Cuando Gatsby lleva a Nick Carraway a comer a un sótano de la calle Cuarenta y Dos y le presenta a un hombre menudo, de nariz descomunal, que luce unos gemelos tallados en muelas humanas, Francis Scott Fitzgerald está introduciendo en la novela fundacional del sueño americano al personaje que ese sueño necesitaba para funcionar, un corredor de apuestas deportivas. Meyer Wolfsheim amañó las Series Mundiales de 1919, y lo que descoloca al narrador es la idea de que un solo hombre pudiera ponerse a manipular la fe de cincuenta millones de personas sin ningún escándalo y con ese aire de quien resuelve los trámites sin nerviosismo ninguno.
En el vagón de prensa que cubría aquellas Series viajaba Ring Lardner, cronista deportivo del Chicago Tribune y vecino de Fitzgerald en Great Neck, que había levantado toda su obra sobre la voz de los peloteros —You Know Me, Al es una novela epistolar escrita íntegramente en la jerga arrogante y analfabeta de un lanzador de segunda—, y que se dio cuenta del amaño mientras ocurría. Cuentan que recorrió el vagón cantando una versión aviesa de la canción que animaba a los aficionados de Chicago aquella temporada, y que a partir de ahí sus relatos se le fueron agriando hasta producir Champion, el retrato de un boxeador sin una sola cualidad redimible que ningún periódico se atrevía a contar.
Sumario
La huella se extiende. Ernest Hemingway debutó en 1923 con Mi viejo, donde un chaval que adora a su padre jinete va comprendiendo, carrera a carrera y entre las conversaciones que oye a medias en los establos de Milán y de París, que el hombre vive de dejarse ganar y termina descubriéndolo del todo cuando ya no puede preguntárselo. El relato debe casi todo a Quiero saber por qué, de Sherwood Anderson, otra historia de hipódromo en la que un adolescente pierde la fe en un adulto, deuda que Hemingway saldó pocos años después parodiando a su maestro en Los torrentes de primavera, que es una manera bastante americana de agradecer un préstamo.
Del otro lado del oficio estaba Damon Runyon, que cubrió boxeo y béisbol durante décadas para la cadena Hearst y que convirtió a los apostadores de Broadway en una mitología completa, con su presente de indicativo perpetuo, sus nombres imposibles y su código moral inflexible en todo salvo en lo referente al dinero ajeno. De sus cuentos salió Guys and Dolls, y de su columna salió la corrección más citada del Eclesiastés, aquella según la cual la carrera no siempre la gana el veloz ni la batalla el fuerte, si bien conviene apostar en esa dirección. La frase resume el oficio entero, porque describe a la vez una cosmología resignada y una recomendación práctica de inversión.
Charles Bukowski llevó el asunto al extremo contrario, el de quien no busca material sino coartada. Chinaski aparece en Hollywood Park y en Santa Anita con una regularidad de funcionario, y su autor sostuvo durante años que allí aprendió más sobre escritura que en cualquier biblioteca, no por los caballos, que le interesaban poco, sino por la posibilidad de observar durante horas a varios miles de personas sometidas al mismo procedimiento de humillación voluntaria, y de comprobar en su propia cara, cuando llegaba la última carrera, qué clase de hombre era el que rompía el boleto.
El linaje culmina en Hunter S. Thompson, cuya carrera arranca en 1970 con la crónica del Derby de Kentucky que escribió para Scanlan’s Monthly sin llegar a ver la carrera, incapaz de despegar los ojos de los rostros congestionados de la tribuna, y que treinta años más tarde se cerró en el mismo sitio, con la columna «Hey Rube» que ESPN le publicó hasta 2005 y en la que sus pronósticos sobre la NFL, las apuestas cruzadas con Bill Murray y la contabilidad exacta de sus pérdidas convivían con la política exterior de Washington como si fueran el mismo campeonato, cosa que para él lo eran.
Se puede leer todo este catálogo como una curiosidad temática y estaríamos perdiéndonos lo esencial, que es de orden técnico. Un partido limpio se rige por el azar y carece por tanto de argumento, mientras que un partido amañado tiene autor, motivo y víctimas, o sea, todo aquello que la narración necesita. La literatura no se acerca al deporte cuando el deporte es hermoso, sino cuando está trucado, y por eso Wolfsheim entra en la novela americana con más derecho que ningún atleta. El corredor de apuestas y el novelista comparten un mismo gremio antiguo, el de quienes ponen precio a lo que todavía no ha ocurrido, y Fiódor Dostoievski, que dictó El jugador en veintiséis días para pagar deudas de ruleta, es apenas el caso en que ambas facturas se pasaron al mismo hombre.


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