Este año, en Sant Jordi y la Feria del Libro de Madrid, un autor desconocido irrumpió en las listas de los más vendidos. Gil Pratsobrerroca, que se había dedicado a la escritura de guiones para radio y televisión, debutó en la ficción con El juego del silencio, un thriller ambientado en un pueblo de los Pirineos, donde una niña de siete años desaparece.
La novela, que se desarrolla en un pasado muy cercano, 2025, reúne entre sus ingredientes la crítica social: la masificación de las grandes ciudades, la gentrificación de los núcleos urbanos y el deseo cada vez más extendido de volver a vivir en los pueblos son algunas de las bases sobre las que ha asentado a la familia protagonista. La ilusión que siente la pareja protagonista al abandonar una ciudad abarrotada para vivir en un pueblo parece haberse contagiado de la ilusión de Pratsobrerroca por poder cumplir su sueño de ser escritor.
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—¿Qué es El juego del silencio?
—Es un thriller rural que va de una familia de Barcelona que decide ir a vivir a los Pirineos con su hija Valeria, de siete años. Al inicio, la excusa de marcharse de Barcelona es una cuestión casi política, de estar en contra del turismo, de la gentrificación, de no poder vivir en las grandes ciudades. Este es un tema muy actual. Pero a medida que vas leyendo la novela vas descubriendo que esto es en realidad una fachada y que lo que le pasa a esta pareja es que tienen unos problemas de comunicación importantes: se han estado ocultando información grave que hace que todo salte por los aires.
—¿De dónde ha surgido una historia tan retorcida como esta?
—Tenía unos cuantos temas, recursos, que quería tocar. Había leído otros libros que los tocaban y que generaban un impacto muy interesante al lector. Cuando tuve la oportunidad de publicar un libro, hice una selección de estas cuatro o cinco cosas que me gustaban. Las hilé para que funcionaran; tenía que haber una trama que en todo momento te mantuviera enganchado.
—La novela trata temas actuales como la gentrificación, el auge de las terapias alternativas, el abandono de lo urbano… ¿Entiende la novela negra como un instrumento para la denuncia social?
—No solo la novela negra. Solo el hecho de hacer una manifestación artística ya está comunicando una visión tuya de la realidad, de la sociedad. En mi caso, en esta novela, claramente hay una crítica al turismo. Creo que es el gran debate de nuestra era. Cómo podemos gestionar el hecho de estar viviendo en uno de los mejores sitios del mundo (clima perfecto, paisaje bonito, precios asequibles) y estar pagando con nuestras viviendas, con nuestras vidas, el vivir aquí. Este es un reto que tendremos que solucionar pronto.
—Gran parte del éxito de la novela, que además ha servido para que no nos despeguemos de sus páginas, es la estructura: capítulos muy cortos, narrada en varios tiempos. ¿Cómo y por qué lo planteó así?
—Creo que la literatura, al igual que otro tipo de artes, está compitiendo con el móvil. En un libro estás jugando con el porcentaje del tiempo de ocio que tiene la gente, y sabes que tienen un móvil, reels, Tiktok, Instagram… Cuando publicas un libro sabes que tienes que mantener enganchado al lector, y tienes que usar ganchos psicológicos para retenerlo a tu lado. Creo que esto es positivo. La literatura es capaz de generar anticuerpos a la ofensiva de las pantallas. Esto quiere decir que la literatura no va a morir nunca: va evolucionando, adaptándose, siendo siempre ese reflejo de la sociedad.
—¿Un escritor profesional es un mentiroso profesional?
—(Risas) Tenía un poco la sensación de ser un manipulador de la información, eso sí. Vas dando la información de manera críptica, quieres que haya unos giros y que el lector no te vea venir.
—Escribe también guiones para radio y televisión. ¿Cree que esa manera de escribir ha permeado en el estilo de esta novela?
—He hecho mucho humor. Creo que el humor, al menos el que yo he hecho, es una cosa muy rítmica, muy musical. Creo que en este libro hay algo de pausa cómica, porque hay escenas tan oscuras que puse personajes como la profesora que hacen un poco esa función de pausa. Sí, he usado lo que he aprendido con el humor. Pero también la literatura pide un retrato psicológico, una ambientación, que muchas veces en una pieza audiovisual no hacen falta.
—Cuéntenos su proceso de escritura, desde ese germen inicial: la estructura, el proceso de documentación…
—La documentación fue a través de internet. No tengo vinculación personal con este pueblo. Hice una estructura, un esquema previo antes de escribir que me llevó mucho tiempo. El 60% del tiempo de escritura lo pasé planificando la estructura, para que todo encajara.
—¿Quién es usted? ¿De dónde ha salido?
—¡Pregunta navaja! Soy un chico de Vic al que siempre le ha gustado, como hobby, escribir ficción. Cuando terminé el colegio no me atreví a estudiar literatura. Estudié Ciencias Políticas porque parecía que tenía más salidas. Pero el hobby siguió. Me fui presentando a concursos literarios. Así un día escribí un guión y gracias a este guión pude dirigir una serie de TV3. A partir de ahí la radio. Luego una segunda serie. Luego llegó la novela.
—Cuéntenos quiénes fueron sus referentes literarios a la hora de escribirla.
—Hay una referencia evidente, que es Joël Dicker. La manera de estructurar el libro, hacer la cuenta atrás, los ganchos psicológicos… son muy dickerianos. Lo quise así. Quería que el lector, al leerlo, pensase: este chico del apellido largo y raro no sé quién es, pero sí sé que es un tío que está al loro del contexto del thriller europeo. Hay mucho de Don Winslow también. Es un escritor del que me gusta mucho cómo habla de la droga, cómo describe muy bien el conflicto del narcotráfico entre México y Estados Unidos.
—Todos los personajes de la novela ocultan cosas. Dígame, al menos, que ha disfrutado mintiéndonos tanto.
—(Risas) ¿Yo? Sí, sí. Cuando estaba con los giros más importantes del libro lo pasé muy bien. La pena es la soledad del escritor. Pasar tanto tiempo escribiendo y no poder compartir lo que escribes con nadie.
—Es inusual el éxito brutal que ha tenido para ser una primera novela. ¿Cuáles cree que son los ingredientes de este éxito?
—Ha sido muy loco. Se va a traducir a diez idiomas. Hubo catorce productoras en España interesadas en la serie, 50.000 ejemplares vendidos. ¿Ingredientes? Por lo que he ido viendo, el hecho de que habla de una familia que es como cualquier otra, una familia con la que puedes empatizar. Además, en las relaciones todos escondemos cosas y tenemos vértigo cuando vamos a desvelarlas. La novela juega con la pregunta de qué pasaría con este vértigo, con esta duda inicial de desvelar o no secretos si se alarga durante siete años.
—En este libro hay muchos monstruos: Peludo, Arthur…¿Cuáles son los monstruos a los que uno se enfrenta al escribir?
—Es mi primera novela. Había mucho síndrome del impostor, mucha inseguridad, miedo al ridículo. También el hecho de pensar que va a haber críticas, que no va a gustar a todo el mundo.
—Si no fuera escritor, ¿qué sería?
—No tenía un plan B. Hice el máster de profesor de historia. Espero poder dedicarme al oficio de la escritura tanto tiempo como pueda.
—La crítica ha dicho que esta novela avanza sin dejar de hacer tic tac. ¿Quería que el lector sintiese en todo momento que tenía una bomba literaria delante?
—Tenía la intención de crear tensión todo el rato. No quería capítulos largos. Quería escribir el libro que me habría gustado encontrarme.
—¿Quiénes son sus referentes literarios en general?
—Además de los que mencioné antes, Irene Solá, que tiene una voz poética que es enorme. Me gusta también una escritora americana, Liz Moore (El dios de los bosques) que habla mucho de desapariciones.
—¿Sigue algún ritual a la hora de escribir?
—No. Suelo escribir por las mañanas.
—¿Por qué o para qué escribe?
—Siempre he tenido interés por las historias. Siempre coleccioné las historias de los demás.





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