Inicio > Series y películas > Cine de aventuras: el hombre que pudo reinar y reinó

Cine de aventuras: el hombre que pudo reinar y reinó

Cine de aventuras: el hombre que pudo reinar y reinó

No teniendo uno conocidos en Edimburgo, no sé cuántas veces pude consultar a varias IAs si sabían qué le pasa a esta ciudad con uno de sus paisanos más célebres, Sean Connery (1930-2020). ¿Está cancelado? En una decena de librerías bien surtidas de biografías no había nada —pero nada, nada— sobre su figura. Para más inri, en la C había obras sobre su amigo Michael Caine, pero ni rastro de Connery. ¿Es por aquellas lamentables declaraciones sobre si cabe o no abofetear a una mujer? Fue en los años sesenta, y el muy gañán no se disculpó en los ochenta cuando se le dio esa oportunidad en una entrevista televisiva. ¿Influirá en el ninguneo también su deseo de una Escocia independiente del Reino Unido, pero sin residir ni pagar impuestos en el país?

Habrá, claro, quien asocie primero la capital escocesa con los escritores Robert Louis Stevenson o Walter Scott, pero lo cierto es que cuesta pensar en alguien nacido allí que fuera y sea tan popular como lo fue y es el primer James Bond cinematográfico. Hablando de Bond, aunque haría otro más en los ochenta (Nunca digas nunca jamás), la de los setenta fue realmente para él la despedida del personaje que se inventó Ian Fleming cediendo el testigo a Roger Moore. Y con el adiós a Bond (Diamantes para la eternidad), parece que el hombre admitió que el asunto capilar no daba para más, que no merecía la pena simular que uno tiene lo que no tiene. Aguanta aún el tipo en Asesinato en el Orient Express (1974) y ya definitivamente fuera caretas (o pelucas) en esa trilogía impagable, objeto de estas líneas, que forman El viento y el león (1975), de John Milius, El hombre que pudo reinar (1975), de John Huston y Robin y Marian (1976), de Richard Lester. Sin entrar en detalles de argumento, sí diremos al menos que en la primera Connery es una suerte de bandolero árabe que desencadena un conflicto diplomático al secuestrar a una rica estadounidense y a sus hijos; en la segunda es un pícaro exsoldado inglés que (con otro que tal, con la cara de su amigo Michael Caine) se propone adentrarse en la peligrosa región montañosa de Kafiristán y salir de allí, engañando a los nativos, cargado de oro; y en la tercera es un Robin Hood en horas bajas que vuelve al bosque de Sherwood tras demasiados años de luchar en las Cruzadas a las órdenes de Ricardo Corazón de León.

"Se cumple medio siglo de estas películas que están en plataformas para quien quiera darse un festín de peligros, paisajes, colores, interpretaciones, melodías"

Se cumple medio siglo de estas películas que están en plataformas para quien quiera darse un festín de peligros, paisajes, colores, interpretaciones, melodías (ahí es nada: los épicos Jerry Goldsmith, Maurice Jarre y John Barry en su plenitud)… Coinciden en el tiempo con el magistral Tiburón, de un Steven Spielberg que empezaba a dar forma a un nuevo cine de aventuras de taquillazos estratosféricos. Las de Connery son películas de aliento clásico ajenas al nuevo modo de hacer hollywoodense que tan bien nos contó Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes, el setentero de El Padrino, Taxi Driver o Chinatown. Marcan un punto y aparte en su carrera, dispuesto por fin a interpretar personajes imperfectos, vulnerables y, ya se ha dicho, con menos pelo.

Poder ver las tres seguidas es comprobar muchas coincidencias más allá de la decisión de Connery de mostrarse sin artificio alguno para que no asome el cartón, pero tan atractivo que seguramente solo el George Clooney más inspirado y socarrón podría lucir igual de seductor y divertido en estas cintas. Ahí van dos de esas coincidencias: la importancia gigantesca de las flechas en Robin y Marian y en El hombre que pudo reinar. O la belleza madura de Audrey Hepburn como pareja de Robin Hood, la de Candice Bergen como viuda secuestrada e incluso la de la esposa en la vida real de Michael Caine, la modelo Shakira Baksh, que apenas sale unos minutos, pero qué minutos…

"Si hay algo que hace verdaderamente grandes estas películas, aparte de Connery y el resto de creadores, es la melancolía que las atraviesa"

Quien se anime a descubrirlas o verlas de nuevo encontrará más: jugadores de polo con pelota de madera en El viento y el león y con cabezas humanas en El hombre que pudo reinar; en estas dos hay además formidables recreaciones de trenes de finales del XIX y principios del XX, y a John Huston como director en una y como actor en otra haciendo un poco de sí mismo: casi siempre sonriente con un puro y una copa entre manos, con ese aire que tienen las personas que han venido a este mundo a veranear. Otro elemento común que da cuenta del peso que tuvo España como plató internacional es que los productores encontraran los castillos y bosques medievales ingleses de Robin y Marian en Zamora y Navarra o que el Marruecos y el Estados Unidos de El viento y el león cogiera forma creíble en distintas localizaciones de Andalucía y Madrid (¡en El Retiro!)

Hay que quererlos

Pero si hay algo que hace verdaderamente grandes estas películas, aparte de Connery y el resto de creadores, es la melancolía que las atraviesa (el tiempo pasa para todos, incluso para las leyendas como Robin), el humor (y el amor) que las eleva, la amistad que de forma nada solemne celebran y el modo en que consiguen que simpaticemos, siempre y pese a todo, con sus protagonistas. El humor es físico, por ejemplo, cuando Connery/Robin intenta escapar del calabozo en el que el rey Ricardo le ha encerrado por negarse a cumplir órdenes. O cuando cae intentando subirse a un caballo en el principio de El viento y el león. Cuando el humor es hablado es aún mejor. Ahí está ese momentazo inolvidable de El hombre que pudo reinar: el personaje de Rudyard Kipling, autor del cuento en que se basa la película, intenta disuadirles de su excursión a Kafiristán con esa loca idea de saquear el país de punta a punta:

—¿Dos hombres blancos en Kafiristán? No. Ningún hombre blanco ha salido de allí con vida desde Alejandro.

—¿Qué Alejandro?

—Alejandro el Grande, rey de Grecia, trescientos años antes de Cristo.

—Pues si lo hizo un griego, lo haremos nosotros.

Porque a todo esto, a Paul Newman hay que agradecerle muchas cosas, pero una que no se cita tanto como se debería es convencer a John Huston —que le mandó el guion— de que esa película debía hacerla no con él, sino con actores ingleses dando los nombres de Connery y Caine. Imposible no quererlos. Coincidimos con Fernando Savater cuando admite sentir “decidida simpatía por este tipo de aventurero inglés, dorado hijo del imperialismo, cuyo poético coraje descubrió (o inventó) las maravillas de la India para una Europa fascinada”.

Y qué manera de quererse

El amor de cine hace cumbre en la escena final de Robin y Marian. ¿Quién no querría marcharse de este mundo como lo hace Connery escuchando lo que le dice Audrey Hepburn? “Te amo. Te amo más que a todo, más que a los niños, más que los campos que planté con mis manos, más que la plegaria de la mañana o que a la paz, más que nuestros alimentos, te amo más que al amor o a la alegría o a la vida entera, te amo más que a Dios”. Respecto a El viento y el león, como le oí una vez a José Luis Garci en televisión, tiene “el encanto de mostrarnos una historia de amor donde ni él ni ella se rozan una mano”.

Es hermosa asimismo la amistad de Robin y su compañero de hazañas, Little John, que encarna el también actor escocés Nicol Williamson. Otra favorita en la misma línea es cuando ya a las puertas de Kafiristán, a punto de  morir congelados porque solo les queda un leño que echar al fuego, la conversación entre los dos granujas adorables se pone un poco trágica.

—¿Hemos desperdiciado la vida?

—Eso depende de cómo se mire. No creo que el mundo haya mejorado gracias a nosotros. Ni tampoco creo que nadie llore nuestra muerte.

—Pues que no lloren.

—No hemos realizado muchas buenas acciones.

—Eso sí es verdad.

—¿Pero cuánta gente ha viajado lo que nosotros y visto lo que nosotros?

—Muy pocos, desde luego.

—En este momento yo no me cambiaba ni por el mismísimo virrey si tuviera que cambiar mis recuerdos.

—Yo tampoco.

"Obligan a Connery a cruzar el puente sin retorno y éste le pregunta a Caine si podrá perdonarle: Somos amigos, Danny, para bien o para mal"

Los recuerdos acompañan y consuelan más cuando son compartidos entre verdaderos amigos. De ahí la emoción que provoca la escena en que obligan a Connery a cruzar el puente sin retorno y éste le pregunta a Caine si podrá perdonarle: “Somos amigos, Danny, para bien o para mal”. Y empiezan a cantar. Andrés Trapiello cuenta en la última entrega de sus diarios, De todo tiene, que es ésta una película tutelar para su familia. Sobre esa escena, marcada por “The Soldier”, la canción que arregló Beethoven, escribe en otro tomo Trapiello: “Es un final tan negro como temido de una película maravillosa; se nos está diciendo que los males siempre nos llegan por los puentes, y que a menudo más vale rodearse de abismos y vivir aislados. Es una canción que enardece a cualquiera, aunque también es de las que no se sabe si le anima a uno a la victoria o le prepara para la derrota. En las cosas que importan van las dos cosas juntas”.

A la Galería Nacional Escocesa de Retratos de Edimburgo uno entra habiendo leído antes que merecen un cuadro en sus paredes escritores, reyes, políticos, arquitectos, actores, poetas o filósofos que han contribuido a la historia del país. Allí está, ahí sí, Connery, más calvo que nunca, en un lienzo pintado por John Bellany en 1986. En la cartela adjunta, una de cal y otra de arena: nos informa de que Connery dedicó los honorarios de una de sus películas de Bond a fundar una entidad que ayudara a la formación de jóvenes con problemas económicos, pero también nos recuerda que el sexismo del que hacía gala el agente 007 impregnó de vez en cuando el propio punto de vista del actor en relación a las mujeres.

Quiso el destino que Connery se encontrara en los setenta, en apenas año y medio, con tres guiones que de salir bien en pantalla le permitirían reinar en el género de aventuras. Y la cosa salió bien: pudo pues reinar y reinó. Sus películas, no sus opiniones, le avalan, si no para reinar, al menos para existir en las estanterías de biografías y memorias de las librerías de su preciosa y desapacible ciudad natal.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios