lorca, que llegó a conocer la muerte de su cuñado pocas horas antes de ser él mismo asesinado.
—También has publicado la Prosa literaria completa, que reúne por primera vez toda su prosa en un solo volumen. ¿Cómo surge este proyecto?
—La idea fue de Joan Tarrida, editor de Galaxia Gutenberg. En 1998, esta misma editorial publicó la edición más completa de las obras de Lorca, en cuatro tomos. Pero hoy está descatalogada. Después editaron versiones más asequibles de la poesía y del teatro y, un día, Tarrida me preguntó qué más podía hacerse con el legado de Lorca. Le respondí que había llegado el momento de reivindicar su prosa. La de juventud, por ejemplo, apenas se había leído como merece. Me pareció importante reunir en un único volumen las prosas juveniles y las de madurez, incluidas las conferencias y las alocuciones, dejando claro que hablamos de prosa literaria, no de cartas ni entrevistas.
—Ese libro desmonta muchas lecturas interesadas de Lorca. En los textos aparecen reflexiones sobre el patriotismo, la bandera o la política que ayudan a comprender mucho mejor cuál era realmente su pensamiento.
—Prosa literaria completa y No te olvides de escribir dialogan entre sí porque ambos permiten desmontar muchas de las falsedades que siguen circulando sobre su persona. Hoy incluso hay quien intenta presentar a Lorca como un hombre de derechas o como alguien próximo a Falange. Son manipulaciones. Lorca tenía ideas políticas, se identificaba con el perseguido, no creía en la neutralidad. Lo dejó escrito en una de sus cartas: «No se puede ser neutral en España».
—En No te olvides de escribir reconstruyes uno de los episodios más estremecedores de los últimos días de Lorca: la nota que envió a su padre pidiéndole dinero para salvarse de la muerte.
—Tras su detención, Lorca fue encerrado en el Gobierno Civil de Granada y uno de sus verdugos intentó chantajearlo haciéndole creer que podría salvar la vida si hacía una donación económica a las fuerzas armadas. Bajo esa promesa, escribió una nota dirigida a su padre: «Papá, te ruego que entregues a este señor mil pesetas como donativo para las fuerzas armadas». A la mañana siguiente, varios hombres se presentaron en la casa familiar. Los padres estaban con su hija Concha, cuyo marido acababa de ser asesinado, mientras esperaban angustiosamente noticias de Federico. Según relató después el chófer de la familia, cuando el padre recibió la nota creyó que su hijo seguía vivo y entregó inmediatamente el dinero. El hombre que recogió las mil pesetas se dio cuenta de que el chófer lo había reconocido como uno de los pistoleros que actuaban aquellos días en Granada. Entonces lo llamó aparte, le ordenó guardara silencio y, para aparentar cordialidad, le ofreció un cigarrillo. Justo cuando iba a encenderlo, le dijo: «Lo hemos sacado del cadáver de tu señorito». Con esa frase le hacía saber que Lorca ya había sido asesinado y que acababan de estafar a la familia. Es una escena que resume de manera brutal el clima de violencia y crueldad que se vivía en la España de aquellos días.
—Da la impresión de que el archivo lorquiano nunca se agota y de que la bibliografía sobre el poeta no deja de crecer. ¿Quedan todavía muchos documentos por descubrir, o estamos asistiendo a los últimos hallazgos?
—Se está publicando muchísimo, probablemente demasiado. El problema es que una parte importante de esa producción resulta reiterativa. Siguen apareciendo refritos de la gran biografía de Ian Gibson y nuevas ediciones del Romancero gitano o de Poeta en Nueva York en las que apenas cambia la portada. Sin embargo, entre toda esa hojarasca también surgen aportaciones de enorme interés. Ahí están, por ejemplo, el Cancionero popular publicado por Casimiro Parker con las partituras conservadas de Lorca; Lorca en Vermont (Taurus), fruto de años de investigación de Patricia A. Billingsley; y el catálogo de la exposición Lorca y el archivo: Memoria en movimiento, editado por la Residencia de Estudiantes. Creo que el lector sabe distinguir qué libros aportan realmente algo nuevo y cuáles acabarán cayendo en el olvido. En cuanto a ese supuesto pozo sin fondo, me temo que sí que tiene fondo. Siguen apareciendo documentos, pero cada vez hay menos descubrimientos de primera magnitud. Pueden surgir dibujos, documentos menores o manuscritos aislados, pero no un libro desconocido o algo similar.
—Miguel Poveda encontró hace poco un manuscrito…
—El caso de Miguel Poveda es muy interesante. En cierta ocasión le comenté que una librería anticuaria alemana estaba vendiendo varios manuscritos de Lorca y, entre ellos, había uno del Diván del Tamarit. Hallazgos de ese nivel todavía son posibles. Otra cosa es que aparezca una obra completamente desconocida. De hecho, sabemos que existen manuscritos muy importantes que se han perdido, como los de Bodas de sangre o Yerma. Son pérdidas enormes porque nos impiden comparar los originales con las versiones que finalmente se publicaron. Y no solo faltan manuscritos: también hemos perdido la voz de Lorca. No conservamos ninguna grabación suya, aunque sigo pensando que, tarde o temprano, acabará apareciendo alguna.
—Y luego están los archivos que siguen vetados a los investigadores. Pienso, por ejemplo, en el de Rafael Martín Nadal. ¿Qué sabemos realmente de ese fondo y por qué continúa siendo inaccesible?
—El archivo de Rafael Martín Nadal es el Santo Grial del lorquismo, precisamente porque desconocemos su contenido. Martín Nadal fue un gran amigo de Lorca, un hombre de su absoluta confianza. Según cuenta Isabel García Lorca en sus memorias, al terminar la Guerra Civil entraba y salía libremente de la casa familiar en Madrid. No sabemos si se llevó documentos, pero sí que, a finales de los años noventa, vendió a la Biblioteca Nacional el manuscrito de El público y varios originales del Romancero gitano, Poema del cante jondo y Poeta en Nueva York. Todo eso permite imaginar la importancia del material que aún conserva su archivo. Por desgracia, nadie sabe exactamente qué contiene. Sus herederos han decidido —y es una decisión que hay que respetar— no permitir el acceso a ningún investigador. El archivo permanece en Londres y, que yo sepa, ninguna institución ha intentado adquirirlo.
—¿Y la familia de Lorca? ¿Conserva documentos importantes?
—Sí. Sabemos, por ejemplo, que conserva el manuscrito original de Así que pasen cinco años. Basta imaginar lo que podría alcanzar una pieza así en una subasta. El año pasado intenté, una vez más, abrir una vía de diálogo con los herederos a través de una persona muy cercana a ellos, pero la respuesta fue clara: no quieren hablar del asunto.
—Tú has coeditado, junto a Christopher Maurer, las memorias de Juan Ramírez de Lucas, que llegarán a las librerías el 21 de octubre bajo el título Recuerdos: Breve historia de un amor (Seix Barral). ¿Cuál es la importancia de este libro?
—Ramírez de Lucas fue un conocido crítico de arte que, en febrero o principios de marzo de 1936, interpretó un pequeño papel en Así que pasen cinco años. Lorca asistió a los ensayos y se fijó en él. Al principio, Juan no le prestó atención, pero después volvieron a encontrarse y nació una relación. Hoy podemos decir, casi con total seguridad, que aquel fue el último gran amor de Lorca. Ramírez de Lucas dejó escrita esa historia en unos cuadernos que han permanecido inéditos durante décadas y que ahora, respetando el deseo de su entorno, por fin salen a la luz.
—Además de investigar sus archivos, también has buscado los restos del propio Lorca. Sé que es un asunto del que estás un poco cansado, pero es inevitable preguntarte. ¿Crees que algún día podremos enterrar dignamente a Lorca?
—Ahora mismo, no estamos avanzando en ese sentido. Hay cosas que sabemos con bastante certeza: dónde lo mataron y dónde fue enterrado. Eso está fuera de toda duda. De hecho, en 1980 la Diputación de Granada hizo un trabajo de investigación cuyos resultados deberían publicarse. Creó una comisión en la que participaron expertos como Ian Gibson o José Luis Vila-San Juan, además de testigos directos del crimen. Gracias a ese trabajo se delimitó el lugar exacto donde habían ocurrido los hechos. La Diputación compró el terreno para protegerlo, ya que la zona empezaba a urbanizarse. De hecho, ese espacio se convirtió en 1986 en un parque dedicado a la memoria de Lorca y de todas las víctimas de la Guerra Civil. Durante las obras, se removió el terreno y, como era lógico, aparecieron restos humanos. Pero, según me han confirmado tres fuentes distintas, además de varios trabajadores de las obras, los responsables decidieron no comunicar el hallazgo a las autoridades. Recogieron los restos, los metieron en un saco y los enterraron en otro punto del parque. Pero quiero dejar claro que no afirmo que esos restos pertenezcan a Lorca; únicamente sostengo que allí hay restos humanos y que nunca se ha querido intervenir en ese lugar. La historia tiene incluso un epílogo muy revelador: en enero de 2014 unas lluvias muy intensas provocaron un corrimiento de tierras en una urbanización cercana y el jardinero encontró restos humanos. En esa ocasión sí intervino la Guardia Civil, un juzgado y un equipo de arqueólogos. Pero, desde entonces, no hemos vuelto a saber nada: desconocemos qué decía el informe forense, no nos han mostrado las conclusiones de la investigación, no sabemos si llegaron a practicarse pruebas periciales… Yo sé qué ocurrió con esos restos, pero prefiero no contarlo para evitar que me insulten de nuevo. Porque, cada vez que tocas el tema del cadáver de Lorca, recibes una cantidad de ataques asombrosa. Personalmente, estoy harto.
—Sorprende que todavía existan documentos sobre el asesinato de Lorca que permanezcan clasificados.
—No hace falta irse a Granada para encontrar zonas oscuras; basta con mirar a Madrid. El Estado sigue manteniendo como secretos los documentos oficiales que el franquismo generó sobre el asesinato de Lorca. Y cuando alguna vez se ha desclasificado parte de ese material, se ha hecho público con partes censuradas. Pero no me parece una cuestión ideológica, sino de pura incompetencia. Hay algo de berlanguiano en todo esto. Lo he vivido en primera persona. Cuando César Antonio Molina era ministro de Cultura, hablé con el entonces secretario de Estado y le planteé la posibilidad de desclasificar esa documentación. Su reacción fue de auténtica sorpresa: «¿Cómo es posible que esto siga siendo secreto?». Me aseguró que estudiarían el asunto, pero no ocurrió absolutamente nada. Años después, repetí la conversación con Jordi Martí, actual secretario de Estado de Cultura, y obtuve prácticamente la misma respuesta: incredulidad, buenas palabras y, después, silencio. Por eso me cuesta hablar de conspiraciones. Me inclino más por la idea de la incompetencia sumada a la pereza.





Qué pesaditos con Lorca. Dejad ya el pasado. El melón lo abrió Zapatero cuando el 11M lo puso ahí y miren todo lo que ha traído.
“Los fachas perdieron la guerra, pero perdieron la cultura”. Llamar “facha” al bando nacional es simplista. La sublevación contra el Frente Popular fue apoyada por partidos republicanos de centro, como el Partido Republicano Radical de Lerroux y otras figuras del republicanismo histórico como Sigfrido Blasco Ibáñez, por el PNV de Navarra y Álava, la Lliga de Cambó, y hasta los generales ‘golpistas eligieron el lema de la Revolución de 1868 como lema de su primer manifiesto.
El Frente Popular llegó al poder por unas elecciones fraudulentas. Ya hay estudios, como el de Álvarez Tardío, que lo prueban sin que nadie le haya podido rebatir. La legalidad había desaparecido al neutralizar el gobierno al Tribunal de Garantías Constitucionales y por los asesinatos y el clima de violencia que culminó con el asesinato de Calvo Sotelo (y el frustrado de Gil Robles) que decidió a unirse a gente renuente a una sublevación, como fue el caso de Franco.
Llamar fachas a la cantidad de artistas y literatos que apoyaron al bando nacional, y que lucharon junto a él, o equipararlos a los asesinos de García Lorca, es un ejercicio de ignorancia. Ahí está el caso de Luis Rosales o de Dionisio Ridruejo en relación con Lorca. Es una pena que, habiendo tanta información disponible, aún exista un sectarismo inexplicable.
Hay muchos países europeos donde hubo una guerra civil entre amigos y enemigos del comunismo, desde Finlandia en 1918 hasta Grecia en 1949. España no es una excepción. La única excepción es la cantidad de ignorancia de la historia.