Nunca entendieron lo que era el rock & roll. Los más necios lo definían como mero ruido. Melómanos de pacotilla, soltada la sandez como si fuera una razón de peso, a renglón seguido añadían que su interés radicaba en la música sinfónica, que a menudo también desconocían. Aunque pomposamente la llamaban “clásica”, cuando clásico puede ser todo aquello que sirve como ejemplo en su respectivo nicho. Algunos de los del ruido, los melómanos de veras, defendían que el rock —y el pop— eran canción ligera. Para ellos, la canción grave y digna de escucha era el bel canto, las romanzas, los oratorios o los lied alemanes compuestos por Schubert o Schumann.
Aunque hoy resulte increíble, en la España de los primeros 70, la del tardofranquismo, también había hippies autóctonos. Los analistas, los más sesudos supuestamente, decían que aquí no había de eso porque entonces en la Piel de Toro no se hablaba inglés y el rock no se entendía. Craso error, porque el rock, como la pintura abstracta, se entiende, aunque no se hable ni una palabra de la lengua de Malcolm Lowry: obedece a un sentimiento. Te emociona o no te emociona. En Sevilla, los hippies menudeaban en la Glorieta de los Lotos del Parque de María Luisa. En la capital hispalense, dada la proximidad a la base de Rota, les llegaban los álbumes —y el resto de las novedades de la contracultura estadounidense— pocos días después de su puesta en circulación en California. Los mismos marineros de aquel destacamento de la Armada Norteamericana, muchos de los cuales habrían de ir a Vietnam en los meses siguientes, se las llevaban a los hippies sevillanos. Los barceloneses se dejaban ver en la Plaza de la Ciudadela. Barcelona, la ciudad de Pau Riba, sería la cuna del rock layetano. Y en Madrid, la cosa —“el rollo”, que se empezaba a decir entonces— estaba entre el Rastro y la Cervecería Alemana de la plaza de Santa Ana. Pero en toda España ser joven, llevar el pelo largo y vestir el torpe aliño indumentario era motivo de sospecha para la policía, ¡la Policía Armada de entonces! Ahora bien, ni siquiera los grises —que se llamaba a esos agentes—, tan persuasivos siempre, eran óbice para que el espíritu de aquel verano de Woodstock dejase de irradiar a aquellos sufridos freaks —raro era el hippie que se autodenominaba así— españoles. Hijos del agobio (1977), no en vano, tituló Triana su segundo álbum.
Sí señor, en aquella España del tardofranquismo —donde lo “decente” era ser un adulto prematuro y darse cuenta de que la vida va en serio, como muy tarde con dieciséis años— llevar el pelo largo también era un signo externo de rebeldía. Y otro, aún mayor, querer marcharse muy lejos con una hippie, como poco a la Plaza Dam de Ámsterdam. Era sabido que allí, en la capital neerlandesa, podían traspasarse las puertas de la percepción sin problema alguno, como en Woodstock. ¡Qué libres las chicas de Woodstock! Aquella de la portada del álbum y el cartel original del espléndido documental que aquellos tres días de paz y amor inspiró a Micahel Wadleigh. Aquella chica estupefacta, abrazada a un tío —porque las hippies eran tan libres que no tenían novio— bajo una manta, mirándonos a todos desde el fondo de sus alucinaciones, también era otro signo externo de rebeldía.
“Los malditos” llamó Pau Malvido a los de entonces, en una impagable serie de reportajes sobre aquel paisanaje —Nosotros los malditos— que publicó por entregas en la revista Star, toda una referencia del underground patrio. Pues bien, nosotros los malditos supimos que el rock & roll era una entrega —“una forma de vida”, decían esos adultos que querían ganarse a la juventud en los años de la exacerbación del conflicto generacional—; el rock & roll fue para los de entonces como la militancia para quienes tenían la dichosa conciencia política.
Nosotros, los malditos, éramos distintos. Empezamos a amar el ritmo del diablo en los años inmediatamente posteriores a la cita de Woodstock, antes de memorizar los créditos de los discos, porque negaba todo lo que querían imponernos los adultos, por la belleza de las hippies y porque era insubordinado. Y eso que aún no sabíamos que la sedición juvenil, nuestra sedición —de la que también formábamos parte los freaks de catorce o quince años—, habría de llevar un nuevo entendimiento a las sociedades occidentales.
En efecto, fue en agosto del último de los años 60. La cita fue en Woodstock (Nueva York) y se prolongó entre el viernes 15 y el lunes 18. Acudieron a ella cuatrocientos cincuenta mil jóvenes, y varios millones del resto del mundo —entre ellos la mayoría de los freaks de los años 70— estuvieron allí en espíritu. Como festival de paz y amor, puede que fuera mejor el de Monterrey, de junio del 67. En puridad, aquel, el del 67, en San Francisco, fue el verdadero verano del amor, Y como álbum de los años hippies, no hay duda de que el mejor fue Surrealistic Pillow, de Jefferson Airplane .
Woodstock, básicamente, fue un mito. Uno de los mitos fundacionales de la sedición juvenil que sacudió a la sociedad occidental en la segunda mitad del siglo XX —¡mi época!—. Woodstock —el Festival de Música y Arte de Woodstock, que era el lema completo— también fue una exégesis de la contracultura. O varias explicaciones. La primera de esas glosas es la concerniente a cómo el rock & roll evolucionó hasta dar lugar al rock. No hay mejor verbigracia a este respecto que esos temas del repertorio clásico del ritmo del diablo en las versiones de algunas de las bandas de aquel verano del 69: el “Summertime Blues” de Eddie Cochram interpretado por The Who, “At the Hop” de Danny and the Juniors en la de Sha-Na-Na. Ambas piezas nos demuestran cómo el rock & roll seminal se ha convertido en el himno, más que en la banda sonora, de la sedición juvenil. El documental que inspiraron a Wadleigh aquellos días se conserva en la famosa biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Nunca entendieron lo que era el rock. Hoy es el pilar sobre el que pivotan todos los recuerdos del pelo largo. Como el de mi buen amigo Gonzalo Rodríguez Cao, ya finado, hablándome de Alvin Lee y Ten Years After.
¡Larga vida al rock & roll!


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