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El cuerpo que no estaba

El cuerpo que no estaba

El docetismo quiso preservar a Cristo de la carne, y Bioy Casares imaginó una eternidad sin cuerpos. Entre ambos aparece una misma inquietud: una presencia invulnerable puede parecer perfecta y, sin embargo, no estar verdaderamente viva.

En la isla de La invención de Morel, un fugitivo observa cada tarde a una mujer llamada Faustine. La ve aparecer junto a las rocas, caminar entre los árboles, conversar con sus acompañantes y detenerse ante una puesta de sol que parece atraerla con una fidelidad ritual. Se enamora de ella antes incluso de comprender quién es. Se aproxima, deja pequeñas ofrendas y espera alguna señal que le permita creer que ha sido reconocido, pero Faustine no lo acepta ni lo rechaza. No se muestra cruel, tímida o indiferente: sencillamente, no reacciona.

El hombre interpreta al principio aquel silencio como una forma desconcertante de desprecio, hasta que descubre algo mucho más inquietante. Faustine no puede verlo porque la mujer que contempla no se encuentra realmente en la isla. Es una reproducción.

Morel ha inventado una máquina capaz de registrar una semana completa de la vida de sus invitados y reproducirla después con tal perfección sensorial que las figuras parecen ocupar de nuevo el espacio, hablar, escuchar música, caminar bajo el sol y contemplar los mismos atardeceres. Bioy Casares publicó la novela en 1940 y convirtió aquella invención fantástica en una de las reflexiones más inquietantes de la literatura contemporánea sobre la inmortalidad, el deseo y la sustitución de la vida por su apariencia.

"A las distintas posiciones relacionadas con esa idea se las reunió bajo el nombre de docetismo, término procedente del verbo griego dokein, que significa parecer"

Faustine posee un rostro, una voz y una manera reconocible de inclinar la cabeza, pero no puede recibir una palabra que no estuviera ya contenida en la semana registrada. No puede sorprenderse, cambiar de opinión, cansarse del paisaje ni preguntar quién la observa. La máquina ha conservado cuanto puede ser contemplado y ha eliminado aquello que distingue una vida de una imagen: la posibilidad de responder.

Morel ha conseguido una forma de eternidad, aunque para alcanzarla haya tenido que suprimir el futuro. La reproducción no envejece, pero tampoco aprende; no enferma, aunque tampoco puede ser cuidada; no desaparece, pero ya no puede acercarse a nadie que no estuviera incluido en la grabación original. Su perfección depende de una clausura absoluta, pues todo cuanto hará ha sucedido ya y nada nuevo puede ocurrirle.

Muchos siglos antes de que Bioy Casares imaginara aquella isla, algunos cristianos de los primeros tiempos se enfrentaron a una posibilidad que, sin ser idéntica a la ficción de Morel, guarda con ella una semejanza perturbadora: que el cuerpo de Jesucristo hubiese sido una apariencia extraordinariamente convincente y que hubiese atravesado la historia humana sin compartir verdaderamente la vulnerabilidad de los hombres.

A las distintas posiciones relacionadas con esa idea se las reunió bajo el nombre de docetismo, término procedente del verbo griego dokein, que significa parecer. Un docetista sería, en términos generales, quien sostenía que Cristo solo parecía poseer un cuerpo plenamente humano o que su nacimiento, sus padecimientos y su muerte no habían sido enteramente reales. No existió una Iglesia docetista única y uniforme; la denominación agrupa diversas formas de disminuir, transformar o negar la humanidad corporal de Jesús.

"También hubo explicaciones según las cuales el Cristo divino habría descendido sobre el hombre Jesús y lo habría abandonado antes de la crucifixión"

Algunos imaginaron un cuerpo semejante al de un fantasma; otros aceptaron cierta corporalidad, pero la consideraron compuesta de una sustancia celestial, distinta de la carne común. También hubo explicaciones según las cuales el Cristo divino habría descendido sobre el hombre Jesús y lo habría abandonado antes de la crucifixión. Pese a sus diferencias, todas nacían de una dificultad parecida: cómo podía lo divino quedar sometido al nacimiento, al hambre, al cansancio, a la sangre y a la muerte.

No cuesta comprender la inquietud que alimentaba aquellas doctrinas. El cuerpo resulta difícil de conciliar con cualquier idea absoluta de perfección. Necesita alimento, pierde fuerzas, enferma, envejece y acaba imponiendo sus límites incluso a la voluntad más firme. Quien ha cuidado a una persona enferma sabe que la carne desordena todos los planes: obliga a esperar, sostener, alimentar y aceptar que nadie posee un dominio completo sobre sí mismo. Nacemos necesitados de otros y, con frecuencia, regresamos a esa necesidad antes de morir.

Para ciertas sensibilidades religiosas de la Antigüedad, admitir que Dios hubiese nacido de una mujer, sentido hambre o producido sangre podía parecer una degradación. El docetismo no pretendía necesariamente disminuir a Cristo, sino protegerlo de cuanto consideraba indigno, impuro o excesivamente humano. Pero protegerlo de la carne significaba también protegerlo de la experiencia de quienes viven dentro de ella.

Si el cuerpo era aparente, los clavos no atravesaban verdaderamente sus manos. Si la divinidad permanecía fuera del alcance del dolor, los azotes y la corona de espinas pertenecían a una representación visible, pero no a una experiencia efectiva. La cruz conservaba su dramatismo ante los espectadores, aunque dejaba de ser una herida. El Calvario se convertía así en una especie de teatro sagrado cuyo protagonista permanecía invulnerable detrás de la apariencia.

"El docetismo preservaba la grandeza de Cristo al precio de colocarlo fuera del alcance de la fragilidad humana"

La reacción del cristianismo mayoritario no consistió únicamente en fijar una precisión metafísica. La insistencia en que Jesús había venido realmente «en carne» afectaba al sentido mismo de la Encarnación. A comienzos del siglo II, Ignacio de Antioquía repetía que Cristo había nacido, comido, bebido, sido perseguido, crucificado y muerto verdaderamente. Escribía mientras era trasladado como prisionero y aguardaba el martirio; por eso, para él, no se trataba de una discusión abstracta. Miraba sus propias cadenas y se preguntaba qué sentido tendría padecer por alguien cuyo sufrimiento hubiese sido solo una apariencia.

La pregunta continúa siendo incómoda incluso fuera de la fe. Un ser que no puede ser herido puede resultar admirable o luminoso, pero difícilmente puede afirmar que conoce desde dentro la experiencia del herido. Quien atraviesa el fuego sin quemarse no comparte enteramente la condición de quien conserva las cicatrices. El docetismo preservaba la grandeza de Cristo al precio de colocarlo fuera del alcance de la fragilidad humana.

La ficción de Bioy Casares conduce hacia esa misma dificultad desde otro lugar. Faustine posee todos los signos externos de una mujer y, sin embargo, permanece fuera de cualquier relación nueva. El fugitivo puede contemplarla, caminar junto a ella y dirigirle palabras, pero ninguna de esas palabras encuentra a alguien capaz de recibirlas. No hay rechazo, aunque tampoco consentimiento; no existe conflicto, pero tampoco reciprocidad. Lo que parece una presencia perfecta es, en realidad, una ausencia reproducida con absoluta precisión.

"La eternidad que desea compartir con ella no contiene conversación, descubrimiento ni libertad"

La comparación no convierte a Faustine en una figura religiosa ni a la máquina de Morel en una alegoría exacta del docetismo. Sin embargo, ambas imaginaciones comparten una misma tentación: conservar la apariencia de una existencia retirándole cuanto la hace vulnerable. El Cristo docético parece atravesar la carne sin quedar sometido a ella; Faustine atraviesa el tiempo sin poder ser afectada por nada. Uno parece sufrir sin recibir la herida; la otra parece vivir sin que pueda sucederle algo nuevo.

En ambos casos se obtiene una presencia protegida, pero esa protección tiene un precio. Aquello que no puede ser herido tampoco puede compartir enteramente la experiencia de quien sufre, del mismo modo que aquello que no puede cambiar tampoco puede responder a quien lo llama. La invulnerabilidad, llevada hasta sus últimas consecuencias, no perfecciona la vida: la clausura.

El fugitivo acaba aprendiendo a manejar la máquina y decide introducirse en la grabación. Estudia los movimientos de Faustine, ensaya los suyos y se coloca a su lado para que las imágenes futuras den la impresión de que ambos se encuentran juntos. Quien contemple después la escena podrá creer que se conocieron o se amaron, aunque Faustine jamás lo haya visto ni haya elegido su compañía.

El gesto parece romántico mientras no se piensa demasiado en él. El fugitivo no entra en una relación, sino en un montaje; no consigue que Faustine lo ame, sino que fabrica una imagen en la que parezca amarlo. La eternidad que desea compartir con ella no contiene conversación, descubrimiento ni libertad. Consistirá en una repetición cuidadosamente ajustada para que los futuros espectadores no puedan distinguir el amor de su representación.

"El cuerpo no es solamente el lugar donde sufrimos. Es también el lugar desde el que alguien puede volverse hacia nosotros"

Tal vez se enamore precisamente de una mujer que no puede responderle. Una persona real siempre puede apartarse, contradecirnos, cambiar de opinión o dejar de querernos. No permanece idéntica a la figura que hemos formado de ella, porque posee una existencia que no controlamos. Una imagen, en cambio, permanece donde ha sido colocada. Ofrece una compañía sin riesgo, pero también sin verdadero encuentro.

La tradición cristiana que rechazó el docetismo se negó precisamente a aceptar que la humanidad de Cristo fuese un recurso escénico. No afirmó solo que Jesús tuviera una figura reconocible, sino que había pertenecido verdaderamente a la condición de los hombres: había nacido, sentido hambre, conocido el cansancio, experimentado miedo y sufrido una muerte real. La Encarnación no consistía en proyectar una imagen de Dios sobre el mundo, sino en admitir que lo divino había entrado en aquello que la existencia humana posee de más precario.

Pero el cuerpo no es solamente el lugar donde sufrimos. Es también el lugar desde el que alguien puede volverse hacia nosotros. Un cuerpo escucha, toca, se aproxima o retrocede; puede aceptar nuestra mano o rechazarla, marcharse y regresar. La misma vulnerabilidad que nos expone a la enfermedad y a la pérdida hace posibles el cuidado, la responsabilidad y el amor.

Morel ha confundido la permanencia con la vida. Ha supuesto que salvar a una persona consiste en impedir que su imagen desaparezca, cuando una existencia se define también por aquello que no puede conservarse de una vez y para siempre: la capacidad de cambiar, de responder a lo inesperado, de revisar una decisión o de iniciar una relación que no estaba prevista. Su máquina salva la figura, pero destruye el porvenir.

Faustine permanecerá eternamente hermosa frente al atardecer porque el tiempo ya no puede alcanzarla. Esa es también su condena. Nunca enfermará, nunca perderá su rostro y nunca desaparecerá de la isla, pero tampoco podrá reconocer a quien se aproxima, modificar una palabra ni pronunciar algo que no estuviera registrado desde el principio. Su eternidad no es una prolongación de la vida, sino la repetición perfecta de un instante que ha perdido el futuro.

"Para entrar verdaderamente en la historia humana era necesario aceptar que el tiempo dejara marcas, que la dependencia no fuese una ficción"

El Cristo docético parecía sufrir, pero permanecía fuera del dolor. Faustine parece estar presente, pero no puede responder. En ambos casos, la apariencia conserva cuanto puede ser contemplado y elimina aquello que solo puede ser vivido: la herida, la transformación, la incertidumbre y el encuentro con otro ser libre.

La tentación docética quiso preservar la divinidad de Cristo de la fragilidad de la carne. Morel quiso derrotar la muerte conservando para siempre la imagen de los vivos. Ambos proyectos, separados por siglos y pertenecientes a mundos incomparables, permiten advertir una misma paradoja: cuando se elimina del cuerpo todo aquello que puede dañarlo, también desaparece buena parte de cuanto le permite vivir.

Quizá por eso la Encarnación no podía limitarse a una apariencia. Para entrar verdaderamente en la historia humana era necesario aceptar que el tiempo dejara marcas, que la dependencia no fuese una ficción, que el dolor fuera dolor y que la muerte no se redujera a un efecto ante los ojos de los espectadores.

Faustine conservará eternamente su rostro, pero nunca podrá mirar a quien la mira. El Cristo docético conservaría intacta la majestad divina, pero no podría decir que ha conocido desde dentro la condición del herido.

Tal vez el cuerpo sea, finalmente, aquello que ninguna imagen consigue contener por completo: el lugar donde alguien puede ser herido, cuidado, reconocido y amado. No basta con parecer que se está presente. Para estar verdaderamente hay que poder responder

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