La escritora Vic Echegoyen regresa a la gran novela histórica con Blitz (M.A.R. editor), una ambiciosa reconstrucción literaria de una de las noches más devastadoras de la Segunda Guerra Mundial: el bombardeo aliado de Dresde en febrero de 1945. Pero quien espere únicamente una novela bélica se equivoca. Echegoyen utiliza aquella catástrofe para plantear preguntas mucho más incómodas y actuales: cómo se reconstruye una sociedad después del odio, qué queda de la humanidad cuando todo se derrumba y hasta qué punto es posible el perdón entre enemigos irreconciliables.
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—Todos sabemos qué fue el Blitz, los bombardeos sobre ciudades durante la Segunda Guerra Mundial. Pero ¿qué es exactamente Blitz? ¿Qué va a encontrar el lector en esta novela?
—Va a encontrar una historia de guerra, de destrucción, de muerte y de horror, pero también una historia de esperanza. Quería contar un episodio terrible de la historia europea que, sin embargo, desemboca en algo luminoso. Parece una contradicción, pero no lo es. Lo extraordinario es que ese final feliz existió realmente. Cuando pensamos en Dresde pensamos en fuego, ruinas, miles de muertos y una ciudad borrada del mapa. Todo eso está en la novela. Pero también está lo que vino después. Cómo personas que habían sido enemigas mortales fueron capaces de darse la mano y construir algo nuevo. Para mí, esa es la verdadera historia.
—¿Cuándo empezó a gestarse la novela?
—Muchísimo antes de escribir la primera línea. La llevaba dentro desde hace décadas. Una de las protagonistas reales sobrevivió al bombardeo de Dresde y terminó convirtiéndose en la niñera de mi madre y de mi tío. Yo crecí escuchando sus recuerdos. Aquella mujer no hablaba de historia. Hablaba de lo que había visto, olido, sufrido. Hablaba de personas. Durante años quise escribir esa historia, pero sabía que aún no estaba preparada. Había que encontrar la distancia adecuada y, sobre todo, el enfoque correcto. No quería escribir simplemente una novela sobre un bombardeo. Eso ya existía.
—¿Qué fue lo que encontró finalmente?
—La reconciliación. Cuando descubrí que muchos de los pilotos británicos y estadounidenses que participaron en aquellos ataques regresaron años después a Dresde para ayudar a reconstruir la ciudad y pedir perdón, comprendí que allí estaba el corazón de la novela. Estamos hablando de muchachos de dieciocho o diecinueve años. Chicos prácticamente adolescentes que habían participado en una de las operaciones más devastadoras de la guerra. Cuando vieron las consecuencias reales de aquello, muchos decidieron volver. Eso me pareció extraordinario. Y me sigue pareciendo extraordinario hoy.
—¿Tiene algo que ver la guerra de Ucrania con la decisión de escribirla ahora?
—Muchísimo. Yo vivo en Hungría, un país que hace frontera con Ucrania. Desde el comienzo de la guerra he visto llegar a cientos de miles de refugiados. Familias enteras. Ancianos. Madres con niños pequeños. Personas que lo han perdido absolutamente todo. Aquello removió muchos recuerdos familiares. Mi madre, mis tíos, mis abuelos también fueron refugiados de guerra. Siempre contaban cómo habían sido acogidos por gente que apenas tenía nada para sí misma y aun así compartía lo poco que poseía. Cuando vi repetirse aquellas escenas ochenta años después sentí que la historia me estaba diciendo que era el momento de escribir Blitz.
—¿Qué ha sido lo más difícil de este libro?
—Entender cómo personas corrientes consiguen conservar su humanidad cuando todo alrededor se está derrumbando. Eso es lo más duro y también lo más hermoso de la novela. Los protagonistas tienen miedo. Cometen errores. Sufren. Pero siguen ayudando a los demás. Arriesgan la vida por vecinos, por desconocidos, por prisioneros de guerra. Incluso por animales atrapados en el zoológico. Porque esa es otra de las historias que aparecen en el libro. El destino de los animales del zoo de Dresde durante el bombardeo. Y todo eso ocurrió realmente.
—La novela tiene una estructura muy cinematográfica. El lector está en muchos lugares a la vez.
—Sí. Es una técnica que ya utilicé en Resurrecta, la novela sobre el terremoto de Lisboa. Hay acontecimientos tan grandes que no pueden contarse desde un único punto de vista. Necesitas verlos desde dentro y desde fuera al mismo tiempo. Por eso el lector puede estar en una iglesia, en el circo, en el museo, en el zoológico, en el gueto donde los últimos judíos esperan ser deportados al día siguiente y, simultáneamente, dentro de los bombarderos que se aproximan a la ciudad. Quería que el lector sintiera que está viviendo aquella noche minuto a minuto.
—¿Cómo se construye una novela coral tan compleja?
—Escuchando mucho. La documentación es fundamental, pero llega un momento en que son los propios personajes quienes empiezan a indicarte el camino. He visitado Dresde muchas veces. He trabajado en archivos. He entrevistado a supervivientes. He hablado con personas que superaban los cien años y conservaban una memoria prodigiosa. Todos coincidían en algo: aquella noche sigue ocurriendo dentro de ellos.
—Muchos personajes parecen demasiado extraordinarios para ser inventados.
—Porque en muchos casos existieron. Hay una bailarina medio judía perseguida por el régimen nazi. Hay pintores censurados. Hay músicos, científicos, conservadores de museos, cuidadores del zoológico. Uno de los supervivientes me contó que veía todos los días a un pintor dibujando leones en el zoo porque los nazis le habían prohibido exponer su obra. Historias así parecen inventadas, pero son reales.
—Leyendo la novela da la sensación de estar ante una crónica más que ante una ficción.
—Ese era exactamente mi objetivo. Por supuesto hay trabajo literario. Hay estructura narrativa. Hay recreación. Pero intenté que el lector sintiera que estaba asistiendo a algo verdadero. Porque lo es. Lo sorprendente es que nadie había reunido todas esas historias en una única narración.
—¿Por qué cree que seguimos leyendo novelas de guerra?
—Porque la guerra es un laboratorio extremo de la condición humana. Desde la Ilíada hasta hoy, las grandes epopeyas nacen del conflicto. La guerra concentra en pocas horas o pocos días todo aquello que normalmente permanece oculto: la cobardía, el heroísmo, la compasión, la crueldad, el sacrificio. Todos los lectores se hacen la misma pregunta mientras leen: «¿Qué habría hecho yo?». Y nadie conoce realmente la respuesta.
—¿Qué puede ofrecer una novela que no ofrecen los documentales, los periódicos o las redes sociales?
—Tiempo. La literatura permite detenerse. Puedes cerrar el libro y pensar. Puedes volver atrás. Puedes reflexionar. Puedes digerir lo que acabas de leer. Las redes sociales te obligan a consumir tragedias a toda velocidad. Una guerra sustituye a otra. Una catástrofe sustituye a la siguiente. La literatura no funciona así. La literatura te obliga a convivir con las personas.
—En Blitz aparece constantemente la cuestión del perdón.
—Porque sin perdón Europa no existiría. Y eso no significa olvidar. Significa comprender. He vivido muchos años en Alemania. También en Europa del Este. He conocido familias marcadas por el nazismo, por el comunismo, por deportaciones, cárceles y persecuciones. Si cada generación heredara todos los odios de la anterior, Europa sería inhabitable.
—¿Cree que existe una culpa histórica hereditaria?
—No. Las responsabilidades históricas existen. Pero la culpa no puede transmitirse eternamente de padres a hijos. Los jóvenes alemanes de hoy no son culpables de Auschwitz. Los jóvenes rusos no son culpables de Stalin. Y los jóvenes españoles no son culpables de la Guerra Civil. Otra cosa es conocer la historia y aprender de ella.
—¿Cuál es entonces el mensaje final de Blitz?
—Que solo las personas salvan a las personas. No los gobiernos. No las ideologías. No los discursos. Las personas. Eso es lo que vi en los testimonios de Dresde. Eso es lo que he visto en Ucrania. Y eso es lo que seguimos viendo cada vez que una sociedad atraviesa una crisis. Al final, cuando todo se derrumba, siempre queda alguien dispuesto a ayudar a otro ser humano. Y esa es probablemente la única razón por la que seguimos teniendo esperanza.




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