Cualquier enteradillo del pop (como yo) conoce que la inspiración más inmediata para la formación de The Beatles fue el rocanrolero tejano Buddy Holly. El mismo nombre del grupo fue un homenaje a la banda de Buddy: The Crickets (Los Grillos). Al parecer, Stuart Sutcliffe (el bajista anterior a McCartney) y John Lennon valoraron inicialmente llamar a su grupo The Beetles (Los Escarabajos), pero John Lennon propuso cambiar una de las «e» por una «a» para formar The Beatles, jugando con las palabras ritmo o latido (beat) y la generación literaria beat. El resto, como resulta oportuno decir, es historia.
Además, Buddy Holly componía su propia música y escribía sus propias letras, lo que también supuso una revolución respecto al modelo tradicional de la industria musical hasta entonces, donde unos intérpretes más o menos dotados cantaban las canciones que escribían otros, separándose la labor compositiva de la interpretativa. De nuevo, este modelo fue adoptado por los Beatles y el tándem Lennon-McCartney se esforzó por crear sus composiciones y hacer de ellas su propio repertorio.
Y su influencia en la banda de Liverpool no se quedó ahí, pues John Lennon se despojó del complejo de gafotas al ver a Buddy cantando (o canteándose, según se mire) con sus ostentosas gafas de pasta. Buddy Holly era prácticamente ciego sin ellas y terminó adoptando un modelo de gafas (que acabó siendo icónico) de montura gruesa fabricadas con acetato.
Precisamente (y disculpen la forzada ilación), el primer acetato (así se denominaba a las grabaciones realizadas directamente en discos de acetato de nitrocelulosa) que grabaron los futuros Beatles (bajo el nombre de The Quarrymen) fue “That’ll Be the Day”, de Buddy Holly, y en su cuarto disco de estudio (Beatles for Sale) incluyeron la canción “Words of Love”, también de Buddy Holly.
No solo influyó en los Beatles, sino en toda la hornada de bandas que surgieron a continuación. El primer éxito comercial de los Rolling Stones fue su versión del tema de Buddy Holly titulado “Not Fade Away”. ¿Y cuál creen ustedes que fue el origen del nombre de la banda mancuniana The Hollies? Obviamente, era también un respetuoso homenaje a su admirado Buddy Holly.
La influencia de Buddy Holly en la música popular resultó determinante. Fue el nexo entre la década rocanrolera de los 50 y la década pop de los 60, el eslabón entre los intérpretes solistas que dependían de composiciones ajenas como Elvis Presley y las bandas autosuficientes que surgieron después, como los Beatles, los Rolling Stones o los Kinks, capaces de escribir y tocar sus propias canciones.
En la fría y nevada noche del 3 de febrero de 1959, una avioneta que volaba de Iowa a Dakota del Norte se estrelló poco después de despegar, falleciendo el piloto y los tres pasajeros. Estos tres pasajeros eran los músicos Big Bopper (conocido por su tema “Chantilly Lace”), Ritchie Valens (archiconocido por “La Bamba”) y Buddy Holly. Este tenía solo 22 años, ni siquiera cumplía la edad (ni, al parecer, los hábitos destructivos) para que lo admitieran en el famoso club de los 27.
En 1971, el cantautor Don McLean compuso la canción «American Pie», recordando aquel trágico accidente y las talentosas vidas truncadas entre los restos de la avioneta desperdigados sobre un campo de maíz cubierto de nieve. El tema pasaría a la posteridad por su melancólico estribillo, que definió el suceso como «el día que murió la música»:
«Hace mucho, mucho tiempo… todavía puedo recordar cómo la música me hacía sonreír. Y sabía que, si tenía la oportunidad, podría yo también hacer bailar a la gente y que fueran felices, aun siquiera por unos instantes».
Don McLean tenía 13 años cuando sucedió el accidente y, como el típico adolescente en los fabulosos años cincuenta estadounidenses, asistía a la escuela de su barrio y se ganaba algunos dólares repartiendo periódicos por las mañanas. Padecía asma y pasaba mucho tiempo encerrado en su habitación, escuchando la radio y soñando con convertirse algún día en una estrella de rock and roll.
«Pero febrero me hizo estremecer con cada periódico que repartía. Malas noticias en las puertas de cada casa, apenas pude dar un paso más… No recuerdo si lloré cuando leí sobre su joven viuda, pero algo me tocó muy dentro el día en que la música murió».
Como repartidor de prensa, el joven McLean se enteró de la tragedia a primera hora del día siguiente, ya que el accidente ocupaba la portada de los diarios que iba dejando puerta por puerta. Buddy Holly se había casado apenas seis meses antes, su mujer estaba embarazada y tuvo un aborto espontáneo cuando se enteró del accidente por la televisión.
«Así que, adiós, Miss American Pie. Conduje mi Chevrolet hasta el dique, pero el dique estaba seco. Los buenos chicos estaban bebiendo whisky de centeno y cantando: “Este será el día en que muera”, este será el día en que muera».
Don tenía trece años en 1959, así que difícilmente podía conducir y menos tener un coche en propiedad, por lo que se debe tratar de una recreación ensoñada, en la cual el joven McLean acude al lugar donde los greasers locales se congregaban con sus vehículos, bebían y homenajeaban a su ídolo musical fallecido, coreando el estribillo de una de sus canciones: «’Cause that’ll be the day when I die», que adquiere súbitamente una trascendencia trágica.
«¿Escribiste tú el libro del amor? ¿Y tienes fe en Dios allá arriba, si la Biblia así te lo dice? Entonces, ¿crees en el rock and roll? ¿Puede la música salvar tu alma mortal? ¿Puedes enseñarme a bailar muy despacio?».
La canción, que comienza como una balada folk al piano e introduce la guitarra acústica en el estribillo, cambia de ritmo con la entrada de la batería en esta estrofa, convirtiéndose en un animado folk rock eléctrico. McLean parece erigir al rock and roll como una especie de religión secular y postula a la música como un medio para redimir nuestra “alma mortal”. Bien vale este oxímoron para explicar la devoción por la música y su capacidad de salvarnos, si no eternamente, al menos durante nuestro breve tránsito terrenal.
La canción continúa en una suerte de crónica histórica de la década que sigue a la muerte de Buddy Holly, narrando el fin de la inocencia de los años 50 hasta el desencanto con la utopía hippie en el crepúsculo de los años 60. De una forma sutil y más bien críptica hilvana acontecimientos históricos como la carrera espacial y la guerra del Vietnam con el cambio de guardia musical encabezado por Dylan (The Jester) y los propios Beatles (The quartet), lamentándose por una década y una generación pérdidas.
En las estrofas finales la canción retoma la calma folk inicial, McLean ralentiza el ritmo y baja la voz a un tono susurrado de resignación y melancolía, transformando el enérgico himno anterior en un íntimo epitafio final y dejando un regusto amargo y nostálgico a la vez:
«Me encontré con una chica que cantaba blues y le imploré por alguna buena noticia, pero ella me sonrió y se largó. Fui a la tienda sagrada donde antes escuchaba música, pero el hombre que estaba allí me dijo que no se tocaría música nunca más».
«En las calles los niños gritaban, los enamorados lloraban y los poetas soñaban, pero ni una sola palabra fue pronunciada. Las campanas de la iglesia estaban rotas y los tres hombres a los que más admiro: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, cogieron el último tren hacia la costa el día en que la música murió».
«Así que, adiós, Miss American Pie. Conduje mi Chevrolet hasta el dique, pero el dique estaba seco. Los buenos chicos estaban bebiendo whisky de centeno y cantando: “Este será el día en que muera”, este será el día en que muera…».
Una canción maravillosa.
La muerte de Buddy Holly debió de suponer una conmoción para la ingenua y satisfecha generación de los 50 e indudablemente fue una pérdida irreparable para la música popular estadounidense. McLean lo marca como el hito que puso fin a la fabulosa década de los 50 y a la inocencia de la generación posterior a la Segunda Guerra Mundial, ocupada (según idílicamente se muestra en películas como Grease o American Graffiti) en conducir sus coches y en escuchar rock and roll.
Escuché muchas veces este tema en la casa de mi madre, el álbum era uno de los más pinchados de su humilde discoteca. Además de “American Pie”, incluía un puñado de buenas canciones como la melancólica “Vincent” o la animada “Everybody Loves Me”. En la carátula aparecía, en un drástico escorzo fotográfico (a lo Jack Kirby), el puño cerrado del músico levantando el pulgar pintado con la bandera de los EEUU, y al fondo el rostro difuminado de Don McLean. En los créditos del reverso del cartón se leía: “Dedicado a Buddy Holly”.
Afortunadamente, la música no murió aquel día, la simiente que Buddy Holly había dejado plantada brotó con la efusión pop de los 60, con grupos como los mismos Beatles, los Rolling Stones, los Kinks, los Byrds o los Who, en la década más creativa de la música popular y que ha pasado a la historia como la Edad de Oro del Pop.




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